El quince de enero, a las siete de la tarde, la galería L'Angle Mort abrió sus puertas para la exposición Sous-exposé de Matt Valls, diecisiete años, español, cuatro meses en París.
Matt llegó a las seis y media a pesar de haberse prometido llegar a las siete para no parecer ansioso. Las doce fotos estaban ya colgadas, en papel de baryta mate, treinta por cuarenta, exactamente como había acordado con Madame Leclerc. Las había revelado él mismo en el cuarto oscuro de Pierre a lo largo de dos semanas, con Pierre supervisando sin supervisar, sentado en su silla diciendo cosas como «ese tiempo de positivado está mal» y «¿eso es lo que llama usted contraste?» y, una vez, en voz muy baja, casi para sí mismo: «Esta sí».
Las fotos eran:
Los adoquines de la Place du Tertre bajo la lluvia de noviembre, con el reflejo del cielo gris y los árboles perdidos en la niebla al fondo.
Tim en el tejado mirando el horizonte de Montmartre, con el Sacré-Cœur visible en la distancia.
Madame Colette detrás de la barra, de espaldas, ordenando tazas con esa concentración suya, la luz de la mañana entrando oblicua desde la ventana.
Jacques leyendo el periódico, el perfil recortado contra la ventana, el café solo intacto sobre la mesa.
Napoleón el gato con su expresión de dictador evaluando tropas.
La araña de Madame Du Pont sobre su tela con el jardín desenfocado detrás.
Pierre de espaldas en la Place du Tertre, con la Nikon, mirando algo fuera del encuadre.
La luz de diciembre cayendo sobre los adoquines mojados de la Rue Lepic, sin personas, solo la calle y la luz y el reflejo.
Las manos de Colette sosteniendo una taza, con las manchas pequeñas de café de cuarenta años de trabajo.
El árbol de Navidad del café reflejado en el cristal de la ventana, con los adoquines de afuera visibles a través del reflejo.
Un autorretrato: Matt mirando su propio reflejo en un charco de la Place des Abbesses, la cara invertida, la cámara levantada, el cielo gris de noviembre detrás.
Y la última: el cuarto de Matt, con el techo inclinado y la ventana abierta sobre los tejados de Montmartre, la luz de la mañana entrando, la cama deshecha, la mochila en el suelo, y sobre la mesita la cámara de su abuelo con la correa de cuero marrón deshilachada. Solo la habitación, vacía de personas, llena de vida reciente.
Vinieron todos.
Colette y Jacques. Pierre, que llegó exactamente a la hora y se quedó junto a las fotos sin decir nada durante tanto tiempo que Madame Leclerc le preguntó si estaba bien y él respondió que estaba bien, que estaba mirando.
Théo trajo a Antoine, Rémi y Julien, que miraron las fotos con una seriedad que Matt no les había visto antes. Antoine señaló la foto de los adoquines y dijo: «Esta», sin más explicación, como si eso lo dijera todo y quizás lo decía.
Monsieur Fabien vino con Napoleón, cosa que Madame Leclerc no había autorizado pero que tampoco pudo impedir una vez que el gato ya estaba dentro. Napoleón ignoró su propia foto con un desdén que Matt consideró artísticamente coherente.
Madame Du Pont llegó con su abrigo de los domingos y se detuvo largo rato ante las manos de Colette y luego ante la araña.
—La araña sí —le dijo a Matt—. Ya lo sabía.
Camille llegó la última, un poco tarde, con manchas de pintura en la mano derecha que era señal de que había estado trabajando hasta el último momento.
Recorrió las fotos despacio, sin decir nada. Matt la siguió a distancia prudente, observándola observar.
Se detuvo ante el autorretrato. Ante el cuarto. Ante las manos de Colette.
Luego se giró.
—Son buenas, Matt.
—¿En serio?
—En serio. No «para tener diecisiete años». Buenas. —Lo miró—. ¿Tú lo sabes?
—Ahora un poco más —dijo Matt.
Camille asintió.
—Bien. Era importante.
Esa noche, ya tarde, cuando la galería empezaba a vaciarse, Pierre se acercó a Matt con las manos en los bolsillos y la bufanda marrón de siempre.
—El autorretrato —dijo.
—¿Qué pasa con él?
—Es el más honesto. —Pierre miró la foto—. La mayoría de los fotógrafos no saben fotografiarse a sí mismos. Porque tienen miedo de lo que van a ver.
—Yo también tenía miedo —dijo Matt.
—Ya lo sé. Se nota. Y eso es exactamente por qué funciona. —Se alejó dos pasos—. Nada mal para cuatro meses.
Matt lo vio alejarse.
—Pierre.
Pierre se giró.
—Gracias —dijo Matt—. Por el cuarto oscuro. Y por todo lo demás.
Pierre lo miró durante un segundo.
—No me dé las gracias. Haga fotos mejores. Esa es la única gratitud que vale.
Y se fue a buscar su abrigo.