La exposición estuvo abierta dos semanas.
Vendieron cuatro fotos. No era mucho, pero Madame Leclerc dijo que para una primera exposición era «respetable», que en su vocabulario funcionaba como un elogio considerable.
Matt ingresó el dinero en la cuenta del banco y miró los números durante un rato. No era independencia económica. Era una prueba de concepto. Era suficiente, de momento, para saber que la dirección existía aunque el destino todavía estuviera en niebla.
Eduardo llamó el día que cerraba la exposición.
—Tu madre me enseñó las fotos —dijo—. Las de la galería.
—¿Y? —dijo Matt.
Pausa larga. El sonido del piso de Madrid. El telediario.
—La del hurón en el tejado —dijo Eduardo—. Esa está bien.
Era todo lo que iba a decir. Matt lo sabía. Y también sabía, por las palabras de Pierre aquella tarde en el pasillo del cuarto oscuro, que el camino entre querer y decirlo se les atasca en algún punto, y que «esa está bien» era, en el idioma de Eduardo, una frase muy larga.
—Gracias, papá —dijo Matt.
—Cuida la cámara —dijo Eduardo.
—Siempre —dijo Matt.
La conversación con Camille sobre la vuelta fue corta y directa, que era la manera que ambos tenían de hablar de las cosas que importaban.
Era un domingo de finales de enero y estaban en el café después del cierre con las sillas ya subidas a las mesas excepto las suyas, Tim dormido en el centro de la mesa como un pequeño árbitro peludo.
—¿Cuándo te vas? —dijo Camille.
—Febrero —dijo Matt.
—¿Lo has decidido?
—Tengo que volver. Hay colegio. —Pausa—. Y quería demostrar que podía. Ya lo demostré.
—¿Y el negocio?
—Tengo una idea para eso.
Camille lo miró.
—¿Pierre? —dijo.
Matt la miró con algo entre admiración y exasperación.
—¿Cómo sabes siempre todo antes?
—Porque te observo —dijo Camille, con sencillez—. Es lo mismo que haces tú con la cámara. Solo que yo no tengo cámara.
Matt miró a Tim dormido.
—¿Y tú? —dijo—. ¿Qué haces tú?
Camille tardó en responder, que era su forma de tomarse en serio las preguntas.
—Sigo pintando. Sigo aquí. —Pausa—. Y a ver qué pasa.
—A ver qué pasa —repitió Matt.
—Sí.
Afuera, París continuaba siendo París con total indiferencia, los adoquines mojados, los faroles amarillos, los tejados con sus palomas y sus chimeneas, todo exactamente igual que cuando Matt llegó cinco meses antes y completamente diferente porque él era diferente, que es la única transformación que de verdad importa.
Tim abrió un ojo, los miró a los dos, y volvió a dormirse.