Sous-Exposé

Capítulo 17: El último rollo

La conversación con Pierre fue en el cuarto oscuro, naturalmente. Era el único lugar donde Pierre hablaba con algo parecido a la emoción, rodeado de ampliadora y bandejas y el olor a revelador que se había vuelto para Matt tan familiar como el café con leche de Colette.

—Me voy en febrero —dijo Matt.

—Ya lo sé —dijo Pierre.

—¿Colette le dijo?

—Lo supe cuando empezaste a fotografiar todo dos veces. —Pierre ajustó el foco de la ampliadora—. Los fotógrafos fotografían doble cuando saben que se van. Por si acaso.

Matt no lo había sabido conscientemente, pero era verdad.

—El negocio —dijo Matt—. Los clientes del barrio. Monsieur Fabien, la señora Du Pont, Hugo e Inès... ¿Usted podría...?

—No —dijo Pierre, inmediatamente.

—Pierre...

—No hago fotos de gatos ni de jardines ni de parejas jóvenes que se pelean. —Pausa—. Pero conozco a alguien.

Matt esperó.

—Hay una chica, estudiante de fotografía, segundo año en la escuela de Beaux-Arts. Necesita práctica y necesita dinero, que es la combinación perfecta. —Pierre sacó un papel del bolsillo, ya escrito, y lo puso sobre la mesa—. Se llama Sofia. Le he hablado de ti. Está dispuesta a reunirse.

Matt miró el papel.

—¿Cuándo habló con ella?

—La semana pasada.

—Pero yo no le había dicho nada todavía.

—Ya lo sé. —Pierre volvió a la ampliadora—. Los fotógrafos fotografían doble cuando saben que se van. Ya se lo dije.

Matt se reunió con Sofia en el café dos días antes de su partida.

Era una chica de veinte años con una Nikon digital y una manera de escuchar que le recordó a Camille, esa atención completa sin prisas.

Matt le explicó los clientes, las tarifas, los encargos habituales. Le habló de Napoleón y el zarpazo y el jamón como solución. Le habló de la señora Du Pont y el rosa específico y de cobrar por adelantado. Le habló de Hugo e Inès y de la necesidad de añadir una tarifa de terapia de pareja.

Sofia tomó notas con una seriedad que Matt encontró tranquilizadora.

—Una pregunta —dijo Sofia al final—. El hurón. ¿Va incluido?

Matt miró a Tim, que estaba sentado sobre el mostrador escuchando con la oreja torcida ladeada.

—Tim se queda con Colette —dijo Matt—. Pero aparece en las fotos a veces. Solo asegúrate de que no suba a las estanterías de los clientes.

—¿Le pasa?

—Constantemente.

Sofia asintió, añadió una nota, y cerró el cuaderno.

—Trato —dijo, y extendió la mano.

—Trato —dijo Matt.

La mañana del día de su partida, Matt se despertó antes de que parpadeara la lámpara.

Hizo la maleta con más cuidado que cuando llegó, que es siempre la señal de que algo ha cambiado en la relación de uno con los objetos. Dobló el abrigo gris de botones disparejos aunque no cabía del todo bien. Metió el diccionario español-francés, esta vez usado, con páginas dobladas y anotaciones en los márgenes.

Bajó al café.

Colette ya estaba detrás de la barra. Le puso delante un bol de café con leche sin decir nada y estuvo ocupada ordenando tazas durante varios minutos mientras Matt bebía, hasta que se limpió las manos en el delantal y dijo:

—Me alegro de que hayas venido, mon petit.

—Yo también —dijo Matt.

—¿Volverás?

—Sí.

—¿Lo dices de verdad o lo dices para que no llore?

—Las dos cosas —dijo Matt—. Pero sobre todo de verdad.

Colette asintió, se dio la vuelta, y ordenó tazas con mucho ruido durante un rato que Matt interpretó correctamente como que estaba llorando un poco y prefería hacerlo de espaldas.

Jacques bajó el periódico, lo miró, y dijo:

—Bonne chance.

Dos palabras. Matt las apuntó mentalmente. Eran muchas para Jacques.

Tim.

Matt lo cogió de la barra del café y lo sujetó a la altura de los ojos, y Tim lo miró con sus ojos negros de punto de tinta con la misma expresión con que lo había mirado aquella mañana en el callejón de la Rue des Martyrs: «por fin».

—Tú te quedas —le dijo Matt—. Colette te va a cuidar. No robes demasiados croissants. No subas a las estanterías de los clientes. Y no le des miedo a Sofia, que no te conoce todavía.

Tim inclinó la oreja torcida.

—No pasa nada —dijo Matt, en español.

Lo dejó en el mostrador. Tim se quedó sentado, mirándolo, y no se movió, que para un hurón que llevaba cinco meses moviéndose constantemente era la declaración más elocuente posible.

Camille lo esperaba en la puerta del café con las manos en los bolsillos y el pelo suelto porque hacía viento.

Matt salió con la maleta y la mochila y la Leica colgada al cuello.



#1551 en Otros
#276 en Relatos cortos
#4943 en Novela romántica

En el texto hay: juvenil, contemporanea, viaje en tren

Editado: 08.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.