Sove:entre dos tierras

Noche de fuego.

Junior despertó antes de que saliera el sol, como de costumbre para ir al colegio. Vivía en una calurosa y linda comunidad, considerada el alma de Puerto Príncipe, donde las personas se trataban todas como si fueran familia.

En Haití, la mayoría de las escuelas se encuentran a kilómetros de distancia, por lo que los estudiantes deben prepararse con mucha antelación si quieren llegar temprano y no quedarse fuera.

Jean, Jak, leve pou nou al lekòl! (Jean, Jack, despiértense para ir a la escuela) —llamó Junior a sus hermanos.

Al ser el mayor, tenía la responsabilidad de levantarlos cada mañana para alistarse. Desde la cocina, la voz de su madre no tardó en unirse al movimiento de la casa:

Timoun, vin manje pou nou pa anreta (Niños, vengan a comer para que no se les haga tarde).

Junior siempre ayudaba a sus hermanos menores a prepararse antes de bajar a desayunar. Mientras comía, solía repasar sus apuntes; era uno de los mejores estudiantes de su salón. Por eso, antes de salir por la puerta, la familia se reunía para orar, poniendo el día en las manos de Dios.

Al llegar la tarde, todos regresaron a salvo. Junior preparó un almuerzo sencillo para sus hermanos mientras esperaban a su madre, quien trabajaba como enfermera en una clínica local. Aunque sanaba vidas, la paga era muy poca debido a la crisis política del país. Su padre, por otro lado, trabajaba como obrero en la construcción; siempre había querido estudiar ingeniería, pero la falta de dinero se lo impidió, dejándolo solo con la secundaria terminada. A pesar de las dificultades, la familia vivía en completa armonía.

Cuando la madre llegó a casa, los recibió con su calidez de siempre:

Koman nou pase jounen lekòl la, timoun? (¿Cómo fue su día en la escuela, niños?).

—La pase de maravilla, mamá —respondió Junior con detalle, como cada tarde—. Pasé el examen de matemáticas con 98 y cumplí con la tarea de física que había que entregar.

—¡¿Un 98 en matemáticas?! Sabía que podías hacerlo. Tu padre y yo estamos muy orgullosos de ti —celebró ella con una sonrisa.

Eran una familia muy respetada en la comunidad por su forma de compartir con los vecinos. Cada noche estaba llena de risas y complicidad... hasta que llegó lo inesperado.

A las nueve y media de la noche, el caos rompió la paz.

Se oyeron estruendos de disparos a lo lejos, seguidos por el aire denso de las bombas lacrimógenas que no dejaban respirar. La confusión se apoderó de la casa.

Bondye m yo, kisa k ap pase deyò a? (Dios mío, ¿qué está pasando afuera?) —exclamó la familia, aterrada.

Kitem gade nan fenèt la pou m wè kisa k ap pase (Déjame asomarme a la ventana para ver qué pasa) —dijo el padre, acercándose con cautela.

Al mirar afuera, la comunidad parecía un infierno en llamas. Los llantos de las personas atrapadas en la combustión y el humo desgarraban la noche. Niños, bebés y adultos gritaban, agonizando de miedo. Las bandas armadas habían invadido el pueblo, arrasando con todo a su paso.

El padre de Junior entró en un ataque de confusión total, pero el instinto lo obligó a actuar rápido.

Madam, kouri pran timoun yo al nan jaden an! (¡Mujer, llévate a los niños al conuco!) —ordenó con desesperación—. Corre sin mirar atrás, voy a ganar tiempo.

Las manos de la madre temblaban. Sus hermanos no podían dejar de llorar y Junior sentía que su corazón golpeaba su pecho con tanta fuerza que parecía que iba a salir corriendo por él. El terror estaba calcado en el rostro de todos. Entre gritos, tuvieron que huir a esconderse, dejando atrás a la cabeza de familia.

El hombre se apostó detrás de la puerta. En ese segundo de silencio, un montón de recuerdos felices de su vida inundaron su mente.

Bondye, tanpri, ede fanmi m sove (Dios, por favor, ayuda a mi familia a salvarse) —susurró con los ojos empañados.

Mientras el sudor y las lágrimas le brotaban de la piel, la puerta saltó en pedazos de una patada. Reaccionó por milésimas de segundo. Sujetó el cañón del arma, forcejeando con violencia contra el primer intruso que entró; tras arrebatársela de un tirón rápido, le disparó directo en el costado.

Pero la detonación y los gritos de dolor alertaron al resto de la banda, que empezó a correr hacia la casa. En ese mismo instante, una profunda y amarga tristeza estremeció el rostro del padre. Al mirar al suelo para encarar al asaltante, descubrió sus facciones bajo la luz del fuego.

—Dios, ¿qué hice? Acabo de matar a un niño... Tiene la misma edad que Junior —alcanzó a decir, paralizado por el horror.

No hubo tiempo para el luto. Tomó el arma del suelo y abrió fuego para cubrir su retirada, corriendo bajo una lluvia de balas. Un impacto certero le destrozó la pierna, pero logró derribar a cinco de ellos en el caos. Sin embargo, cuando intentaba arrastrarse para refugiarse bajo la mesa y mantener el control de la entrada, una ráfaga lo alcanzó. Múltiples disparos en la cabeza terminaron con su vida en el acto.



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En el texto hay: ficciongeneral, dramas, historia.

Editado: 20.06.2026

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