¿soy Borgia?

Capítulo 17 — LO QUE DESPERTÓ CON ELLA

El evento no estaba en el libro.
Eso fue lo primero que notó Borgia al bajar del auto.
No porque no reconociera el lugar —una inauguración benéfica, luces cálidas, prensa discreta, copas brillando— sino porque no recordaba haber escrito nada sobre esa noche. Y eso, por primera vez, no le produjo miedo.

Le produjo curiosidad.

—Sonríe —murmuró Killian a su lado, sin mirarla—. Nos están observando.

Borgia lo hizo. No por obediencia, sino porque quiso. La música era agradable, el ambiente ligero, y había algo distinto flotando en el aire: expectativa.

No tardó en notarlo.
Las miradas.
No las de siempre.
No las que medían, comparaban o juzgaban.
Miradas nuevas. Interesadas. Abiertas.

Un hombre se acercó a saludarla primero a ella, no a Killian. Luego otro. Luego una mujer que elogió su vestido sin añadir el apellido Mercerheart.

Killian empezó a tensarse.
Borgia lo sintió antes de verlo.

Su mano apareció en la parte baja de su espalda, firme, marcando territorio con un gesto silencioso.

—¿Estás bien? —preguntó, innecesariamente cerca.
—Perfectamente —respondió ella.

Y no mentía.

Daphne llegó tarde, como siempre. Vestida para ser vista, caminando como si el suelo le perteneciera. Se colocó junto a Killian con naturalidad aprendida, rozándole el brazo.

En el libro, esa era la imagen fija.

Pero esta vez… algo falló.

Un camarógrafo retrocedió sin mirar. Una bandeja chocó. Alguien gritó.

Todo ocurrió rápido.

Borgia dio un paso atrás por reflejo y no vio el escalón bajo. El equilibrio se perdió apenas. Un segundo. Exactamente ese segundo en el que, en la novela, nadie la sostenía.

Pero no cayó.

Killian reaccionó sin pensar.
No miró a Daphne.
No la tomó del brazo.
No dudó.

Se lanzó hacia Borgia y la sujetó con fuerza, girando el cuerpo para cubrirla. Su espalda chocó contra una mesa. Copas cayeron al suelo. El ruido fue seco, escandaloso.

—¡Cuidado! —dijo alguien.

Killian tenía a Borgia contra su pecho, un brazo rodeándole la cintura, el otro apoyado para protegerla.

Daphne quedó a un metro de distancia.

Sola.

El silencio duró apenas un instante. Pero fue suficiente.
Borgia levantó la vista, todavía sorprendida, y lo miró.

Killian respiraba agitado. Sus ojos grises estaban oscuros, fijos en ella.

—¿Te lastimaste? —preguntó.

—No… —susurró—. Estoy bien.

No se separó enseguida.

Y entonces, como si el cuerpo tomara una decisión antes que la mente, Killian bajó el rostro y la besó.

Ahí.
Delante de todos.
Sin suavidad.
Sin permiso.
Un beso posesivo, breve, intenso. Un “es mía” sin palabras.
Cuando se separó, el murmullo alrededor explotó.

Borgia lo miró, aturdida.

Ese beso no existía.

Nunca lo escribió en la relación de Borgia y Killian.
Nunca lo imaginó.
Daphne estaba pálida.
Killian apoyó la frente un segundo contra la de Borgia.

—No vuelvas a caerte —murmuró—. No sin mí cerca.

Algo en esa frase la estremeció.

No era amor.
Era elección.
Y eso lo cambiaba todo.

Más tarde, ya lejos del ruido, Borgia se apoyó en la baranda del balcón. El corazón aún le latía rápido. Killian se colocó detrás de ella, demasiado cerca.

—Esto se está saliendo de control —dijo él.

Borgia sonrió, mirando la ciudad.

—Lo sé.
—¿Te molesta? —preguntó.

Ella giró apenas la cabeza.

—No —respondió—. Me gusta.

Killian la besó otra vez. Más lento. Más largo.
Y mientras sus labios se encontraban, Liora pensó algo que la hizo reír por dentro:
Si así está cambiando la historia…
Adrien Hale no tiene idea de lo que le espera.

*****

(Killian)

Killian no volvió a tocarla después de ese beso.
No porque no quisiera.
Porque sabía que si lo hacía, no sería capaz de detenerse.
La imagen seguía ahí, persistente, molesta: Borgia bajo las luces del evento, sorprendida, quieta un segundo antes de responderle. No había sido un beso de amor. Tampoco de reconciliación. Había sido algo más primario. Más peligroso.

Una advertencia.
No te vayas.
No te pierdas.
No me dejes fuera.

Jamás habría admitido eso en voz alta.

Ahora, sentado en el asiento trasero del auto, la observaba en silencio. Borgia miraba por la ventana, con el rostro sereno, como si no acabara de pasar nada extraordinario. Como si ese beso no hubiera sido una ruptura de equilibrio.

—¿Te lastimaste? —preguntó al fin.




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