(Punto de vista: Killian)
Killian no tenía intención de entrar a su habitación.
No esa noche.
Cada uno había aprendido a ocupar su espacio dentro de la misma casa, como dos territorios que se toleran sin mezclarse.
Pero esa noche… algo no encajaba.
Borgia estaba de pie junto al ventanal cuando él entró. No se sobresaltó. No se giró de inmediato. Como si hubiera sabido que iba a hacerlo.
—¿Vas a decir algo o solo vas a quedarte ahí parado? —preguntó ella, sin mirarlo.
Killian cerró la puerta.
Ese gesto, simple, cambió el aire.
—Hoy —dijo— pasó algo.
Borgia se giró lentamente.
—Pasaron varias cosas.
—No —corrigió—. Pasó una.
Ella lo observó con atención, esperando.
—Cuando casi caes —continuó—, no pensé.
—Eso ya lo dijiste.
—No. Dije que te sostuve. No dije por qué.
Borgia cruzó los brazos.
—Entonces dilo.
Killian dio unos pasos hacia ella. No invadió su espacio. Se detuvo a una distancia prudente, como si midiera cada movimiento.
—Porque vi que alguien más lo haría si yo no —dijo—. Y eso no lo toleré.
El silencio se volvió espeso.
—Eso no es protección —respondió ella—. Eso es posesión.
—Lo sé.
La franqueza la descolocó.
—¿Y te parece bien?
Killian sostuvo su mirada.
—Me parece inevitable.
Borgia respiró hondo.
—Antes no te importaba.
—Antes no te miraban así.
—Antes yo no miraba de vuelta —respondió ella con calma.
Esa frase le golpeó directo.
Killian pasó una mano por el cabello, frustrado.
—Desde el accidente —dijo—, algo cambió en ti.
—No —corrigió—. Cambió en mí después del accidente. No por él.
—Explícate.
—Dejé de asumir que debía desaparecer para que todo funcionara.
Killian la miró largo rato.
—Nunca te pedí eso.
—No hizo falta —respondió ella—. Me lo enseñaste con el silencio.
El reproche no fue duro. Fue peor: fue honesto.
Killian se acercó un poco más.
—No soy bueno pidiendo —dijo—. Ni explicando.
—Lo sé.
—Pero tampoco soy indiferente.
Borgia alzó la barbilla.
—Entonces demuéstralo sin besarme para callarme.
Eso lo detuvo en seco.
—¿Crees que te beso para callarte?
—Creo que lo haces para recordarme que sigues teniendo control.
Killian apretó la mandíbula.
—No lo tengo.
—Exacto.
El silencio se extendió entre ellos, cargado de todo lo que no sabían cómo nombrar.
Borgia se apartó primero. Caminó hacia la cama y se sentó en el borde, desabrochándose con calma los pendientes.
—Si vas a decir algo más —dijo—, dilo ahora. Estoy cansada.
Killian la observó.
La cama.
El gesto cotidiano.
La intimidad que no pedía permiso.
Tomó una decisión sin analizarla demasiado.
—Voy a quedarme aquí —dijo.
Ella levantó la vista.
—¿Cómo?
—Esta noche —aclaró—. En esta habitación.
—¿Por qué?
Killian dio un paso más.
—Porque no quiero volver a despertarme mañana sintiendo que dormí en otro lugar mientras tú estabas aquí.
Borgia lo miró con atención.
—Eso no es una explicación lógica.
—Nunca lo soy cuando se trata de ti —respondió.
Ella no dijo que no.
Tampoco dijo que sí.
Se levantó y caminó hacia el baño.
—No ronques —dijo antes de cerrar la puerta.
Killian soltó una risa breve, incrédula.
Se quitó la chaqueta. Luego la camisa. Se quedó un momento de pie, dudando, antes de sentarse en el otro lado de la cama.
Cuando Borgia salió del baño, llevaba una camisola sencilla, sin artificios. Se detuvo al verlo ya allí.
—Pensé que estabas bromeando.
—Nunca bromeo con esto.
Ella se metió en la cama sin decir nada más. Se giró de lado, dándole la espalda.
Killian apagó la luz y se acostó también.
El espacio entre ambos era mínimo, pero no se tocaban.