(Punto de vista: Killian)
Killian despertó con el brazo alrededor de ella.
El simple hecho lo golpeó como una verdad incómoda: no había sido un gesto inconsciente. Había sido una decisión. Una necesidad. Un instinto que se negó a soltarse incluso cuando el sueño intentó apagarlo.
Borgia dormía de lado, encajada contra su pecho con una calma que no le pertenecía a la mujer que él había conocido durante años. Esa calma era nueva. Peligrosa. Porque no era sumisión. Era… seguridad.
Killian aspiró despacio.
El olor de su cabello, de su piel, de esa mezcla tenue entre jabón y algo propio —algo que no sabía definir y por eso lo irritaba— le llenó el pecho como si fuera aire por primera vez. No la besó. No se movió. Solo la sostuvo un poco más fuerte, comprobando que seguía ahí.
Así debió ser, pensó, y el pensamiento lo dejó tenso.
Borgia se movió apenas, como si sintiera el ajuste de su brazo.
—¿Qué hora es? —murmuró, todavía medio dormida.
Killian miró el reloj sin soltarla.
—Temprano.
Ella no se apartó. Eso lo descolocó. Si hubiera sido la Borgia de antes, habría intentado escapar de la cercanía por miedo a incomodarlo. Esta, en cambio, se acomodó con naturalidad, como si el contacto no fuera un favor sino un derecho compartido.
—¿Te vas a levantar? —preguntó ella.
—En un minuto.
—Eso suena a mentira.
Killian soltó una risa breve, casi sin humor.
—Calla.
Borgia sonrió. Y esa sonrisa fue un problema: ligera, real, sin pedirle permiso al mundo. Killian la miró un segundo más de lo prudente, y algo en su cuerpo volvió a tensarse.
No era solo deseo.
Era la necesidad de no perder ese gesto.
El móvil vibró sobre la mesa de noche.
Killian lo vio de reojo. No quería moverse. Pero el sonido insistió.
Extendió la mano con cuidado, sin soltarla del todo, y tomó el dispositivo. Miró la pantalla.
Un nombre.
Dario Morel.
La sonrisa de Borgia se desvaneció apenas al notar el cambio en el aire. No porque supiera quién escribía —no había visto la pantalla— sino porque Killian se volvió rígido.
El mensaje no era para él. Killian lo sabía antes de leerlo, como se sabe un golpe antes de que llegue. Pero el móvil era de Borgia. Y estaba ahí. Muy cerca. Donde él podía verlo.
Killian no apartó la vista de la pantalla.
|| Buenos días. Anoche pensé en ti.
No voy a disculparme por lo que siento.||
Los dedos de Killian apretaron el móvil con fuerza controlada.
Borgia parpadeó, más despierta.
—¿Pasa algo? —preguntó, con voz baja.
Killian levantó la vista lentamente.
—Pasa —dijo— que tu teléfono no sabe quedarse quieto.
Borgia estiró la mano.
—Dámelo.
Killian no se lo entregó de inmediato. No por juegos. Por algo más oscuro: el impulso de retenerlo todo, incluso un objeto, si eso significaba retenerla a ella.
—¿Quién es? —preguntó ella.
Borgia lo miró con una calma rara. Luego suspiró como si supiera que esa pregunta era inevitable.
—Dario —respondió.
Killian sostuvo el móvil un segundo más, como si el nombre tuviera peso físico.
—¿Qué quiere? —le preguntó mirándola a los ojos.
Borgia extendió la mano de nuevo.
—Dame el teléfono.
Killian se lo entregó. Observó su rostro mientras ella leía. No vio sorpresa. No vio ilusión. Vio… cansancio.
Eso lo desconcertó.
Borgia dejó el móvil sobre la cama.
—No quiero problemas —dijo.
Killian soltó una risa fría.
—Morel no escribe para no causar problemas.
—No puedo controlar lo que él siente.
—Sí puedes controlar lo que tú permites.
Borgia giró el rostro hacia él, y la luz de la mañana la dejó demasiado clara: piel tibia, mirada firme, ese pelo rojo desordenado que a él le daba ganas de enredar los dedos y tirar solo para oírla protestar.
—No hay nada entre él y yo—. dijo ella
Killian se incorporó lentamente, aún cerca.
—Pero lo besaste.
La frase cayó como una piedra.
Borgia no pestañeó.
—Sí.
No justificó. No se disculpó.
Killian sintió el estómago tensarse.
—¿Por qué? —preguntó, duro—. ¿Para herirme? ¿Para ponerme a prueba?
Borgia lo miró con una calma insoportable.
—No hice nada para herirte.
—Entonces dime.
El silencio se estiró. Borgia respiró hondo, como si eligiera las palabras con cuidado.