La mañana amaneció limpia, fría, con esa luz pálida que entraba por los ventanales como si la casa entera estuviera hecha para verse perfecta.
Borgia abrió los ojos despacio.
Lo primero que sintió fue el peso.
El brazo de Killian rodeándola con una firmeza tranquila, su pecho pegado a su espalda, la respiración de él rozándole el cuello. No era un abrazo casual. Era un abrazo que se negaba a soltarse, incluso dormido.
Ese detalle, tan simple, le apretó algo por dentro.
Porque durante años, en esa misma mansión, había dormido sola aun estando casada.
Y ahora… ahora despertaba con un hombre que parecía haber decidido que la soledad no era una opción.
Borgia se quedó quieta, intentando entenderlo sin romperlo.
Killian murmuró algo incomprensible y, sin abrir los ojos, la atrajo un poco más hacia él. La pegó a su cuerpo como si fuera lo más natural del mundo.
A Borgia se le calentó el rostro.
Se giró apenas, lo suficiente para ver su perfil: la mandíbula marcada, el cabello oscuro un poco desordenado, esa calma peligrosa que él llevaba incluso dormido.
¿Quién eres hoy? pensó, y el pensamiento le produjo una mezcla rara de alivio y vértigo.
Killian abrió los ojos.
La miró como si tardara un segundo en recordar dónde estaba… y luego, como si lo recordara demasiado bien.
—No te muevas —dijo, ronco.
—Tengo que levantarme.
Killian cerró el brazo más fuerte.
—Cinco minutos.
—Killian…
—Cinco —repitió, sin discutir. Solo afirmando.
Borgia tragó saliva.
No era una orden cruel. Era otra cosa: una necesidad torpe, recién descubierta, que él todavía no sabía vestir con palabras bonitas.
Y eso lo volvía más humano.
Más peligroso.
Borgia cedió. Se quedó ahí, pegada a él, respirando el mismo aire, sintiendo cómo el cuerpo de Killian respondía a su cercanía incluso en quietud. No avanzó, no la apretó con urgencia, pero había una tensión latente, como si él estuviera conteniéndose con disciplina.
Cuando finalmente la soltó, fue con lentitud.
—Hoy tengo reuniones —dijo, incorporándose.
Borgia se sentó también, acomodándose la camisola.
—¿Me necesitas?
Killian la miró un segundo. Esa pregunta lo desconcertó, como si no estuviera acostumbrado a que ella preguntara sin miedo.
—Sí —dijo al fin—. Vienes conmigo.
Borgia asintió, sin dramatismo.
—Está bien.
Killian se quedó mirándola un instante más, como si ese “está bien” simple lo desarmara.
Luego se levantó… y se detuvo.
Su mirada bajó, sin permiso, recorriendo el cuerpo de ella: el cuello, los hombros, la forma en que la tela ligera se ajustaba a su cintura cuando respiraba.
Borgia se tensó.
Killian levantó la vista rápido, como si se hubiera sorprendido a sí mismo.
—Cámbiate —dijo, demasiado seco.
Ella alzó una ceja.
—¿Eso fue… una orden o un intento de ocultar que me estabas mirando?
Killian frunció el ceño.
—No inventes cosas.
Borgia sonrió apenas.
Y esa sonrisa fue la primera victoria del día.
A media tarde, el evento era en una sala privada de un club elegante. No era una fiesta abierta; era el tipo de reunión donde los acuerdos no se anunciaban, se insinuaban. Donde el poder no se gritaba, se respiraba.
Killian entró primero, Borgia a su lado. Su mano descansó en la espalda de ella con naturalidad.
No la soltó ni un segundo.
Los saludos fueron rápidos, medidos. Algunos hombres se inclinaban hacia Killian con respeto. Algunas mujeres miraban a Borgia con curiosidad nueva, como si intentaran entender qué cambió para que él caminara así.
Borgia se mantuvo serena. Ya no buscaba desaparecer.
Y entonces lo sintió: esa vibración en el aire, como cuando entra alguien que no necesita presentaciones.
Dario Morel apareció al otro lado del salón.
No llegó con prisa. No buscó llamar la atención. No lo necesitaba.
Traje oscuro impecable, sonrisa fácil, ojos oscuros con una seguridad peligrosa: la de un hombre que sabe que puede ganar sin levantar la voz.
Borgia lo vio… y el estómago se le apretó.
No por deseo.
Por anticipación.
Dario la miró, y su sonrisa cambió apenas: se suavizó como si la viera a través del resto.
Killian notó el intercambio de inmediato.
Se tensó.
No hizo escena. No caminó hacia ellos como un toro. Lo que hizo fue peor: se quedó demasiado quieto.