¿soy Borgia?

Capítulo 21— LA MAÑANA DESPUÉS NO ERA EL FINAL

La habitación ya no le parecía ajena.

Borgia se dio cuenta de eso al despertar, no por la luz ni por el silencio, sino por los objetos: la camisa de Killian doblada sobre la silla, su reloj junto al suyo, el olor de él mezclado con el de las sábanas. Nada estaba “de paso”. Todo estaba instalado.

Killian se movió a su lado.

No se despertó de inmediato. Solo la atrajo hacia él con un gesto inconsciente, posesivo, como si su cuerpo ya hubiera aprendido una verdad que su mente aún estaba procesando.

Borgia cerró los ojos un segundo.

No había urgencia.
No había incomodidad.

Había una calma extraña, nueva, que nacía del hecho de haber cruzado una frontera sin arrepentimiento.

Killian despertó despacio.

La miró sin hablar, como si todavía estuviera entendiendo lo que había cambiado. Su mirada no era dura. Tampoco tierna. Era concentrada.

—Ven acá —dijo, bajo.

No fue una orden. Fue una necesidad directa.

Borgia se acercó. Él la rodeó con el brazo, la sostuvo contra su pecho y apoyó la barbilla sobre su cabeza. No la besó. No la buscó con prisa. Parecía… evaluando el peso de esa cercanía.

—No sabía que esto iba a ser así —murmuró.

—¿Así cómo? —preguntó ella.

Killian tardó en responder.

—Difícil de soltar.

Borgia sintió un estremecimiento leve.
No por las palabras, sino por lo que implicaban.

Killian no era un hombre que descubriera el deseo tarde. Era un hombre que nunca se había permitido desear a quien tenía al lado. Y ahora, esa omisión se le estaba cobrando con intensidad.

Se incorporó un poco, mirándola con más atención.

—Te conozco desde hace años —dijo—. Y aun así… no...

Borgia sostuvo su mirada.

—No me mirabas.

Killian no lo negó.

Ese silencio fue una admisión más fuerte que cualquier disculpa.

—Anoche —continuó— no fue solo… —se detuvo, incómodo—. No fue solo físico.

Borgia apoyó la mano en su pecho, sintiendo el latido firme.

—Lo sé.

Killian la observó, sorprendido.

—¿Cómo?

Ella dudó un instante.

Porque dentro de sí, la respuesta era otra.

Pero la que podía decir era esta:

—Porque no te fuiste después.

Killian apretó la mandíbula, como si esa verdad simple le hubiera dado en el centro.

—No pensé hacerlo.

—Antes sí lo habrías hecho —dijo ella con suavidad.

—Antes estaba equivocado.

No fue una declaración de amor.

Fue algo más peligroso: una corrección consciente.
Horas después, cuando bajaron juntos, la casa los recibió sin preguntas. Pero el cambio era visible. Killian no se separó de ella ni un segundo. No por vigilancia, sino por costumbre recién adquirida.

En el desayuno, Aurelia apareció como siempre, sin avisar, con esa elegancia afilada que escondía juicio.

—Buenos días —saludó, observando a Borgia con detenimiento—. Veo que sigues instalada.

Killian dejó la taza sobre la mesa.

—No empieces mamá, deberias llamar antes de venir, para saber si te podemos atender—dijo.

Aurelia lo miró, sorprendida.

—Desde cuándo...

— Desde ahora—respondió él, levantándose y colocando la mano sobre el respaldo de la silla de Borgia—. Esta es la casa de mi esposa y serás bienvenida … si sabes respetarlo.

Leonie abrió la boca, pero no dijo nada, su hermano parecía otro hombre, jamás había puesto a Borgia antes que a ellas, tomó del brazo a su mamá, miró con reproche a Killian y caminó a la salida, esperaba que él las detuviera, pero eso no pasó.

Borgia sintió algo apretársele en el pecho.
No era victoria.
Era seguridad.

Más tarde, a solas, Borgia se apoyó en la ventana del pasillo. Miró el jardín, los senderos, la casa extensa que alguna vez había imaginado como una prisión.

Recordó —como un eco distante— la imagen final que había escrito: ella, recluida, observando el mundo desde lejos, sin nadie que eligiera quedarse, con las piernas muertas a causa de que Daphne la atropellara dañando su columna para siempre.

Ahora no lo parecía.
Ese final, pensó.
El que escribí.
Ese final necesitaba que Killian fuera un espectador distante.
Necesitaba noches separadas.
Necesitaba una cama fría.
Y ella estaba viviendo lo contrario.

Killian se acercó por detrás, sin tocarla de inmediato.

—Te noto distante —dijo.

—Estoy pensando.

—Eso nunca es buena señal —murmuró él.




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