Borgia
La mañana no trajo calma.
Trajo una clase de tensión distinta: esa que aparece cuando algo bueno ya ocurrió… y una parte de ti sigue esperando el castigo por atreverte a creer.
Borgia abrió los ojos y lo primero que vio fue el reloj de Killian sobre la cómoda. Luego su corbata, impecable, colgada en el respaldo de la silla. Luego la chaqueta sobre el brazo del sofá, como si la habitación hubiese terminado de aceptarlo.
Él estaba en el baño. Se escuchaba el agua, el sonido breve de un frasco cerrándose, la rutina exacta de un hombre que controla su mundo.
Y sin embargo, la noche anterior había sido lo opuesto a control: había sido elección. Descubrimiento. Un “yo me quedo” dicho con el cuerpo, no con palabras.
Borgia se incorporó despacio, todavía con esa sensación rara en la piel: el recuerdo de manos que no buscaban humillar, sino sostener.
No debería sentirse así, pensó.
Y luego se corrigió, casi con rabia:
Debería. Solo que yo no le di ese derecho a Borgia en mi historia.
Se levantó y buscó una bata. Al hacerlo, vio algo que le apretó el pecho: una caja de madera, pequeña, que no había estado ahí antes, junto al lado del armario de Killian.
Era la caja donde guardaba gemelos, anillos, cosas que solo sacaba cuando iba a reuniones importantes.
Había traído hasta eso.
Borgia tragó saliva.
Esto no es un impulso, pensó.
Esto es una decisión que se está volviendo rutina.
La puerta del baño se abrió.
Killian salió con el cabello aún húmedo, la camisa arremangada, el ceño serio de siempre… pero los ojos diferentes. No más blandos. Más atentos. Como si la estuviera registrando incluso cuando no hablaban.
—Te levantaste temprano —dijo.
—Tú también.
Él se acercó, le acomodó el cabello sobre un hombro con un gesto mínimo. No fue tierno de película. Fue… íntimo. Propiedad tranquila.
Borgia se quedó inmóvil.
Killian la miró, como si se hubiera dado cuenta demasiado tarde de lo que acababa de hacer.
—Hoy tengo una reunión en la torre —dijo, demasiado neutral—. Quiero que vengas.
Borgia parpadeó.
—¿Por qué?
Killian no respondió de inmediato. La respuesta real parecía incomodarlo.
—Porque… —empezó, y cerró la boca—. Porque sí.
Borgia sostuvo su mirada.
—Eso no es una razón.
La mandíbula de Killian se tensó. Luego soltó el aire, irritado consigo mismo.
—Porque no quiero que estés aquí sola.
Ese fue el golpe. No por la frase. Por el hecho de que se le escapara sin máscara.
Borgia sintió que algo por dentro se reorganizaba. Un hilo de esperanza, fino, peligroso.
—Está bien —dijo.
Killian asintió como si hubiera ganado una negociación.
Y entonces, como si recordara que todavía no era un hombre que pide permiso, se inclinó y la besó. No un beso largo. Un beso firme, breve, marcador.
—Vístete —murmuró contra sus labios—. Salimos en veinte.
Borgia lo miró alejarse con el corazón acelerado.
Esto también cambia cosas, pensó.
Si me lleva con él… me pone en el centro de su vida. Y mi final escrito necesitaba que me mantuviera al margen.
Se vistió con cuidado, no como para complacer a la familia, sino como para acompañar a Killian en su mundo: elegante, moderna, impecable. Cuando bajó, él ya estaba listo, traje oscuro, mirada gris afilada.
La miró de arriba abajo y algo pasó por su expresión. Algo breve.
Deseo.
Killian apartó la mirada como si no le gustara sentirse transparente.
—Vamos.
*****
Killian
En el auto, Killian no hablaba mucho.
No porque no quisiera. Porque cada frase que pensaba sonaba demasiado… personal. Y él había construido su vida alrededor de no ser personal.
Borgia iba a su lado, mirando por la ventana, tranquila. Esa calma lo irritaba un poco, y al mismo tiempo le aliviaba el pecho.
Había algo que no admitía ni consigo mismo: desde la noche anterior, su mente no dejaba de volver a lo mismo.
El peso de ella en su cama.
El cabello rojo en la almohada blanca.
La forma en que se quedó después, sin pedir, sin rogar, sin actuar como si estuviera agradecida por migajas.
No sabía qué hacer con esa mujer.
Porque esa mujer era su esposa… pero también era alguien que él apenas estaba conociendo.
Y lo peor era esto:
La había tenido al lado años.
Años.
Y aun así, la idea de que otro hombre pudiera hacerla reír le daba ganas de romper cosas con las manos.