¿soy Borgia?

Capítulo 23— LO QUE SE DEFIENDE SIN NOMBRAR

La casa despertó distinta.

No por ruido, ni por movimiento, sino por esa tensión silenciosa que se instala cuando algo va a ponerse a prueba. Borgia lo sintió incluso antes de abrir los ojos. Killian seguía a su lado, despierto, con un brazo firme rodeándole la cintura, como si durante la noche su cuerpo hubiera decidido que ese era su lugar definitivo.

No dormían así antes.
No dormían juntos.
No se buscaban en sueños.
Ahora sí.

Borgia respiró hondo, sin moverse. No quería romper ese instante. Sabía —con esa intuición nueva que le recorría la piel— que estaba viviendo algo que, en lo que recordaba, no existía.
Killian habló sin abrir los ojos.

—Mi madre llegará al mediodía.

Borgia no se sobresaltó. Ya lo sabía.

—¿Quiere verme?

—Quiere verte medir fuerzas —respondió él—. No es lo mismo.

Borgia se giró lentamente para mirarlo. Killian abrió los ojos y sostuvo su mirada, serio, alerta, como si estuviera anticipando una emboscada.

—No le tengas miedo —añadió—. Yo no lo tengo.

—No le tengo miedo —dijo ella—. Pero tampoco voy a fingir que me agrada.

Killian ladeó la boca apenas.

—Eso es nuevo.

—Muchas cosas lo son —respondió Borgia.

Killian la observó un segundo más largo de lo necesario, como si quisiera memorizar ese rostro sin sumisión. Luego se incorporó.

—Desayunemos juntos.

No fue una invitación.

Fue una elección cotidiana.

Y eso, Borgia lo sabía, era mucho más peligroso que cualquier gran declaración.

Aurelia Mercerheart llegó puntual.

Vestida de poder, de control, de esa elegancia afilada que había hecho retroceder a Borgia tantas veces antes. Leonie no vino. Daphne tampoco. Aquello ya era una señal.

Borgia estaba sentada en el salón, tranquila. No fingía calma; la tenía. No porque se sintiera segura del todo, sino porque algo dentro de ella había cambiado: ya no esperaba aprobación.

Killian entró detrás de su madre y no la saludó con un beso.

Ese gesto mínimo fue el primer golpe.

—Hijo —dijo Aurelia, evaluándolo—. Veo que estás… instalado.

Killian se sentó junto a Borgia. No frente. No aparte.

—Así es.

Aurelia desvió la mirada hacia Borgia.

—Me alegra ver que te recuperaste tan pronto —comentó—. Después de… tu incidente.

Borgia sostuvo su mirada.

—No fue nada —dijo—. Solo un malentendido —preguntándose por que preguntaba por el incidente en la biblioteca con el banco.

Aurelia sonrió con condescendencia.

—A veces los malentendidos dejan consecuencias —replicó—. Y hay que anticiparse a ellas.

Killian apoyó el codo en el brazo del sillón.

—¿A qué viniste, madre?

Aurelia no pareció sorprendida por el tono. Sacó un sobre del bolso y lo dejó sobre la mesa baja.

—A revisar un detalle del acuerdo matrimonial.

Borgia sintió el golpe interno.
No de miedo.
De reconocimiento.
Aquí es, pensó.
Esto sí estaba en el guión.
Aurelia continuó:

—Cuando se firmó, se establecieron cláusulas de protección patrimonial. En caso de… incapacitación prolongada, ciertas decisiones recaen en la familia Mercerheart.

Killian se tensó apenas.

—Borgia no está incapacitada.

—No hablo del presente —respondió Aurelia—. Hablo de prevención.

Borgia sintió algo frío recorrerle la espalda.
Esta parte…esta parte sí llevaba al encierro.
Miró a Killian. Él ya no estaba escuchando a su madre como antes. Estaba evaluando.

—¿Y por qué esto ahora? —preguntó él.

Aurelia cruzó las manos.

—Porque la exposición ha aumentado. La prensa. Los socios. Y porque hay… terceros interesados.

El silencio cayó pesado.
Killian entendió antes que Borgia.

—Morel —dijo.

Aurelia no lo negó.

—Ese hombre no es inocente —continuó—. Y no es prudente que tu esposa esté en el centro de su atención.

Borgia se incorporó ligeramente.

—No necesito protección —dijo—. Y no soy una pieza que se mueve en función de amenazas externas.

Aurelia la miró con frialdad.

—Eres la esposa de mi hijo.

—Exacto —intervino Killian—. Mi esposa.

Aurelia apretó los labios.

—Killian, esto no es personal.

Killian se inclinó hacia adelante.

—Lo es —respondió—. Porque estás sugiriendo escenarios que no existen para tomar decisiones que no te corresponden.




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