La noche avanzó con una quietud engañosa.
Borgia estaba despierta, apoyada de lado, observando a Killian mientras él revisaba unos documentos en la tablet. No trabajaba realmente.
Ella lo notaba. Leía lo mismo dos veces. Pasaba páginas sin concentrarse. Era la primera vez que lo veía así: presente en cuerpo, ausente en mente.
Antes, cuando trabajaba, nada lo distraía.
Ni ella.
Ahora sí.
—Vas a quemar la pantalla si sigues mirándola así —dijo Borgia, rompiendo el silencio.
Killian levantó la vista. Sus ojos grises no estaban fríos. Estaban… tensos.
—No estoy leyendo —admitió.
—Ya lo sé.
Él dejó la tablet a un lado, como si se rindiera ante la evidencia. Se pasó una mano por el cabello, gesto poco habitual en él, más cercano a la frustración que al cansancio.
—Mi madre no se detendrá —dijo—. Y Daphne tampoco.
Borgia se incorporó un poco, apoyándose en el codo.
—No me asustan —respondió—. Lo que me asusta es repetir lo mismo.
Killian la miró con atención.
—¿Lo mismo que qué?
Borgia dudó un instante. No podía decirlo como lo pensaba. No podía hablar del guion, del final, de la crueldad escrita. Tenía que traducirlo a algo que él pudiera entender.
—Lo mismo de siempre —dijo—. Callarme. Esperar. Aguantar.
Killian apretó la mandíbula.
—Eso no va a volver a pasar.
—No lo sabes —respondió ella con honestidad—. Estás cambiando… pero aún no sabes hasta dónde.
La frase quedó flotando entre ambos.
Killian se acercó a la cama y se sentó frente a ella. No la tocó. La miró como si estuviera tratando de leer algo que no aparecía en ningún informe.
—Dime algo, Borgia —dijo—. Si mañana todo esto se vuelve incómodo… si se vuelve difícil… ¿te irías?
La pregunta era peligrosa.
No por lo que decía.
Por lo que revelaba.
Borgia lo sostuvo con la mirada.
—Antes, sí —respondió—. Ahora… no lo sé.
Killian exhaló despacio.
—Eso no me tranquiliza.
—No debería —replicó ella—. El amor no tranquiliza. Te obliga a reaccionar.
Killian se quedó en silencio.
Amor.
Ella no lo había dicho.
Pero lo había rozado.
Él se levantó y caminó hacia la ventana. Miró la ciudad iluminada, ese territorio que siempre había controlado con precisión quirúrgica.
—He pasado años pensando que el poder era no necesitar —dijo—. No depender. No dudar.
Se giró hacia ella.
—Y ahora dudo todo el tiempo.
Borgia sintió un nudo en el pecho.
—Eso no te debilita —dijo—. Te vuelve humano.
Killian regresó a la cama. Esta vez sí la tocó. Le tomó la mano con firmeza, como si necesitara anclarse.
—No quiero perderte —dijo, sin rodeos.
El corazón de Borgia dio un salto.
—No me pierdas entonces —respondió—. Elígeme incluso cuando sea más fácil no hacerlo.
Killian la miró largo rato.
—Eso va a tener un precio.
—Siempre lo tiene —susurró ella—. Solo que antes lo pagaba yo sola.
Killian inclinó la cabeza y apoyó la frente contra la de ella.
—No otra vez —dijo—. No contigo.
La besó.
No fue un beso urgente. Fue un beso profundo, lento, como si estuviera sellando algo que todavía no se atrevía a nombrar. Borgia sintió ese beso en todo el cuerpo, no como deseo puro, sino como promesa implícita.
Cuando se separaron, Killian apoyó la mano en su mejilla.
—Si Daphne vuelve a intentar algo… —empezó.
—No quiero que reacciones por celos —lo interrumpió ella—. Quiero que reacciones porque sabes dónde estás.
Killian asintió.
—Eso es exactamente lo que no sé todavía —admitió—. Pero estoy llegando.
Borgia cerró los ojos un segundo.
Está llegando, pensó.
Y cada paso que da… rompe una línea más del final que escribí.
Se acomodaron para dormir. Killian la atrajo contra su pecho sin pedir permiso. No fue posesión. Fue necesidad silenciosa. Su respiración se estabilizó primero que la de ella.
Borgia permaneció despierta un rato más, escuchando su corazón.
Y entonces lo entendió con claridad brutal:
El final que había escrito no se sostenía sin un Killian ausente.
Y ese Killian… ya no existía.
No aún completamente.
Pero estaba desapareciendo.
Y cuando lo hiciera del todo, no habría mansión vacía.
No habría silla de ruedas.
No habría abandono.
Solo quedaría una última prueba: