Borgia
La invitación llegó por la mañana, como llegan las trampas elegantes: envueltas en papel grueso, letra fina y una cortesía que no pide permiso.
Gala Benéfica Mercerheart Foundation.
Prensa. Donantes. Socios. Fotografías. Sonrisas medidas.
Borgia sostuvo la tarjeta unos segundos más de lo normal. No porque la gala le intimidara, sino por lo que su memoria le susurró sin palabras:
En eventos así siempre pasa algo.
En eventos así te rompen sin tocarte.
Antes, ella se habría preparado con miedo. Se habría preguntado qué vestirse para no molestar, qué decir para no equivocarse, qué hacer para no ser “demasiado” ni “insuficiente”.
Ahora… no.
Aun así, el cuerpo recordaba. Y ese recuerdo era una sombra que se pegaba a la piel incluso cuando la mente insistía en cambiar.
Cuando Killian entró a la habitación, ya estaba vestido para salir: traje oscuro, reloj ajustado, mirada gris en modo empresa.
La miró al espejo, a ella y a la tarjeta en su mano.
—Vamos —dijo.
Borgia alzó la vista.
—¿Tan seguro?
Killian se acercó, tomó la invitación y la leyó con rapidez.
—Más que nunca.
—No suena a “deber” —observó ella.
Killian la miró como si esa palabra lo irritara.
—No lo es.
Borgia sintió el golpe cálido en el pecho.
—¿Entonces?
Killian tardó un segundo. Como si la respuesta fuera demasiado íntima para decirla en voz alta.
—Porque esta vez no voy a dejar que te usen —respondió al fin—. Ni mi madre. Ni Daphne. Ni nadie.
Borgia tragó saliva.
No dijo yo te amo.
Pero dijo algo que, en la vida de Borgia, había faltado siempre: yo me quedo contigo donde duele.
—Está bien —susurró ella.
Killian la observó, y su mirada bajó un instante a su boca.
—Vístete —dijo, más bajo—. Quiero verte ahí.
Borgia sintió el calor subirle al rostro.
—¿Quieres verme… o quieres exhibirme?
Killian se acercó, tomó su barbilla con suavidad y la obligó a mirarlo.
—Quiero que el mundo vea lo que yo… —se detuvo, apretó la mandíbula— …lo que yo ignoré demasiado tiempo.
La soltó, como si esa frase le quemara la lengua.
Borgia se quedó quieta, con el corazón acelerado.
La gala no iba a romperla esa noche.
Lo supo en el instante en que Killian decidió que irían juntos como algo más que fachada.
Horas después, Borgia entró al salón del hotel con un vestido rojo profundo, sin exageración pero imposible de ignorar. Su cabello caía como fuego controlado. Su piel, luminosa. Su postura, firme.
Killian la tomó de la mano apenas cruzaron la entrada.
Y entonces lo sintió: las miradas.
Las de siempre. Las que antes juzgaban.
Pero también otras nuevas: curiosas, sorprendidas, casi incómodas… porque el hombre más frío de ese mundo caminaba con su esposa como si fuera un hecho que nadie tenía derecho a cuestionar.
Borgia respiró hondo.
Así debía ser siempre.
Aurelia apareció pronto, impecable como un arma envuelta en seda.
—Qué… interesante —comentó al ver a Borgia—. Has elegido un color valiente.
Borgia sonrió con calma.
—No elegí para gustar. Elegí para estar.
Aurelia parpadeó, contenida.
Killian ni siquiera le dio tiempo de responder.
—Madre —dijo—. Sonríe para la prensa. Hoy no es el día para tus opiniones.
Aurelia se quedó rígida.
Y Borgia sintió algo dentro de sí levantarse, no como triunfo, sino como incredulidad.
Otra escena que no ocurre como debía.
En su memoria, Aurelia habría ganado el primer round.
Hoy… Killian le estaba cerrando la boca en público.
La música siguió. Las copas tintinearon.
Borgia empezaba a relajarse cuando lo vio.
Al otro lado del salón, conversando con un grupo de donantes como si siempre hubiera pertenecido allí, apareció Dario Morel.
Alto. Seguro. Sonrisa fácil. Mirada oscura que parecía saber demasiado.
Borgia sintió un frío breve.
No deseo.
No culpa.
Solo la conciencia de que Dario era una posibilidad que, por más que ella no quisiera, seguía existiendo en el mundo.
Y Dario… la vio.
Sonrió.
No con descaro. Con certeza. Como si el tiempo no hubiera borrado nada.
Dario empezó a acercarse.
Borgia sintió que la mano de Killian en la suya se tensó.