¿soy Borgia?

Capítulo 26 —CUANDO EL PODER CAMBIA DE MANOS

La invitación no venía firmada.

Solo un mensaje breve, enviado al móvil de Killian a media mañana:

Reunión familiar urgente. Casa Mercerheart. Sin tu esposa.”

Killian lo leyó dos veces.

La última línea fue la que le tensó la mandíbula.

—¿Pasa algo? —preguntó Borgia desde el sillón, con un libro abierto que no estaba leyendo.

Killian levantó la vista.

—Nada —respondió—. O eso creen.

Ella no insistió.

Y ese silencio confiado fue lo que terminó de decidirlo.

—Voy a ir a casa de mamá —añadió—. Pero no solo.

Borgia cerró el libro.

—Supongo no quieren que vaya.

Killian se acercó, apoyó una mano en el respaldo del sillón y la miró con firmeza.

—Precisamente por eso.

*****

La casa Mercerheart estaba igual que siempre: perfecta, fría, diseñada para imponer. Aurelia los esperaba en el salón principal, sentada como una reina que no acepta sorpresas. A su lado, Leonie revisaba el móvil con aburrimiento calculado. Daphne estaba de pie junto a la ventana, impecable, demasiado cómoda.

La escena era tan familiar que dolía.

—Killian —saludó Aurelia—. No esperaba verla a ella.

—Empieza mal entonces —respondió él—. Porque no pienso moverla de mi lado.

Leonie levantó la vista, divertida.

—¿Desde cuándo Borgia necesita escolta?

Borgia no reaccionó.

Killian sí.

—Desde que ustedes confunden familia con permiso para humillar.

El silencio cayó pesado.

Aurelia cruzó las manos.

—Esto no es un ataque —dijo—. Es una conversación necesaria.

—Perfecto —respondió Killian—. Hablen.

Daphne fue la primera en hacerlo.

—Killian, esto se está saliendo de control —dijo con suavidad—. La prensa empieza a hacer preguntas. Tus decisiones recientes no son… estratégicas.

—Mis decisiones no te competen.

—Me competen cuando afectan tu posición —replicó ella—. Y cuando tu esposa se convierte en un punto débil.

Borgia sintió el golpe.

No por la frase.

Porque esa frase estaba escrita.

Era exactamente así como la había condenado en su historia.

Killian se quedó inmóvil.

—Explícate —dijo, peligrosamente calmo.

Leonie sonrió, apoyándose en el respaldo del sillón.

—Vamos, hermano. No exageres. Todos sabemos que Borgia nunca fue… adecuada para este mundo.

Aurelia asintió, aprobando.

—No es crueldad —añadió—. Es realismo. Tu matrimonio fue una solución conveniente. Pero ahora hay opciones mejores.

Daphne dio un paso adelante.

—Yo siempre he estado aquí —dijo—. Para ayudarte. Para acompañarte. Para no exponerte.

Borgia sintió el viejo reflejo: bajar la mirada, desaparecer, hacerse pequeña.

Pero no lo hizo.
Y Killian… lo vio.
Vio cómo se mantenía erguida.
Vio cómo no pedía.
Vio cómo esperaba que él hiciera algo.
Y entonces ocurrió el detonante.

Aurelia sacó un documento del portafolio.

—Si insistes en este camino —dijo—, activaremos la cláusula de protección. Médica, patrimonial. No es un castigo. Es una forma de evitar un escándalo futuro.

Leonie añadió, sin levantar la vista del móvil:

—Nadie tiene que saber que fue por… inestabilidad.

El mundo se detuvo.
Eso.
Eso era el final que ella había escrito.
Eso era el encierro.
Eso era la silla de ruedas, la mansión apartada, el silencio.

Killian sintió algo romperse.
No lentamente.
Violentamente.

—Basta —dijo.

Killian no levantó la voz.

No lo necesitaba.

Ese era el verdadero problema para quienes estaban frente a él: cuando Killian Mercerheart hablaba con calma, significaba que ya había tomado una decisión irreversible.

No había rabia visible en su rostro. Solo una frialdad nueva, afilada, definitiva.

—Voy a ser muy claro —dijo—, porque esta conversación no se va a repetir.

Aurelia arqueó una ceja.

—Últimamente estas tan ramático, hijo.

Killian giró apenas el rostro hacia ella.

—Dramático es conspirar durante años contra la mujer de tu hijo creyendo que nunca habría consecuencias.

Leonie soltó una risa corta.




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