La noche no tenía prisa. La habitación reposaba en esa calma que no pesa, sino que sostiene. Borgia permanecía junto a la ventana, pero ya no miraba hacia el exterior. No esperaba nada, no temía nada. Por primera vez, simplemente existía dentro de su propia historia sin la urgencia de querer cambiarla.
—Ven —dijo Killian.
Su voz no fue una orden; fue una necesidad.
Borgia giró y caminó hacia él sin dudar. Killian la esperaba de pie y, cuando estuvo a su altura, guardó silencio un momento. Solo la miró de forma prolongada, como si necesitara asegurarse de que ese instante era real y no otra de las cosas que había dejado pasar durante años.
—He sido un idiota —soltó al fin, sin rodeos. Borgia no respondió, limitándose a observarlo—. Te tuve todo este tiempo y elegí no verte. Me acostumbré a lo fácil, a lo que no me exigía nada, a lo que no me obligaba a sentir. Y tú… siempre estuviste ahí.
Se acercó un paso más.
—No sé en qué momento cambió —admitió—. Solo sé que ahora no hay nada más claro.
Sus ojos grises se clavaron en los de ella.
—Te amo, Borgia.
El mundo no se detuvo; se alineó. Borgia sintió cómo el miedo, el vacío y la espera se disolvían en ese instante. No solo porque él lo dijera, sino porque lo decía siendo plenamente consciente.
—No es impulso —añadió él—. No es culpa, ni costumbre. Es una elección. Es… lo único que no quiero perder.
Borgia sonrió. En su gesto no había tristeza, duda ni la constante vigilancia del futuro, solo felicidad plena.
—Te tardaste —susurró.
Killian dejó escapar una exhalación breve, casi una risa.
—Lo sé.
Borgia alzó la mano y rozó su rostro con ternura.
—Pero llegaste.
El silencio se volvió cálido. Killian apoyó su frente contra la de ella.
—Dime que no es tarde.
Borgia cerró los ojos un segundo. Al abrirlos, lo miró con una suavidad transparente.
—No lo es —se inclinó apenas hacia él—. Te amo, Killian.
Esta vez fue él quien se quedó inmóvil. No lo esperaba, no así, tan directo. La besó sin urgencia ni desesperación; la besó como si estuviera confirmando una verdad innegable. Borgia respondió al contacto, sintiendo que su cuerpo y su corazón finalmente avanzaban en la misma dirección.
Cuando se separaron, Killian la mantuvo abrazada.
—Quédate —murmuró.
Borgia sintió un tirón inevitable en el pecho.
—Estoy aquí —respondió. Y era cierto.
Esa noche no estuvo marcada por la intensidad ni la lucha, sino por la calma. Se acostaron juntos, pero esta vez los unía una certeza compartida. Killian la rodeó con el brazo, pegándola a su pecho, mientras sus dedos se enredaban en el cabello rojo que se desplegaba sobre la almohada como una llama tranquila.
—No te vayas —murmuró él, medio dormido.
—No quiero hacerlo —apoyó la cabeza contra su pecho, pronunciando la verdad más peligrosa de todas.
El sueño llegó sin esfuerzo, sin miedo y sin la expectativa del golpe. Borgia cerró los ojos sonriendo levemente, sostenida por algo que jamás había experimentado en esa historia: plenitud.
Así debía terminar, pensó. Así debí escribirlo.
Por primera vez no quiso cambiar nada y simplemente se dejó llevar.
Silencio.
Luego… un sonido. Un pitido suave y constante.
No era la respiración de Killian. Tampoco el ambiente de la mansión.
Borgia frunció el ceño y abrió los ojos. La luz era demasiado blanca, el techo era distinto y el aire olía diferente. Entonces lo vio: sentado a su lado, inclinado hacia ella y con el rostro más humano, cansado y real de lo que recordaba.
Adrien Hale.
Sus dedos rodeaban la mano de ella con delicadeza, como si temiera que se desvaneciera.
—…Liora —dijo en voz baja—. ¿Puedes oírme?
El nombre cayó como un eco helado. No era Borgia. Era Liora.
Adrien le apretó la mano ligeramente.
—Pensé que no ibas a despertar —añadió.
Liora lo miró. El mundo real no se sentía vacío, pero dolía. Dolía porque acababa de dejar atrás algo hermoso; y esta vez, no había sido un castigo... había sido un final feliz.