¿soy Borgia?

Capítulo 28—LO QUE DUELE CUANDO ERA REAL

El pitido del monitor cardíaco era constante, rítmico y molesto.

​Liora parpadeó lentamente, sintiendo el cuerpo pesado, ajeno a sí misma. El techo blanco y desinfectado de la habitación no le decía nada… hasta que el recuerdo la atravesó con la violencia de una sacudida: el cruce de la calle, la distracción de un segundo, una luz cegadora y el impacto. El golpe seco y sordo del metal contra su cuerpo.

​Su respiración se cortó al instante, y de inmediato, el eco de otro mundo regresó para ahogarla: Killian. Te amo, Borgia.

​Cerró los ojos con fuerza, intentando retener el fantasma de ese calor.

​—…Liora.

​Al abrirlos, se encontró con Adrien Hale. Estaba inclinado hacia ella, con una tensión en los hombros y el rostro que no encajaba en absoluto con el hombre sobrio que conocía.

​—¿Qué… haces aquí? —preguntó ella, con la voz débil y rasposa.

​Adrien no apartó la mirada en ningún momento.

​—Te atropellaron —dijo, directo, sin suavizar la realidad—. Fue un auto. El conductor frenó, pero no lo suficiente.

​Liora sintió el eco físico del golpe recorriéndole los huesos.

​—Yo…

​—Salí de la reunión en cuanto me llamaron —continuó él—. No lo dudé.

​Ese detalle la hizo observarlo con detenimiento. Adrien tragó saliva de forma apenas perceptible, rompiendo por un segundo su coraza habitual.

​—No debí dejar que te fueras así —añadió en tono bajo—. Estabas alterada. No estabas… atenta.

​Ahí estaba: la culpa. No la verbalizaba del todo, pero estaba viva, palpitando entre los dos. Liora bajó la mirada hacia las sábanas.

​—No fue tu culpa.

​Adrien guardó silencio. Una parte de él, evidentemente, no estaba de acuerdo con esa afirmación.

​—El manuscrito… —dijo él para cambiar el foco de la conversación—, el que llevabas contigo.

​Liora alzó la vista de inmediato, alarmada.

​—¿Se perdió?

​—Una parte —respondió él—. El impacto destruyó el teléfono, pero mandé a recuperar todo lo que se pueda del disco.

​Liora lo observó unos segundos y luego negó suavemente con la cabeza.

​—No importa.

​Adrien frunció el ceño.

​—Sí importa.

​—No como crees —Liora cerró los ojos un instante y respiró hondo—. Lo voy a escribir de nuevo.

​—¿Desde cero? —preguntó él, estudiándola con atención.

​—No —susurró ella—. Desde lo que recuerdo.

​Y eso era todo. Porque lo que recordaba no estaba en ningún archivo digital ni en ninguna libreta. Vivía dentro de ella.

​Los días en el hospital se volvieron lentos y monótonos, pero había una sola constante: Adrien. Siempre él. No faltaba a las visitas, no ponía excusas y no delegaba en nadie más el estar pendiente de su evolución. Liora terminó por abordarlo al tercer día.

​—¿Por qué sigues viniendo? —preguntó una tarde, mientras la luz del sol se ponía tras la ventana.

​Adrien no pareció sorprenderse por la pregunta.

​—Porque debo hacerlo.

​—No debes —replicó ella suavemente.

​Él la miró fijamente.

​—Sí debo —se hizo un silencio denso entre ambos antes de que él añadiera—: Te vi después del impacto. No estabas consciente, no reaccionabas… —su voz bajó apenas de volumen—. No me gusta dejar las cosas así.

​Liora sintió un vuelco en el pecho. No era la misma devoción desbordante de su ficción, pero tampoco era indiferencia. Era algo real.

​Pocos días después, su móvil nuevo descansaba sobre la mesa de noche. Cuando lo encendió, descubrió un único contacto guardado. Cuando Adrien llegó esa tarde, ella fue directa:

​—Guardaste tu número.

​Adrien dejó las llaves sobre la mesa con gesto cotidiano.

​—El tuyo se destruyó en el accidente. Pensé que lo necesitarías.

​—No tenías que hacerlo.

​—Lo hice —se limitó a responder, dejándola sin argumentos.

​Cuando se quedaba sola, Liora escribía. No desde la lógica ni la métrica narrativa, sino desde la herida abierta. Cada escena con Killian volvía a su mente con una nitidez dolorosa: sus manos, su voz, la forma absoluta en que la había elegido sobre todo lo demás. Las lágrimas caían en silencio sobre las páginas del cuaderno.

​—No debí salir… —susurró una noche a la soledad de la habitación—. Debí quedarme contigo.

​Pero la realidad no funcionaba con los deseos de la mente.

​Una tarde, Adrien la encontró con el cuaderno abierto y las plumas sobre la cama. No intentó leer ni preguntó por el argumento.

​—Eso te está haciendo daño —dijo, observando sus ojos rojos.

​—No —negó ella de inmediato.

​—Estás llorando.




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