El pitido del monitor cardíaco era constante, rítmico y molesto.
Liora parpadeó lentamente, sintiendo el cuerpo pesado, ajeno a sí misma. El techo blanco y desinfectado de la habitación no le decía nada… hasta que el recuerdo la atravesó con la violencia de una sacudida: el cruce de la calle, la distracción de un segundo, una luz cegadora y el impacto. El golpe seco y sordo del metal contra su cuerpo.
Su respiración se cortó al instante, y de inmediato, el eco de otro mundo regresó para ahogarla: Killian. Te amo, Borgia.
Cerró los ojos con fuerza, intentando retener el fantasma de ese calor.
—…Liora.
Al abrirlos, se encontró con Adrien Hale. Estaba inclinado hacia ella, con una tensión en los hombros y el rostro que no encajaba en absoluto con el hombre sobrio que conocía.
—¿Qué… haces aquí? —preguntó ella, con la voz débil y rasposa.
Adrien no apartó la mirada en ningún momento.
—Te atropellaron —dijo, directo, sin suavizar la realidad—. Fue un auto. El conductor frenó, pero no lo suficiente.
Liora sintió el eco físico del golpe recorriéndole los huesos.
—Yo…
—Salí de la reunión en cuanto me llamaron —continuó él—. No lo dudé.
Ese detalle la hizo observarlo con detenimiento. Adrien tragó saliva de forma apenas perceptible, rompiendo por un segundo su coraza habitual.
—No debí dejar que te fueras así —añadió en tono bajo—. Estabas alterada. No estabas… atenta.
Ahí estaba: la culpa. No la verbalizaba del todo, pero estaba viva, palpitando entre los dos. Liora bajó la mirada hacia las sábanas.
—No fue tu culpa.
Adrien guardó silencio. Una parte de él, evidentemente, no estaba de acuerdo con esa afirmación.
—El manuscrito… —dijo él para cambiar el foco de la conversación—, el que llevabas contigo.
Liora alzó la vista de inmediato, alarmada.
—¿Se perdió?
—Una parte —respondió él—. El impacto destruyó el teléfono, pero mandé a recuperar todo lo que se pueda del disco.
Liora lo observó unos segundos y luego negó suavemente con la cabeza.
—No importa.
Adrien frunció el ceño.
—Sí importa.
—No como crees —Liora cerró los ojos un instante y respiró hondo—. Lo voy a escribir de nuevo.
—¿Desde cero? —preguntó él, estudiándola con atención.
—No —susurró ella—. Desde lo que recuerdo.
Y eso era todo. Porque lo que recordaba no estaba en ningún archivo digital ni en ninguna libreta. Vivía dentro de ella.
Los días en el hospital se volvieron lentos y monótonos, pero había una sola constante: Adrien. Siempre él. No faltaba a las visitas, no ponía excusas y no delegaba en nadie más el estar pendiente de su evolución. Liora terminó por abordarlo al tercer día.
—¿Por qué sigues viniendo? —preguntó una tarde, mientras la luz del sol se ponía tras la ventana.
Adrien no pareció sorprenderse por la pregunta.
—Porque debo hacerlo.
—No debes —replicó ella suavemente.
Él la miró fijamente.
—Sí debo —se hizo un silencio denso entre ambos antes de que él añadiera—: Te vi después del impacto. No estabas consciente, no reaccionabas… —su voz bajó apenas de volumen—. No me gusta dejar las cosas así.
Liora sintió un vuelco en el pecho. No era la misma devoción desbordante de su ficción, pero tampoco era indiferencia. Era algo real.
Pocos días después, su móvil nuevo descansaba sobre la mesa de noche. Cuando lo encendió, descubrió un único contacto guardado. Cuando Adrien llegó esa tarde, ella fue directa:
—Guardaste tu número.
Adrien dejó las llaves sobre la mesa con gesto cotidiano.
—El tuyo se destruyó en el accidente. Pensé que lo necesitarías.
—No tenías que hacerlo.
—Lo hice —se limitó a responder, dejándola sin argumentos.
Cuando se quedaba sola, Liora escribía. No desde la lógica ni la métrica narrativa, sino desde la herida abierta. Cada escena con Killian volvía a su mente con una nitidez dolorosa: sus manos, su voz, la forma absoluta en que la había elegido sobre todo lo demás. Las lágrimas caían en silencio sobre las páginas del cuaderno.
—No debí salir… —susurró una noche a la soledad de la habitación—. Debí quedarme contigo.
Pero la realidad no funcionaba con los deseos de la mente.
Una tarde, Adrien la encontró con el cuaderno abierto y las plumas sobre la cama. No intentó leer ni preguntó por el argumento.
—Eso te está haciendo daño —dijo, observando sus ojos rojos.
—No —negó ella de inmediato.
—Estás llorando.