¿soy Borgia?

Capítulo 29 —APRENDER A DESPEDIRSE

La lluvia golpeaba los ventanales del hospital con una constancia casi hipnótica, creando un rumor melancólico en toda la habitación. Liora llevaba tres días escribiendo sin parar. No se trataba de un borrador preliminar ni de una novela más para entregar a la editorial: era una despedida.

​Cada página devolvía a la vida una parte de Killian: la primera vez que la sostuvo sin darse cuenta, los celos silenciosos, la forma en que había aprendido a dormir abrazándola, la autoridad con la que la defendió frente a Aurelia, Leonie y Daphne... y, finalmente, aquellas dos palabras que habían cambiado el destino de ambos: «Te amo».

​Liora dejó el bolígrafo sobre la cubierta del cuaderno. Las lágrimas cayeron en silencio sobre la tinta fresca, manchando apenas los bordes de la hoja.

​—Ya terminé... —susurró para la soledad del cuarto. No sabía si hablaba del manuscrito... o de él.

​Unos golpes suaves sonaron en la puerta. Liora no respondió, pero la puerta se abrió de todas formas. Adrien entró sosteniendo dos vasos de café en la mano.

​—La enfermera dijo que hoy ya podías tomar uno —comentó con voz tranquila.

​Liora levantó la vista y forzó un gesto amable.

​—Gracias.

​Adrien dejó un vaso sobre la mesita de noche. No se sentó enseguida; sus ojos fueron directamente hacia el cuaderno abierto sobre la cama. No leyó una sola palabra, pero observó detenidamente las hojas repletas con una letra apresurada e irregular, algunas manchadas por gotas de agua... o de lágrimas.

​—Has avanzado mucho —observó él.

​Liora sonrió sin alegría.

​—Tenía que hacerlo antes de olvidar.

​Adrien frunció el ceño de inmediato.

​—¿Olvidar qué?

​Ella acarició la portada del cuaderno con la yema de los dedos.

​—A alguien.

​Adrien sintió un peso extraño e inexplicable en el pecho. No preguntó quién; algo en su intuición le decía que era mejor no traspasar esa frontera. Se sentó finalmente en la silla junto a la cama y, durante varios minutos, ninguno de los dos habló. Era un silencio denso, cargado de cosas no dichas, pero no resultaba desagradable.

​—El médico dice que quizá te den el alta en dos días —comentó Adrien para romper el hielo.

​Liora asintió.

​—Ya quiero salir.

​—¿Volverás a escribir de inmediato?

​Ella soltó una risa muy baja, casi inaudible.

​—Nunca dejé de escribir.

​Adrien bajó la mirada hacia el cuaderno una vez más.

​—Lo imaginé.

​Aquella tarde, cuando Adrien salió unos minutos al pasillo para responder una llamada de trabajo, Liora abrió la última página en blanco del cuaderno. La punta del bolígrafo tembló sobre el papel antes de trazar las primeras palabras:

Querido Killian:

Nunca sabrás que existí antes de convertirme en Borgia. Nunca sabrás que fui yo quien escribió el dolor que viviste... y tampoco sabrás que me enseñaste cómo debía terminar una historia de amor.

Perdóname por todo lo que te hice vivir. Gracias por amarme cuando dejé de ser la escritora y me convertí en tu esposa. Espero que, en algún rincón de ese mundo, tú y Borgia sigan despertando juntos.

Sean felices.

​Cerró el cuaderno con delicadeza. Esta vez rompió a llorar sin contenerse, dejando que el nudo en su garganta se desatara por completo. No era el llanto de una mujer derrotada; era el llanto amargo y sanador de alguien que acababa de despedirse del amor de su vida.

​Cuando Adrien regresó unos minutos después, encontró el cuaderno cerrado sobre la regazo de ella y a Liora intentando secarse apresuradamente los ojos antes de que la viera. Llegó demasiado tarde.

​—¿Lloraste? —preguntó deteniéndose a mitad de la habitación.

​Ella sonrió con torpeza.

​—Un poco.

​Adrien tomó una caja de pañuelos de la mesa y la dejó a su lado. Tampoco esta vez preguntó los motivos. Solo dijo con suavidad:

​—A veces hace falta.

​Liora levantó lentamente la vista para mirarlo. Inevitablemente, la mente le jugó una mala pasada: Killian habría hecho exactamente lo contrario. Él habría rodeado su cintura, la habría abrazado contra su pecho y le habría apartado el cabello del rostro con ternura. La comparación surgió de la nada, y el contraste le dolió en lo más profundo.

​Adrien notó de inmediato que ella volvía a perderse en algún lugar distante, un territorio inaccesible donde él no podía seguirla.

​—Liora...

​Ella reaccionó, parpadeando para regresar al presente.

​—Perdón.

​—No tienes que disculparte tanto.

​Esa sola frase la hizo detenerse en seco. Killian le había dicho algo casi idéntico en el pasado: «No vuelvas a disculparte por existir». El pecho volvió a cerrársele por la presión.




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