Adrien Hale nunca recordaba sus sueños. Dormía poco, trabajaba demasiado y su cabeza era una sucesión constante de contratos, reuniones, llamadas y manuscritos por revisar. Siempre había pensado que dormir era solo una pausa biológica necesaria para volver a producir.
Hasta el accidente de Liora.
La primera noche creyó que se trataba de una consecuencia inevitable del estrés. Se vio a sí mismo caminando por los interminables pasillos de una mansión de mármol negro y cristal, vistiendo un traje oscuro perfectamente cortado. Los empleados inclinaban la cabeza a su paso con un respeto absoluto y temeroso. No necesitó mucho tiempo para reconocer el lugar: era la mansión Mercerheart, la misma que había imaginado cientos de veces mientras leía el manuscrito de Liora.
Y entonces apareció ella.
Tenía el cabello rojo como el fuego, un vestido color vino y la misma mirada dulce y melancólica de Liora. El mismo rostro, las mismas facciones... solo cambiaba el tono de su melena.
—Killian... —susurró ella.
Adrien despertó sobresaltado, con el corazón golpeándole con violencia el pecho. Sabía perfectamente quién era Killian Mercerheart y quién era Borgia Valeness; él mismo había aprobado el contrato para publicar aquella novela y había leído los primeros capítulos antes de entregarlos al departamento editorial. No era posible que estuviera soñando exactamente con esos personajes, y mucho menos... que él fuera Killian.
Pensó que se trataba de una simple coincidencia. Pero la segunda noche el sueño continuó. Y la tercera. Y la cuarta.
No eran escenas inconexas; era la continuación fluida de una misma vida. Veía a Aurelia despreciando a Borgia en el gran salón, escuchaba a Leonie burlarse de ella y observaba a Daphne acercarse a él con una confianza calculada que le producía un rechazo visceral. Cada mañana despertaba con la misma sensación insoportable: una culpa viva y punzante que no le pertenecía, como si realmente hubiera sido él quien había ignorado a esa mujer durante años.
Las noches siguieron avanzando y los sueños también. Veía a Borgia reír, llorar, dormir abrazada a él, discutir y besarlo. Cada escena era tan vívida que, al abrir los ojos, necesitaba varios minutos para recordar que seguía siendo Adrien Hale y no Killian Mercerheart.
Lo más inquietante era la certeza de que Borgia tenía exactamente el rostro de Liora. No era un parecido vago; era ella, solo que vistiendo el largo cabello rojo que describía el texto. Más de una vez tomó la novela en su oficina para comprobar la portada y convencerse de que todo era producto del cansancio. Pero cuanto más la releía, más exactos y detallados se volvían los sueños.
La noche anterior al despertar de Liora fue distinta, muchísimo más intensa. Se había quedado dormido en el incómodo sofá de la habitación del hospital y no recordaba en qué momento exacto cerró los ojos. Solo recordaba la nitidez del sueño.
Estaba nuevamente en la habitación principal de la mansión. Borgia estaba frente a él y no había dudas: era Liora, con el cabello rojo flotando a su alrededor y esa mirada que él ya conocía demasiado bien. Podía sentir el calor de sus manos entre las suyas, escuchar el ritmo de su respiración y percibir la fragancia dulce de su piel.
Entonces escuchó su propia voz. No era Adrien quien hablaba, era Killian:
—Te amo, Borgia.
Ella sonrió. Una sonrisa tan llena de paz que a él se le formó un nudo en la garganta.
—Yo también te amo, Killian.
La abrazó con todas sus fuerzas mientras un miedo repentino e inexplicable lo atravesaba por dentro, como si supiera que estaba a punto de perderla para siempre.
—No me dejes... —le rogó con voz quebrada.
Ella acarició lentamente su rostro.
—Siempre voy a amarte.
Después, ambos se acostaron en la penumbra. Ella apoyó la cabeza sobre su pecho y él enredó los dedos en aquel cabello rojo. Por primera vez desde que comenzaron aquellas visiones nocturnas, sintió una felicidad absoluta... e inmediatamente después, un miedo insoportable porque intuía que ese momento estaba llegando a su fin.
Despertó de golpe.
Abrió los ojos en la penumbra del hospital. Durante unos segundos no supo dónde se encontraba; respiraba con dificultad y notó que tenía las mejillas húmedas. Se llevó una mano al pecho, sintiendo aún el peso de Borgia abrazándolo, el eco de su voz y el calor de sus labios.
Giró lentamente la cabeza hacia la cama. Liora seguía dormida en la penumbra. La observó durante un largo rato: era el mismo rostro, solo le faltaba el cabello rojo.
—¿Qué me está pasando...? —susurró para sí mismo, pasándose una mano por la cara.
En ese instante sonó su teléfono móvil en modo vibración. Contestó sin apartar la mirada de ella. Era la enfermera del turno nocturno, informándole sobre los últimos monitoreos y diciéndole que la paciente estaba mostrando señales de reaccionar.
Adrien apenas escuchó el resto de las indicaciones médicas. Se puso de pie de inmediato, impulsado por una certeza imposible que acababa de echar raíces en su pecho: no estaba soñando con personajes de una novela. Estaba soñando con la mujer que descansaba frente a él... y cada noche, la amaba como Killian Mercerheart.