¿soy Borgia?

Capítulo 30 — LOS SUEÑOS QUE NO LE PERTENECÍAN

Adrien Hale nunca recordaba sus sueños. Dormía poco, trabajaba demasiado y su cabeza era una sucesión constante de contratos, reuniones, llamadas y manuscritos por revisar. Siempre había pensado que dormir era solo una pausa biológica necesaria para volver a producir.

​Hasta el accidente de Liora.

​La primera noche creyó que se trataba de una consecuencia inevitable del estrés. Se vio a sí mismo caminando por los interminables pasillos de una mansión de mármol negro y cristal, vistiendo un traje oscuro perfectamente cortado. Los empleados inclinaban la cabeza a su paso con un respeto absoluto y temeroso. No necesitó mucho tiempo para reconocer el lugar: era la mansión Mercerheart, la misma que había imaginado cientos de veces mientras leía el manuscrito de Liora.

​Y entonces apareció ella.

​Tenía el cabello rojo como el fuego, un vestido color vino y la misma mirada dulce y melancólica de Liora. El mismo rostro, las mismas facciones... solo cambiaba el tono de su melena.

​—Killian... —susurró ella.

​Adrien despertó sobresaltado, con el corazón golpeándole con violencia el pecho. Sabía perfectamente quién era Killian Mercerheart y quién era Borgia Valeness; él mismo había aprobado el contrato para publicar aquella novela y había leído los primeros capítulos antes de entregarlos al departamento editorial. No era posible que estuviera soñando exactamente con esos personajes, y mucho menos... que él fuera Killian.

​Pensó que se trataba de una simple coincidencia. Pero la segunda noche el sueño continuó. Y la tercera. Y la cuarta.

​No eran escenas inconexas; era la continuación fluida de una misma vida. Veía a Aurelia despreciando a Borgia en el gran salón, escuchaba a Leonie burlarse de ella y observaba a Daphne acercarse a él con una confianza calculada que le producía un rechazo visceral. Cada mañana despertaba con la misma sensación insoportable: una culpa viva y punzante que no le pertenecía, como si realmente hubiera sido él quien había ignorado a esa mujer durante años.

​Las noches siguieron avanzando y los sueños también. Veía a Borgia reír, llorar, dormir abrazada a él, discutir y besarlo. Cada escena era tan vívida que, al abrir los ojos, necesitaba varios minutos para recordar que seguía siendo Adrien Hale y no Killian Mercerheart.

​Lo más inquietante era la certeza de que Borgia tenía exactamente el rostro de Liora. No era un parecido vago; era ella, solo que vistiendo el largo cabello rojo que describía el texto. Más de una vez tomó la novela en su oficina para comprobar la portada y convencerse de que todo era producto del cansancio. Pero cuanto más la releía, más exactos y detallados se volvían los sueños.

​La noche anterior al despertar de Liora fue distinta, muchísimo más intensa. Se había quedado dormido en el incómodo sofá de la habitación del hospital y no recordaba en qué momento exacto cerró los ojos. Solo recordaba la nitidez del sueño.

​Estaba nuevamente en la habitación principal de la mansión. Borgia estaba frente a él y no había dudas: era Liora, con el cabello rojo flotando a su alrededor y esa mirada que él ya conocía demasiado bien. Podía sentir el calor de sus manos entre las suyas, escuchar el ritmo de su respiración y percibir la fragancia dulce de su piel.

​Entonces escuchó su propia voz. No era Adrien quien hablaba, era Killian:

​—Te amo, Borgia.

​Ella sonrió. Una sonrisa tan llena de paz que a él se le formó un nudo en la garganta.

​—Yo también te amo, Killian.

​La abrazó con todas sus fuerzas mientras un miedo repentino e inexplicable lo atravesaba por dentro, como si supiera que estaba a punto de perderla para siempre.

​—No me dejes... —le rogó con voz quebrada.

​Ella acarició lentamente su rostro.

​—Siempre voy a amarte.

​Después, ambos se acostaron en la penumbra. Ella apoyó la cabeza sobre su pecho y él enredó los dedos en aquel cabello rojo. Por primera vez desde que comenzaron aquellas visiones nocturnas, sintió una felicidad absoluta... e inmediatamente después, un miedo insoportable porque intuía que ese momento estaba llegando a su fin.

​Despertó de golpe.

​Abrió los ojos en la penumbra del hospital. Durante unos segundos no supo dónde se encontraba; respiraba con dificultad y notó que tenía las mejillas húmedas. Se llevó una mano al pecho, sintiendo aún el peso de Borgia abrazándolo, el eco de su voz y el calor de sus labios.

​Giró lentamente la cabeza hacia la cama. Liora seguía dormida en la penumbra. La observó durante un largo rato: era el mismo rostro, solo le faltaba el cabello rojo.

​—¿Qué me está pasando...? —susurró para sí mismo, pasándose una mano por la cara.

​En ese instante sonó su teléfono móvil en modo vibración. Contestó sin apartar la mirada de ella. Era la enfermera del turno nocturno, informándole sobre los últimos monitoreos y diciéndole que la paciente estaba mostrando señales de reaccionar.

​Adrien apenas escuchó el resto de las indicaciones médicas. Se puso de pie de inmediato, impulsado por una certeza imposible que acababa de echar raíces en su pecho: no estaba soñando con personajes de una novela. Estaba soñando con la mujer que descansaba frente a él... y cada noche, la amaba como Killian Mercerheart.




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