¿soy Borgia?

CAPÍTULO 31— LA DESPEDIDA DE LOS DOS MUNDOS

El alta médica llegó dos días después. Liora observó la hoja impresas durante varios segundos, pensando en lo extraño que resultaba que un simple papel pudiera significar tantas cosas. Para el personal del hospital, era la confirmación de que estaba lo suficientemente recuperada para volver a casa; para ella, significaba abandonar el único refugio donde había sentido que todavía permanecía un poco más cerca de Killian.

​La enfermera terminó de retirar la última vía intravenosa con destreza.

​—Listo, señorita Liora. Solo recuerde guardar reposo unos días.

​Liora forzó una sonrisa educada.

​—Gracias.

​Cuando la puerta volvió a abrirse, no necesitó levantar la vista para saber de quién se trataba: ya conocía el ritmo pausado de sus pasos. Adrien Hale entró llevando el mismo saco gris que vestía la tarde anterior y una pequeña bolsa de papel en la mano.

​—Buenos días.

​—Buenos días.

​Adrien dejó la bolsa sobre la mesita.

​—Traje algo para desayunar. La comida del hospital sigue siendo... poco convincente.

​Liora dejó escapar una sonrisa tan pequeña que apenas se dibujó en sus labios.

​—Eso dicen.

​Adrien la observó con detenimiento. Era la primera sonrisa auténtica que le veía desde el accidente y, por alguna razón, sentir esa leve calidez le alivió la tensión del pecho.

​—¿Lista para irte?

​Liora recorrió la habitación con la mirada. Había pasado muy pocos días allí, pero en ese cuarto había llorado por Killian, había terminado de escribir su historia y había terminado de aceptar que el hombre al que amaba pertenecía a un mundo al que jamás regresaría.

​—Sí —mintió. Nunca estaría lista.

​—Puedo pedir un taxi —dijo Liora cuando llegaron al vestíbulo del ascensor.

​Adrien negó con la cabeza de inmediato.

​—Ya traje el automóvil.

​—No hace falta que...

​—Hace falta.

​No lo dijo con dureza, sino con la naturalidad inflexible de quien ya había tomado una decisión. Liora no discutió; estaba demasiado agotada emocionalmente como para objetar.

​El camino transcurrió en un silencio casi absoluto. La ciudad seguía exactamente igual a como la recordaba: los semáforos en rojo, la gente caminando de prisa por las aceras, los cafés llenos y los altos edificios de cristal reflejando la luz del sol. Todo continuaba funcionando como si ella nunca se hubiera ausentado. Y, sin embargo, Liora sentía que habían transcurrido años enteros.

​Apoyó la frente contra la ventanilla fría y recordó el jardín de la mansión Mercerheart, las noches junto a Killian y su voz grave pronunciando aquellas dos palabras: «Te amo». El pecho volvió a dolerle con fuerza. Adrien notó que ella apretaba el cinturón de seguridad con los nudillos blancos; no preguntó nada, solo bajó un poco la velocidad del auto.

​Cuando llegaron al edificio donde vivía Liora, Adrien insistió en acompañarla hasta la puerta.

​—Puedo sola.

​—Lo sé.

​—Entonces...

​—Igual voy a subir.

​Ella suspiró resignada, sabiendo que era inútil discutir.

​El apartamento permanecía exactamente igual que el día del accidente: la taza de café continuaba sobre el escritorio, ya seca; el portátil seguía abierto y la silla permanecía ligeramente corrida hacia atrás, como si el tiempo se hubiera congelado esperando su regreso. Liora se detuvo en la entrada, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda. Aquel había sido el último lugar donde existió únicamente como Liora. Después de cruzar esa puerta, había vivido toda una vida entera.

​Adrien dejó el bolso sobre el sofá sin decir nada, comprendiendo instintivamente que ese silencio le pertenecía a ella. Mientras Liora caminaba lentamente hacia el escritorio, él comenzó a recoger algunas cosas que habían quedado desordenadas. Fue entonces cuando lo vio, apoyado contra una carpeta de ilustraciones: un retrato. Una mujer pelirroja, vestida de rojo, con unos ojos imposibles de olvidar.

​Adrien sintió que el aire abandonaba sus pulmones. No era un parecido vago; era ella. Era la mujer con la que llevaba soñando todas las noches desde el accidente, la misma que en sus visiones lo llamaba... Killian. Permaneció inmóvil, observando la ilustración mientras su corazón comenzaba a latir con violencia.

​—¿Qué ocurre? —preguntó Liora al notar su parálisis.

​Adrien levantó apenas el dibujo con los dedos temblorosos.

​—¿Ella es...?

​Liora giró la cabeza y el mundo pareció detenerse. Era la ilustración conceptual que la editorial había encargado meses atrás para la futura portada: Borgia Valeness.

​Liora caminó deprisa, tomó la ilustración con un movimiento casi desesperado y dijo demasiado rápido:

​—Todavía no está terminada.

​Abrió un cajón del escritorio, la guardó en el fondo y lo cerró de golpe. Adrien la observó en silencio, sabiendo que algo en esa reacción desmedida no tenía sentido.




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