La primera noche en casa fue interminable. Liora no durmió, y no porque el cuerpo se lo impidiera, sino porque cada vez que cerraba los ojos temía dos cosas completamente opuestas: la primera, soñar con Killian; la segunda, no volver a soñarlo nunca más.
Terminó levantándose cuando el reloj de pared marcaba exactamente las tres de la madrugada, la misma hora en que, durante semanas en aquella mansión, Killian solía despertar en la penumbra para comprobar que ella seguía dormida entre sus brazos.
Sonrió con una pizca de tristeza. Aquellos recuerdos ya no dolían con la violencia punzante de los primeros días; dolían de una forma distinta, más suave, como una cicatriz antigua que uno acaricia sabiendo que jamás desaparecerá.
Preparó café fresco, se sentó frente al escritorio y abrió el cuaderno. En la primera página en blanco escribió una sola frase: «Versión definitiva».
Respiró profundamente. Era el momento de devolverle la vida a la historia, no para intentar cambiarla, sino para conservarla para siempre. Comenzó a escribir y las palabras fluían con una facilidad y elegancia que nunca antes había conocido. Ya no inventaba emociones sobre el papel: las recordaba.
Recordaba exactamente cómo Killian fruncía apenas el ceño cuando sentía celos silenciosos, cómo fingía una fría indiferencia mientras la observaba desde el otro extremo del gran salón y cómo había empezado a dormir abrazándola con fuerza, como si temiera que durante la noche pudiera evaporarse. Recordaba la textura de sus dedos enredándose distraídamente en su cabello rojo y su voz grave murmurando: «No vuelvas a disculparte por existir».
Liora detuvo el bolígrafo. Una lágrima solitaria cayó sobre el papel, pero esta vez sonrió.
—Lo prometo —susurró al silencio de la habitación.
Y continuó escribiendo.
***
A varios kilómetros de allí, Adrien Hale tampoco conseguía conciliar el sueño. Había intentado leer, respondió correos pendientes e incluso revisó dos veces un contrato de publicación que ya estaba completamente aprobado. Nada funcionó.
Terminó caminando hasta la cocina para prepararse un café. Al mirar el reloj de la mesa, marcó las tres y doce de la madrugada. Suspiró cansado. Era ridículo; no podía sacar a Liora de su cabeza, y no solo porque la hubiera visto inconsciente sobre el asfalto o porque la visitara a diario. Había algo más, algo invisible para lo que no encontraba ninguna explicación lógica.
Cada vez que cerraba los ojos, la veía sonreír vestida de rojo, con el cabello del color del fuego, llamándolo con una devoción desgarradora... Killian.
Se llevó una mano al rostro y se frotó las sienes.
—Estoy perdiendo la cabeza... —murmuró para sí mismo, aunque sin convencerse del todo.
Porque una parte profunda de su ser sabía que aquello era mucho más complejo y real que una simple alucinación nocturna.
***
A la mañana siguiente, el teléfono de Liora vibró sobre la mesa. En la pantalla parpadeaba el nombre de Adrien Hale. Se quedó mirando las letras durante varios segundos antes de deslizar el dedo para contestar.
—¿Hola?
—Buenos días.
La voz de Adrien sonaba serena, controlada y profesional, exactamente igual que siempre. Y aun así, Liora creyó percibir un matiz cálido e imperceptible que antes no estaba allí.
—Buenos días.
Hubo un breve silencio en la línea, un espacio cargado de calma compartida.
—¿Cómo amaneciste?
Ella sonrió sin darse cuenta.
—Mucho mejor.
—¿Pudiste dormir?
Liora miró la taza de café que continuaba humeando junto al cuaderno.
—Más o menos.
Adrien dejó escapar una leve sonrisa al otro lado de la línea.
—Yo tampoco.
Ninguno de los dos explicó las razones.
—Quería preguntarte algo —continuó él.
—Dime.
—¿Crees que ya puedes salir un rato de casa? —al notar el silencio de ella, se apresuró a aclarar—: No para hablar de trabajo. Solo para respirar un poco. Tomar un café, ir a un parque... lo que prefieras.
Liora apoyó la cabeza en el respaldo de la silla. Hacía días que nadie le proponía algo tan sencillo, sin presiones ni compromisos, solo la invitación de salir a caminar.
—Está bien —respondió antes de pensarlo demasiado—. ¿Hoy?
Adrien sonrió.
—Hoy.
Cuando colgó, Liora permaneció inmóvil un momento. Miró el cuaderno, luego el borrador terminado y finalmente dirigió la vista hacia una fotografía enmarcada sobre el escritorio. Era una imagen del equipo editorial durante la presentación de su primer libro. En el fondo de la toma aparecía Adrien: serio, impecable y con las manos metidas en los bolsillos.
Liora recordaba perfectamente aquel día. Había pasado toda la velada fingiendo que no lo observaba, tratando de mantener la distancia profesional. Y esa misma noche, al llegar a su casa, había abierto un documento en blanco para escribir las primeras líneas sobre Killian Mercerheart.