¿soy Borgia?

CAPÍTULO 33— EL REGRESO

El lunes amaneció gris. No llovía, pero el cielo conservaba ese color apagado que hacía pensar que, en cualquier momento, las nubes terminarían por rendirse sobre la ciudad.

​Liora permaneció varios minutos de pie frente al espejo de su dormitorio. Había elegido un vestido azul marino sencillo, una chaqueta clara y zapatos bajos. La pequeña cicatriz junto a la sien apenas era visible bajo el cabello negro, pero ella continuaba buscándola con la mirada cada vez que se observaba. Era imposible no hacerlo: esa marca casi imperceptible separaba dos vidas distintas. La de antes del accidente... y la de después de Killian.

​Sus dedos acariciaron inconscientemente el borde del escritorio. Allí seguía descansando la taza de café que había olvidado la mañana del atropello; la había conservado no por descuido, sino porque le recordaba el último día en que había sido únicamente Liora Deveraux. Después... había amado, había sufrido, había aprendido, y finalmente había regresado siendo una mujer completamente distinta.

​Sus ojos descendieron lentamente hacia la carpeta azul. La tomó con ambas manos, contemplando las letras impresas en la portada:

AMOR DE TORMENTA

Versión definitiva

​Debajo del título, escrita a mano con tinta negra, figuraba una única frase: «Perdóname por no haberte amado cuando te escribí». Nadie en la editorial entendería aquellas palabras; solo ella, solo Borgia.

​Respiró profundamente para armarse de valor.

​—Es hora —susurró.

​El edificio de Alfieri Publishing lucía tan elegante e impasible como de costumbre. Las puertas automáticas de cristal se abrieron a su paso y el aroma a papel nuevo mezclado con café recién hecho la recibió antes incluso de cruzar el vestíbulo.

​La recepcionista levantó la vista y tardó apenas un segundo en reconocerla.

​—¡Liora! —exclamó con una sonrisa tan espontánea que contagió a Liora de inmediato.

​—Buenos días, Clara.

​La mujer rodeó el mostrador y la abrazó con sumo cuidado.

​—Nos diste el susto de la vida.

​—Lo siento.

​—No vuelvas a hacerlo.

​Liora soltó una pequeña risa.

​—Haré mi mejor esfuerzo.

​Aquella risa cálida llamó la atención de varios compañeros del área. Uno a uno comenzaron a levantar la cabeza de sus escritorios, rompiendo la rutina de la oficina.

​—¡Liora!

​—¡Volviste!

​—¿Cómo te encuentras?

​En pocos segundos estuvo rodeada por parte del equipo editorial. Nadie hablaba de manuscritos ni de entregas; todos preguntaban por ella, por su recuperación, si todavía sufría dolores de cabeza o si necesitaba ayuda con algo. Liora jamás imaginó que tantas personas hubieran estado genuinamente preocupadas por su salud. Sentía un nudo de gratitud apretándole la garganta.

​—Gracias... —murmuró con sinceridad—. No saben cuánto significa esto para mí.

​—¿Ya estás completamente recuperada? —preguntó una de las correctoras.

​—Casi. El médico dice que debo evitar el estrés durante unas semanas.

​Desde el fondo del departamento, alguien bromeó en voz alta:

​—¡Entonces dile al señor Hale que te dé vacaciones!

​Varias risas contagiosas llenaron el espacio, y Liora también rió abiertamente. Y fue precisamente esa risa sincera la que hizo levantar la vista a Adrien.

​Su oficina privada estaba completamente integrada al área editorial mediante amplias paredes de cristal que le permitían supervisar prácticamente todo el departamento. Adrien acababa de terminar una videollamada cuando escuchó el murmullo alegre. Levantó la vista por puro reflejo y la vio: Liora, de pie, sonriendo.

​No recordaba haberla visto sonreír así desde que firmaron el primer contrato con la editorial. Se quedó observándola durante largos segundos y notó un detalle que le oprimió el pecho: estaba algo más delgada. Muy poco, pero lo suficiente para que alguien que la observaba casi a diario pudiera percatarse. Aquello le produjo una incomodidad difícil de explicar. Apartó la mirada e intentó concentrarse en el informe abierto sobre su escritorio, pero fue inútil; no consiguió procesar una sola línea y, sin darse cuenta, sus ojos volvieron a buscarla a través del cristal.

​—¡Déjenla respirar un poco! —la voz divertida de Gabriel hizo que varios compañeros se apartaran entre risas. Gabriel avanzó hacia ella con una carpeta enorme bajo el brazo y un lápiz tras la oreja.

​—Gracias por el rescate —agradeció Liora.

​—De nada —Gabriel sonrió—. Aunque creo que llegué un poco tarde.

​Liora soltó otra pequeña risa.

​—Un poco.

​Él la observó con atención. En sus ojos no había coqueteo, solo un aliviado afecto profesional.

​—Me alegra verte de vuelta. De verdad.

​Liora sostuvo su mirada con calidez.

​—Gracias, Gabriel.




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