Adrien mantuvo la mirada fija en Liora durante unos segundos más, en un silencio tenso. No respondió, consciente de que cualquier explicación que improvisara sonaría falsa. Ella lo conocía lo suficiente como para distinguir perfectamente cuándo hablaba movido por una convicción profesional y cuándo intentaba salir del paso. Y, por primera vez desde que trabajaban juntos en Alfieri Publishing... Adrien Hale estaba improvisando.
Liora sonrió con discreción, prefiriendo no presionar. Había algo innegablemente diferente en él; no sabía precisar qué era exactamente, pero el hombre que tenía delante ya no parecía el mismo que tiempo atrás la había destrozado con una crítica implacable en la sala de juntas. Seguía siendo un hombre serio, distante y reservado, pero en sus gestos se entreveía una calidez que antes jamás se habría permitido mostrar. Una calidez que la desconcertaba profundamente.
—¿Tienes un momento? —preguntó Adrien finalmente, rompiendo el trance.
Ella levantó levemente la carpeta azul que sostenía contra el pecho.
—Justamente venía a verte para eso.
Adrien asintió despacio.
—Pasa a mi oficina.
El murmullo habitual del departamento continuó con normalidad mientras caminaban juntos hacia el despacho. Sin embargo, más de un compañero levantó discretamente la vista de su monitor: no era nada habitual que el director general recibiera personalmente a un autor apenas ponía un pie en la empresa, y mucho menos para una reunión improvisada a puerta cerrada.
La oficina de Adrien era amplia y sobria. Las paredes de cristal permitían una vista panorámica del área editorial, aunque disponía de persianas interiores para cuando se requería privacidad estricta. Liora entró con pasos pausados.
Todo en aquel espacio conservaba su orden pulcro: la enorme biblioteca de madera oscura ocupando una pared entera, los diplomas y premios de la industria, el escritorio despejado y el reloj antiguo que marcaba exactamente las diez y cuarto de la mañana. Y flotando en el ambiente, ese aroma inconfundible al café de grano que el propio Adrien preparaba.
Él cerró la puerta con suavidad. No bajó las persianas; no quería dar la falsa impresión de que ocultaban algo inapropiado. Se volvió hacia ella y, durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada. Fue Adrien quien rompió el silencio con una nota de inusual cercanía:
—¿Cómo te sientes realmente?
La pregunta tomó a Liora por sorpresa. No era la típica cortesía corporativa, sino una pregunta sincera, cargada de una preocupación real que ella supo reconocer al instante.
—Mejor —respondió suavemente—. Todavía me canso un poco más de lo normal, pero el médico dice que es parte del proceso de recuperación.
Adrien la examinó con detenimiento.
—¿Siguen los dolores de cabeza?
Ella sonrió con cierta ironía resignada.
—Solo cuando pienso demasiado.
—Entonces procura no hacerlo.
Liora dejó escapar una pequeña risa.
—Un consejo un tanto difícil para una escritora, ¿no crees?
Aquella risa sincera provocó que las comisuras de los labios de Adrien se curvaran levemente. No llegó a sonreír del todo, pero estuvo lo suficientemente cerca como para que ella lo notara. Y en ese milisegundo, la mente de Liora le jugó una mala pasada: «Killian sonreía exactamente así…».
El pensamiento irrumpió sin permiso, provocándole una contracción dolorosa en el pecho. Bajó la mirada de inmediato hacia el suelo. No; Adrien no era Killian. Nunca lo sería. Y era precisamente esa certeza la que le escocía en el alma.
Adrien interpretó aquel repentino cambio de humor como un síntoma de cansancio físico.
—Si prefieres que hablemos de esto otro día…
—No —negó ella de inmediato—. No quiero seguir aplazándolo.
Dio un paso hacia el escritorio y depositó la carpeta azul sobre la madera pulida. Adrien leyó el título impreso:
AMOR DE TORMENTA
Versión definitiva
No abrió la carpeta de inmediato. Se limitó a apoyar la palma de la mano sobre la portada, como si necesitase sopesar la densidad física de aquellas páginas antes de adentrarse en ellas.
—¿Lo terminaste…?
—Sí.
—¿Estás conforme con el resultado?
Liora guardó silencio durante unos segundos, considerando su respuesta, para luego responder con absoluta serenidad:
—No.
Adrien alzó la vista, sorprendido. Ella le dedicó una sonrisa serena.
—Estoy orgullosa de él.
No era la misma respuesta que habría dado en el pasado, y él lo comprendió de inmediato. La escritora insegura que meses atrás había salido llorando de esa misma oficina habría preguntado ansiosa si el libro iba a venderse bien; la mujer que estaba de pie frente a él solo buscaba haber contado la historia con la verdad que merecía.
Adrien deslizó la mano lentamente por la superficie de la carpeta.