La jornada terminó mucho más tarde de lo habitual. Adrien permaneció encerrado en reuniones de trabajo durante casi toda la tarde: autores, distribuidores, llamadas internacionales y revisión de contratos. Firmó documentos, escuchó propuestas de lanzamiento, respondió preguntas y asintió mecánicamente cuando debía hacerlo.
Sin embargo, su atención nunca estuvo realmente allí. Cada cierto tiempo, sin percatarse del todo, sus ojos viajaban de forma autómata hacia el portafolio de cuero que descansaba junto a su escritorio.
Dentro estaba el manuscrito: Amor de Tormenta. Versión definitiva. La historia que Liora había reescrito tras el accidente; la versión que, según sus propias palabras, por fin le hacía justicia a Borgia. Nunca antes un manuscrito había conseguido distraerlo con tanta intensidad de sus obligaciones.
Cuando el edificio de la editorial quedó prácticamente vacío y en silencio, apagó la computadora, tomó el portafolio y salió de su despacho. La luz de la lámpara del escritorio de Gabriel seguía encendida en la penumbra del departamento. El diseñador levantó la vista al escucharlo pasar.
—Buenas noches, señor Hale.
—Buenas noches.
Gabriel le dedicó una sonrisa amable.
—Liora se veía mucho mejor hoy.
Adrien se detuvo en seco.
—Sí.
Se hizo un breve y cargado silencio.
—Me alegró mucho verla sonreír otra vez —añadió Gabriel.
Adrien sostuvo la mirada del joven. No detectó dobles intenciones en sus palabras, solo la expresión sincera de un compañero aliviado. Y, sin embargo... aquella punzada incómoda y punzante volvió a golpear su estómago. Irracional e inevitable.
—Fue un accidente muy serio —respondió Adrien con calma estudiada.
—Lo sé. Todos pensamos lo peor. —Gabriel apagó la lámpara de su escritorio y recogió sus cosas—. Menos mal ya pasó.
Adrien asintió apenas.
—Buenas noches.
—Hasta mañana.
Mientras caminaba a paso firme hacia el ascensor, Adrien se sorprendió a sí mismo formulando un pensamiento absurdo: «¿Por qué Gabriel tiene que sonreírle tanto?». Frunció el ceño de inmediato, molesto con su propia mente. Aquello no tenía sentido; Gabriel era risueño con todo el mundo. Sacudió levemente la cabeza, concluyendo que solo necesitaba dormir y despejar la mente.
El apartamento lo recibió con su frialdad y silencio habituales. Se quitó el saco, se aflojó la corbata con gesto cansado y preparó un café cargado. No encendió el televisor ni puso música de fondo: esa noche quería escuchar únicamente el crujido suave de las hojas al pasar.
Colocó el portafolio sobre la mesa del salón, lo abrió despacio y extrajo la carpeta azul:
AMOR DE TORMENTA
Versión definitiva
Durante unos segundos se limitó a contemplarla. Recordó el día en que Liora llegó a su oficina con la primera versión del proyecto, con aquella chispa de orgullo y seguridad en los ojos, convencida de haber escrito algo extraordinario. Y él la había destrozado en una sola reunión.
Cerró los ojos momentáneamente, sintiendo por primera vez un remordimiento real. No por haber sido sincero en su diagnóstico, sino por la frialdad con la que había abordado la crítica. «Pude haberlo dicho mejor», pensó mientras abría la carpeta.
La primera página apareció ante sus ojos. No era la misma dedicatoria ni el mismo inicio; nada permanecía de la versión anterior. Comenzó a leer.
Las primeras páginas avanzaron con una fluidez pasmosa. La prosa era distinta: más limpia, elegante y viva. Los diálogos respiraban con naturalidad y los personajes ya no parecían simples piezas de ajedrez moviéndose torpemente hacia un desenlace prefijado. Estaban vivos. Cometían errores, se herían con palabras, se escuchaban y callaban.
Adrien dejó la taza de café sobre la mesa. Llevaba apenas cuarenta páginas y ya había olvidado por completo su rol de editor evaluando un texto. Estaba leyendo una novela fascinante.
Sonrió apenas cuando se topó con la primera discusión entre Killian y Borgia. Era radicalmente diferente a la original: sin humillaciones gratuitas ni crueldades innecesarias. Había orgullo, dolor, malentendidos humanos y silencios que pesaban mucho más que los insultos. Pasó otra página, y luego otra. El ritmo era adictivo. No levantó la vista del papel hasta que el café se enfrió por completo.
La noche siguió avanzando en penumbra. Adrien llegó al capítulo narrado desde el punto de vista de Killian. Se acomodó mejor en el sillón, pues siempre le habían gustado las transiciones de perspectiva que permitían explorar la psique profunda de un personaje.
Comenzó a leer en voz baja:
«Nunca había prestado atención al sonido de su respiración mientras dormía.»
Adrien frunció apenas el ceño, sintiendo una extraña resonancia. Continuó:
«Aquella noche descubrió que el silencio podía tener un nombre.»
Pasó la página con pulso firme.