Adrien volvió a sentarse lentamente. El silencio del apartamento comenzó a pesarle sobre los hombros como nunca antes. El reloj digital sobre la mesa marcaba las once y treinta y ocho de la noche; jamás en su vida había sentido tanto temor estando a solas frente a un texto.
Miró una vez más el manuscrito abierto sobre sus piernas. Volvió a leer el mismo párrafo sobre el cabello rojo expandido como un incendio sobre la nieve; después leyó el anterior y luego el siguiente, buscando desesperadamente una grieta lógica, una coincidencia explicable. No la encontró.
Respiró hondo, pasándose una mano por la frente.
—Piensa, Adrien... —se ordenó a sí mismo en un susurro—. Tiene que haber una explicación racional.
Tomó su teléfono móvil, abrió la aplicación de correo electrónico y buscó en el archivo el borrador original que Liora había entregado semanas antes del accidente. Lo descargó de inmediato y abrió ambos documentos sobre la mesa de centro para contrastarlos: el manuscrito antiguo frente a Amor de Tormenta. Versión definitiva.
Comenzó a comparar párrafo por párrafo. Las primeras diferencias saltaron a la vista al instante: los diálogos eran distintos, las dinámicas entre los personajes habían cambiado y las reacciones de Borgia tenían un peso emocional inédito. Aquello no era una simple reescritura técnica, era una obra completamente nueva.
Sin embargo, cuando llegó al capítulo exacto donde Killian contemplaba a Borgia mientras dormía, el manuscrito original concluía la escena apenas unas líneas después. No existía aquel pensamiento íntimo. No existía la metáfora del fuego. No existía el deseo contenido de rozarle el rostro.
Adrien sintió un vuelco helado en el estómago. Entonces... ¿de dónde demonios había salido ese recuerdo?
Cerró lentamente ambos archivos en la pantalla y volvió a apoyar la espalda contra el respaldo del sillón. Por primera vez en su carrera, no deseó encontrar una respuesta, porque empezaba a temerla con cada fibra de su ser.
Cerca de la una de la madrugada, el cansancio acumulado terminó por vencerlo. El manuscrito permanecía abierto sobre la mesa de centro y Adrien se recostó apenas unos minutos en el sofá para descansar la vista. Sin darse cuenta, el sueño lo envolvió.
La visión comenzó con el susurro constante del viento.
Ya no estaba en su apartamento de la ciudad, sino de nuevo en la mansión Mercerheart. Conocía cada rincón de esa arquitectura sobria, cada escalón de mármol, cada lienzo y cada ventanal. No porque los hubiera imaginado a través de una lectura, sino porque los había recorrido cientos de veces en su propia piel.
Giro hacia la terraza que daba al jardín y la vio: Borgia estaba allí, vistiendo un sencillo vestido blanco mientras su melena roja danzaba con la brisa. Sonreía, pero no con melancolía, sino con esa paz absoluta que él solo le había visto una vez: el día en que le confesó que lo amaba.
En ese instante, él no era Adrien; era Killian. Sintió el peso frío del anillo de matrimonio en su dedo, la calidez del sol sobre el rostro y el impulso irrefrenable de avanzar hacia ella.
Borgia levantó la vista y sus ojos brillaron con un destello de luz al descubrirlo.
—Llegaste... —dijo, con esa voz que él reconocería entre un millón.
Killian sonrió con ternura.
—Siempre vuelvo contigo.
Ella extendió la mano y él la tomó entre las suyas; sus dedos encajaron con una naturalidad tan perfecta que le robó el aliento. Comenzaron a caminar juntos entre los rosales en flor, en un silencio cálido y comprensivo. Había aprendido que el amor verdadero también sabía guardar silencio.
Borgia apoyó lentamente la cabeza contra su hombro.
—¿Eres feliz? —preguntó ella.
Killian la contempló de lado.
—Contigo... siempre.
Ella cerró los ojos un segundo y, al abrirlos de nuevo, su expresión cambió sensiblemente, como si percibiera un eco distante llamándola desde otro plano. Se detuvo en seco y giró la cabeza. Pero esta vez no miró a Killian: miró directamente hacia el punto donde Adrien observaba la escena desde un rincón imposible del sueño.
El tiempo pareció congelarse alrededor de ambos. Borgia le dedicó a Adrien una sonrisa de infinita dulzura y le habló con absoluta claridad:
—Ya no llores por mí.
A Adrien se le formó un nudo amargo en la garganta. Intentó dar un paso hacia ella, pero sus pies permanecieron clavados al suelo.
—Mi historia terminó exactamente como debía terminar —continuó la voz de ella, comenzando a sonar distante como un eco suave—. Ahora... déjame vivir en sus recuerdos. Y tú... vive la tuya.
El jardín comenzó a desdibujarse en bordes difusos: los rosales, los muros de la mansión y el cielo de la tarde se evaporaron lentamente. Lo último que permaneció nítido fue la figura de Killian, de pie junto a Borgia. No parecía triste, sino profundamente agradecido.
Antes de que la visión se disolviera por completo, Killian levantó la cabeza y, por primera vez desde que comenzaron aquellas visiones, los ojos de ambos hombres se encontraron.