La mañana llegó demasiado pronto. Adrien apenas había logrado dormir un par de horas; después del sueño, conciliar el descanso le resultó una tarea imposible. Permaneció sentado en el sofá en penumbra, con el manuscrito de Amor de Tormenta apoyado sobre sus piernas, contemplando en silencio cómo las primeras luces del amanecer comenzaban a filtrarse por los ventanales de su apartamento.
Nunca en su vida había experimentado algo semejante. No se trataba de miedo, sino de una necesidad urgente y visceral de comprender la verdad.
A las siete en punto, cerró la carpeta azul con cuidado y la guardó dentro de su portafolio de cuero. No continuaría leyéndola allí. No todavía. Necesitaba despejar la mente o, al menos, hacer el intento.
Cuando llegó al edificio de Alfieri Publishing, fue el primero en cruzar el vestíbulo. La recepcionista lo saludó con una sonrisa amable:
—Buenos días, señor Hale.
—Buenos días.
Al subir, su mirada se dirigió de inmediato hacia el puesto de Liora. Estaba vacío; ella todavía no había llegado. Adrien no supo descifrar por qué experimentó una extraña mezcla de alivio y decepción al mismo tiempo.
Entró en su despacho, dejó el portafolio junto a la mesa y, antes incluso de encender la computadora, volvió a extraer el manuscrito. Lo abrió exactamente en la página donde lo había dejado la noche anterior. Sus ojos regresaron de forma inevitable a las mismas líneas impresas: «El cabello rojo se extendía sobre la almohada blanca como un incendio sobre la nieve…».
Cerró la carpeta de golpe.
—Basta —se ordenó a sí mismo en voz baja.
Se obligó a concentrarse en la rutina. Durante casi una hora respondió correos pendientes, revisó contratos y firmó autorizaciones del departamento. La estrategia funcionó, hasta que una risa cristalina flotó desde el pasillo.
Levantó la cabeza al instante. Liora acababa de llegar; llevaba un vaso de café entre las manos y conversaba de forma animada con Clara. Reía con una soltura suave y natural. Sin darse cuenta, Adrien se descubrió sonriendo para sí mismo.
«Está mejor», fue el primer pensamiento que le cruzó la mente. Y esa simple constatación le infundió una serenidad profunda que no recordaba haber sentido en mucho tiempo.
Un golpe suave en la puerta interrumpió su hilo de pensamientos.
—¿Se puede? —Gabriel asomó la cabeza.
—Adelante.
El joven diseñador entró con varias carpetas de propuestas entre los brazos.
—Aquí están los diseños conceptuales para la colección de otoño.
Adrien comenzó a examinarlos en silencio mientras Gabriel permanecía de pie al otro lado del escritorio, con una actitud dubitativa, como si quisiera abordar otro tema.
—¿Sucede algo? —preguntó Adrien al notar su vacilación.
—No, señor… Bueno, sí —Gabriel sonrió con cierta timidez—. Quería preguntarle si considera que Liora ya está en condiciones de asumir nuevos proyectos.
Adrien dejó el bolígrafo sobre la mesa con parsimonia.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque tengo una autora de la casa que busca una coescritora para desarrollar una idea, y pensé en recomendar a Liora.
Adrien tardó un segundo más de lo habitual en responder.
—Todavía está en proceso de recuperación.
Gabriel asintió respetuosamente.
—Claro. Solo pensé que le haría bien ir reintegrándose poco a poco al flujo de trabajo.
Adrien guardó silencio. Sabía que la sugerencia de Gabriel era razonable y bienintencionada. Sin embargo, la sola idea de imaginarse a Liora pasando horas encerrada trabajando codo a codo con otro equipo le produjo una molestia punzante e inexplicable en el estómago.
—Por ahora prefiero que termine de adaptarse sin presiones externas —sentenció en tono definitivo.
Gabriel no insistió.
—Entendido —recogió las propuestas y, antes de retirarse, añadió con una sonrisa sincera—: De verdad da mucho gusto verla de nuevo por aquí.
Adrien asintió apenas. Cuando la puerta se cerró, apoyó ambas palmas sobre la madera pulida del escritorio.
—¿Qué demonios me pasa…? —murmuró para sí mismo.
Aquella reacción ya no podía atribuírsela al agotamiento laboral. No estaba molesto con Gabriel ni albergaba sospechas hacia él; sencillamente, no le agradaba la sola idea de ver a Liora compartiendo su atención y su tiempo con alguien más. Y esa posesividad era algo completamente inédito en él.
Unos minutos después, volvieron a llamar a la puerta.
—¿Sí?
Esta vez era Liora. Asomó la cabeza llevando una carpeta de documentos entre las manos.
—¿Te interrumpo?
Adrien sintió que la atmósfera de la estancia cambiaba por completo en cuanto ella cruzó el umbral.
—Nunca.
La respuesta escapó de sus labios antes de que su filtro profesional pudiera detenerla. Los dos se quedaron inmóviles. Adrien carraspeó discretamente para recomponer la postura.