¿soy Borgia?

CAPÍTULO 38 — LA SOMBRA DE LO INEVITABLE

El contacto entre sus dedos duró apenas un instante. Fue Liora quien retiró primero la mano, bajando la vista hacia el papel del contrato para ocultar la repentina confusión que le había provocado aquel simple roce.

​¿Por qué había sentido de pronto aquel calor tan familiar? No era la primera vez que tocaban sus manos; habían intercambiado documentos decenas de veces a lo largo de los meses. Sin embargo, esa mañana había algo marcadamente distinto.

​Adrien también apartó la mirada y tomó asiento detrás del escritorio, haciendo un esfuerzo consciente por recuperar la compostura profesional.

​—Hay un par de cláusulas que el departamento legal modificó —dijo, obligándose a enfocar la atención en el trabajo—. Léelas con calma antes de firmar.

​Liora asintió despacio. Abrió la carpeta, pero tardó varios segundos en lograr concentrarse en el texto impreso; sentía la mirada de Adrien fija sobre ella. Cuando por fin alzó la vista, él ya fingía revisar otros documentos sobre la mesa. Una sonrisa casi imperceptible asomó a los labios de Liora.

«No has cambiado tanto…», pensó en un primer impulso. Pero enseguida se corrigió mentalmente: «No… sí has cambiado».

​El Adrien de antes jamás se habría preocupado por su descanso ni la habría llamado con inquietud genuina durante su convalecencia; jamás la habría acompañado durante tantas jornadas en la soledad del hospital. Aquellos pequeños detalles comenzaban a construir una imagen muy distinta del hombre reservado que tenía enfrente. Y eso la asustaba profundamente, porque cada vez que descubría una nueva faceta en Adrien, recordaba de forma inevitable a Killian.

​—¿Puedo hacerte una pregunta? —la voz de Adrien interrumpió sus cavilaciones.

​Ella cerró la carpeta de los contratos.

​—Claro.

​Él dudó unos segundos, consciente de que no estaba acostumbrado a traspasar los límites personales con sus autores.

​—¿Cómo nació Killian?

​A Liora se le dio un vuelco el corazón. No esperaba esa consulta precisa. Sonrió con un deje de nostalgia.

​—Es curioso que preguntes precisamente por él.

​Adrien apoyó los antebrazos sobre la madera pulida del escritorio.

​—Siempre me llamó la atención. En el primer manuscrito era un personaje distante, inalcanzable. En esta versión… parece otra persona.

​Liora bajó la mirada hacia sus manos.

​—Porque yo también era otra persona cuando lo escribí.

​El silencio volvió a instalarse en la estancia. Adrien esperó pacientemente a que ella continuara.

​—Al principio quería escribir sobre el hombre perfecto —explicó ella, mirando hacia un punto indeterminado—. Alguien frío, inteligente, elegante e inexpugnable. Pero después comprendí que la perfección no sirve de nada si no sabe amar.

​Adrien experimentó un extraño escalofrío recorriéndole la nuca. Aquellas palabras parecían directedas con precisión hacia él. Liora prosiguió, ajena al impacto que sus reflexiones estaban provocando en el editor:

​—Cuando terminé la primera versión pensé que Killian era un gran protagonista, pero ahora creo que apenas estaba vivo. En cambio, el Killian de esta nueva versión… ama, se equivoca, siente miedo, se pone celoso, aprende, se disculpa. Y descubre, demasiado tarde, que la mujer que tenía a su lado siempre fue suficiente.

​Las últimas palabras flotaron en el aire de la oficina. Adrien sintió una presión sorda en el pecho: el hombre que ella describía con tanta devoción era exactamente la misma presencia que habitaba sus sueños cada noche.

​Liora cerró la carpeta.

​—Creo que ya no debo quitarte más tiempo —dijo, poniéndose de pie.

​Adrien imitó su gesto y la acompañó hasta la salida. Cuando ella apoyó los dedos sobre el picaporte, él habló de manera casi impulsiva:

​—Liora.

​Ella giró lentamente sobre sus talones.

​—¿Sí?

​Adrien vaciló un instante, sopesando cómo formular la duda sin parecer irracional. Finalmente eligió la vía más transparente.

​—¿Eres feliz con esta versión de la historia?

​A Liora se le humedecieron los ojos. No respondió de inmediato; dirigió una mirada fugaz a la carpeta de Amor de Tormenta que descansaba sobre la mesa auxiliar y luego volvió a fijar la vista en él.

​—Sí —sonrió con una dulzura inédita—. Porque, por primera vez… Borgia recibió el amor que siempre mereció.

​Adrien sostuvo su mirada. Sin comprender la razón profunda de sus emociones, sentir esas palabras le infundió una paz inmensa, como si una herida antigua en su propia historia acabara de cerrar.

​Cuando Liora abandonó el despacho, el área editorial recuperaba su ritmo habitual. Gabriel levantó la vista desde su mesa de trabajo al verla pasar.

​—¿Terminaste con el jefe?

​Ella dejó escapar una pequeña risa.

​—Sí.

​—Perfecto, tengo algo que enseñarte —Gabriel le mostró una propuesta de portada para otro proyecto y comenzó a explicarle las líneas conceptuales.




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