¿soy Borgia?

CAPÍTULO 39— ENTRE DOS LATIDOS

Las palabras de Adrien quedaron suspendidas entre ambos: «No sé qué me pasa, Liora... pero cada vez que alguien intenta quedarse con tu tiempo... siento que debería ser yo quien esté hablando contigo».

​El silencio se hizo tan profundo que, por un instante, el murmullo habitual del departamento editorial pareció desvanecerse. Liora no respondió. Simplemente lo miró. Aquella confesión había sido tan inesperada y desarmante que aún intentaba asimilarla en toda su magnitud.

​Adrien tampoco habló. Había expresado exactamente lo que sentía y ahora no encontraba la forma de dar un paso atrás. Terminó dejando escapar una risa breve, cargada de incredulidad ante su propia audacia.

​—Olvida lo que acabo de decir —murmuró.

​Liora negó despacio con la cabeza.

​—No puedo.

​Él levantó la vista, sorprendido.

​—¿Por qué?

​—Porque fue sincero.

​Adrien bajó la mirada durante unos segundos. No estaba acostumbrado a perder el control sobre sus palabras de esa manera; siempre medía sus intervenciones y pensaba cuidadosamente antes de hablar. Sin embargo, desde el accidente de Liora, parecía que su corazón respondía con mayor rapidez que su implacable razón.

​—Ni siquiera sé por qué dije eso... —confesó casi para sí mismo.

​Liora le dedicó una sonrisa llena de dulzura.

​—Creo que una parte de ti sí lo sabe.

​Él no respondió. Tenía pánico de descubrir que ella llevaba toda la razón.

​La jornada laboral continuó. Cada uno volvió a sus respectivas tareas, pero ambos eran plenamente conscientes de la presencia del otro a través de los cristales. Liora intentó concentrarse en una tanda de correcciones urgentes; leyó el mismo párrafo cuatro veces consecutivas sin lograr procesar una sola palabra. Cada vez que levantaba la vista de sus papeles, sus ojos buscaban la oficina de Adrien y, casi siempre, descubría que él ya la estaba mirando. En cuanto sus miradas se cruzaban, ambos la desviaban con una celeridad casi infantil que le arrancó a Liora una sonrisa secreta.

​De pronto, el teléfono móvil vibró sobre la madera del escritorio. Liora bajó la vista y leyó el remitente: Adrien Hale.

​Frunció ligeramente el ceño y abrió el mensaje:

«¿Almorzaste?»

​No pudo evitar sonreír. Era una pregunta sencilla, cotidiana y casi insignificante. Y, sin embargo, le provocó una calidez expandiéndose por el pecho. Levantó discretamente la vista hacia el despacho: Adrien continuaba revisando unos documentos tras su escritorio, ni siquiera la estaba mirando directamente.

​Tecleó la respuesta:

«Todavía no.»

​Apenas guardó el teléfono en el bolso, volvió a sentir la vibración:

«No vuelvas a saltarte el almuerzo.»

​Liora soltó una risa muy baja. Aquella preocupación tan silenciosa y natural le evocó de inmediato a Killian. La punzada de dolor volvió a oprimirle el pecho. No, se dijo con firmeza, no debo compararlos. Adrien era Adrien. Y tal vez siempre había sido un hombre atento, solo que ella jamás se había detenido a observarlo con la suficiente atención.

​—¿Interrumpo? —la voz de Gabriel la devolvió al presente. El joven diseñador apareció junto a su puesto con varias pruebas de impresión bajo el brazo.

​—Nunca —respondió Liora con una sonrisa amable.

​Él desplegó las hojas sobre la mesa.

​—Necesito una segunda opinión. Creo que estas paletas de color funcionan mucho mejor para la portada.

​Ella comenzó a examinarlas con detenimiento: corrigió algunos matices, sugirió reordenar dos elementos visuales y propuso una tipografía más limpia. Gabriel escuchaba cada recomendación con genuino interés profesional.

​—Sabía que ibas a decir eso —comentó él, divertido.

​Ella levantó una ceja.

​—¿Ah, sí?

​—Claro. Ya aprendí cómo piensa tu mente cuando diseñas una portada.

​Liora dejó escapar una risita.

​—Eso significa que pasamos demasiado tiempo trabajando juntos.

​—O que hacemos un gran equipo.

​—Eso también —admitió ella.

​Desde el interior de su oficina, Adrien alzó la cabeza y los observó interactuar. No detectó nada inapropiado en la escena; eran solo dos compañeros de trabajo compartiendo ideas sobre un proyecto. Y, aun así, sintió el mismo impulso irracional de levantarse e interrumpir.

​Apoyó los codos sobre la mesa y respiró profundo para serenarse. «Contrólate», se reprendió en silencio. «Gabriel no está haciendo absolutamente nada malo».

​Desvió la vista hacia la carpeta azul de Amor de Tormenta, la abrió e intentó avanzar en la lectura. Cinco minutos después, descubrió que continuaba estancado en la misma página. Le resultaba imposible avanzar porque su mente persistía en la misma incógnita: ¿por qué le molestaba de forma tan visceral ver sonreír a Liora con otro hombre?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.