¿soy Borgia?

CAPÍTULO 40—LA CALMA Y LA HERIDA

Adrien cerró el manuscrito con un suspiro casi imperceptible. No había conseguido avanzar ni tres páginas en el texto; cada vez que intentaba concentrarse en las líneas impresas, sus ojos terminaban buscando de forma autómata la figura de Liora al otro lado del cristal.

​Ella continuaba revisando las pruebas de impresión junto a Gabriel. Reían de vez en cuando y hablaban con una naturalidad fluida, como dos compañeros que disfrutaban genuinamente de trabajar en equipo. No había nada fuera de lugar, nada inapropiado. Lo sabía de sobra y, precisamente por eso, le resultaba todavía más absurdo y frustrante sentirse dominado por aquella incomodidad.

​Tomó su teléfono móvil y lo sostuvo entre las manos durante varios segundos. Sin pensarlo demasiado, abrió el chat con Liora y repasó los últimos mensajes:

«¿Almorzaste?»

«Todavía no.»

«No vuelvas a saltarte el almuerzo.»

​Una idea comenzó a tomar forma en su mente. La descartó de inmediato por considerarla improcedente, pero volvió a insistir. Terminó tecleando:

«¿Tienes trabajo para la próxima hora?»

​El mensaje salió impulsado por un arrebato antes de que pudiera arrepentirse. Apenas unos segundos después, la pantalla iluminó la respuesta:

«Solo estoy revisando unas pruebas con Gabriel.»

​Adrien alzó la vista hacia el pasillo. Ella acababa de guardar el teléfono en el bolsillo y lo estaba mirando a través del cristal. Él escribió de nuevo:

«Cuando terminen, ¿puedes venir un momento?»

​Ella respondió casi al instante:

«Claro.»

​Adrien guardó el móvil y respiró hondo para calmar el pulso. No tenía la menor idea de qué iba a decirle exactamente; solo sabía, con una urgencia irrefutable, que quería verla.

​—Creo que ya quedó listo —dijo Gabriel, dejando las últimas hojas corregidas sobre la mesa—. Con estos ajustes la portada ganó muchísimo impacto visual.

​Liora le dedicó una sonrisa de aprobación.

​—Estoy totalmente de acuerdo.

​El diseñador recogió sus carpetas.

​—Gracias por la ayuda, Liora.

​—Cuando quieras.

​Gabriel dio un par de pasos hacia su cubículo, pero se detuvo y se volvió con curiosidad:

​—Por cierto... ¿ya almorzaste?

​Liora soltó una pequeña risa espontánea.

​—Hoy todo el mundo parece estar sumamente preocupado por mi almuerzo.

​Gabriel arqueó una ceja, divertido.

​—¿Todo el mundo?

​Ella comprendió el alcance de sus palabras demasiado tarde.

​—Nada... Olvídalo.

​Gabriel sonrió con picardía, sin presionar.

​—En ese caso, ve a comer algo. Nos vemos luego.

​—Hasta luego.

​Liora esperó a que el joven desapareciera por el pasillo antes de caminar hacia el despacho principal. Tocó suavemente el cristal antes de abrir.

​—¿Puedo pasar?

​—Adelante.

​Adrien cerró la computadora portátil en cuanto ella cruzó el umbral. Esta vez no había carpetas ni expedientes sobre la superficie pulida del escritorio: solo dos vasos de café y una bolsa de papel kraft de la cafetería cercana.

​Liora contempló la escena con abierta curiosidad.

​—¿Interrumpo tu almuerzo?

​Adrien negó con la cabeza.

​—Todavía no empezaba —se puso de pie, tomó la bolsa de papel y la colocó frente a ella—. Compré dos.

​Liora lo miró, desconcertada.

​—¿Dos?

​—Sí.

​Ella esbozó una sonrisa tibia.

​—Pensé que no te gustaba compartir tu comida.

​Adrien dejó escapar una risa muy baja, casi inaudible.

​—Tampoco me gusta descubrir que una de mis autoras principales pretende alimentarse únicamente a base de café.

​Liora bajó la mirada, avergonzada pero conmovida. Había olvidado que él conocía demasiado bien sus hábitos descuidados.

​—No tenía mucha hambre.

​—Eso mismo dijiste la semana pasada en la habitación del hospital —recordó él con absoluta naturalidad.

​Ella alzó la vista, sorprendida por la precisión de su memoria.

​—Y el médico terminó obligándote a cenar —añadió él.

​Un silencio cálido se instaló entre ambos. Aquel recuerdo del hospital, aunque reciente, se sentía ahora distante y entrañable. Liora tomó asiento despacio y abrió la bolsa: dentro había un sándwich bien elaborado, una porción de fruta fresca y una botella pequeña de jugo natural.

​Sonrió.

​—Esto parece un menú diseñado por un nutricionista.




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