¿soy Borgia?

CAPÍTULO 41—EL NOMBRE QUE NO DEBÍA EXISTIR

El almuerzo terminó demasiado pronto. Liora dejó el envase vacío sobre el escritorio y le dedicó una sonrisa llena de gratitud sincera.

​—Gracias... Hacía mucho tiempo que no almorzaba con alguien sin hablar únicamente sobre fechas de entrega y compromisos editoriales.

​Adrien esbozó una leve sonrisa.

​—Deberíamos repetirlo.

​La frase escapó de sus labios antes de que su habitual filtro profesional pudiera detenerla. De inmediato, un silencio denso se apoderó de la oficina. Liora bajó la vista hacia sus manos y Adrien carraspeó con discreción, intentando suavizar el tono.

​—Quiero decir... cuando tengas demasiado trabajo acumulado otra vez.

​Ella alzó la cabeza y sonrió con suavidad.

​—Entendí perfectamente lo que quisiste decir.

​Aquella respuesta distendió la tensión. Liora se puso de pie para marcharse.

​—Será mejor que vuelva a mi puesto. Si desaparezco demasiado tiempo, Gabriel comenzará a pensar que me secuestraste en tu oficina.

​Adrien arqueó una ceja.

​—¿Eso diría?

​—No... pero seguramente vendrá a buscarme para seguir discutiendo la propuesta de portada.

​Caminó hacia la salida y apoyó los dedos sobre la manija de la puerta. Estaba a punto de abrir cuando escuchó la voz grave de Adrien a sus espaldas:

​—Liora.

​Giro lentamente sobre sus talones.

​—¿Sí?

​Adrien respiró hondo. Llevaba dos noches enteras intentando ignorar aquella interrogante que le quemaba por dentro; ya no podía seguir fingiendo.

​—¿Quién es Killian?

​El tiempo pareció congelarse en la estancia. Toda traza de calidez desapareció de golpe del rostro de Liora; sus dedos perdieron fuerza sobre la manija metálica y la oficina quedó sumida en un silencio helado.

​Adrien comprendió al instante que aquella pregunta había rozado una herida infinitamente más profunda de lo que había alcanzado a imaginar.

​—Perdón... —dijo de inmediato—. No tienes que responder.

​Liora permaneció inmóvil durante varios segundos. Después, soltó lentamente la manija, regresó sobre sus pasos hasta la silla frente al escritorio y volvió a tomar asiento. Necesitaba hacerlo: sentía que las piernas habían dejado de sostenerla.

​Adrien también se acomodó en su sillón. No presionó; simplemente esperó con paciencia y absoluto respeto.

​Liora inhaló profundamente un par de veces para recobrar el aire. Cuando consiguió hablar, su voz era apenas un hilo de voz:

​—¿Por qué preguntas por él?

​Adrien bajó la mirada hacia el manuscrito de Amor de Tormenta que descansaba sobre la esquina del escritorio.

​—Porque mientras lo leía... sentí que no estabas creando a un personaje de ficción. Sentí que estabas escribiendo sobre alguien a quien realmente conocías.

​Liora cerró los ojos con fuerza. Aquellas palabras terminaron de demoler la frágil fortaleza que había intentado construir desde el día del accidente. Una lágrima solitaria descendió por su mejilla, seguida de inmediato por otra y otra más. Intentó limpiarlas torpemente con la mano, pero fue inútil.

​Adrien sintió un nudo amargo en el pecho. Verla llorar de esa manera le resultaba insoportable. No sabía exactamente cómo reaccionar; no quería invadir su espacio ni obligarla a dar explicaciones, pero tampoco podía permanecer indiferente a unos centímetros de ella.

​Se levantó despacio, rodeó el escritorio y se detuvo a su lado. Dudó un instante, pues jamás había abrazado a una mujer en circunstancias semejantes. Sin saber si ella aceptaría el contacto, levantó la mano con delicadeza y le retiró una lágrima que resbalaba por su pómulo.

​—Liora...

​Ella alzó la vista con los ojos enrojecidos. Y en ese segundo, la resistencia que le quedaba se esfumó. Dio un pequeño paso instintivo hacia él.

​A Adrien le bastó ese mínimo movimiento. Recorrió la distancia que los separaba y la envolvió en un abrazo lento y cuidadoso. No había intención de conquista en ese gesto, sino la urgencia contenida de sostener a una mujer que se estaba rompiendo frente a él.

​Liora escondió el rostro contra su pecho. Al principio intentó contener los sollozos, pero fue imposible: el llanto comenzó a sacudirle los hombros con violencia.

​Adrien cerró los ojos. Nunca imaginó que el dolor ajeno pudiera calarle con semejante fuerza. Con una mano le acariciaba la espalda con cadencia tranquila, mientras con la otra le sostenía la cabeza con ternura. Sin prisas, sin decir una sola palabra, la dejó desahogarse. Comprendió que había lágrimas que necesitaban salir antes de poder convertirse en explicaciones.

​Pasaron varios minutos en silencio. Liora respiró con dificultad y, en medio del llanto, sin medir las consecuencias de sus palabras, murmuró con la voz quebrada:

​—Extraño tanto a Killian...

​Adrien sintió que el corazón le daba un vuelco. No preguntó de quién se trataba ni intentó buscarle una lógica; solo la estrechó un poco más fuerte contra sí.




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