¿soy Borgia?

CAPÍTULO 42—EL PESO Y LA TREGUA

Liora permaneció varios minutos entre sus brazos. Poco a poco el llanto fue cediendo; los sollozos se hicieron más espaciados y su respiración comenzó a recuperar un ritmo pausado.

​Adrien no se movió. No tenía prisa alguna. Sabía instintivamente que, si la soltaba demasiado pronto, ella volvería a levantar el muro defensivo que siempre construía alrededor de su corazón. Esperó en silencio, con paciencia, hasta que sintió cómo Liora aflojaba suavemente la fuerza con la que aferraba la tela de su camisa.

​Solo entonces habló, con una voz tan baja que casi parecía un murmullo:

​—¿Quieres sentarte?

​Ella asintió sin levantar la cabeza. Adrien la acompañó con delicadeza hasta el sofá ubicado junto al ventanal y ambos tomaron asiento. Liora mantenía la mirada fija en sus propias manos entrelazadas en el regazo, invadida por una repentina vergüenza por haberse derrumbado de esa manera.

​—Perdón... —murmuró.

​Adrien frunció ligeramente el ceño.

​—¿Por qué te disculpas?

​—Acabo de llorar en tu oficina... Y encima... —soltó una risa triste y autocomprensiva—. Debo parecerte una mujer completamente desequilibrada.

​Adrien negó con absoluta firmeza.

​—No. Lo que veo es a una mujer que ha cargado demasiado dolor ella sola.

​Liora alzó la vista despacio. Aquellas palabras terminaron de desarmar sus defensas: nadie en su vida le había dicho algo semejante, ni siquiera ella misma. Siempre se había impuesto la obligación estricta de mostrarse fuerte, de seguir adelante, de escribir sin parar y de sonreír, como si llorar fuera una derrota inaceptable.

​Adrien permanecía sentado frente a ella, simplemente esperando. Sin presionarla y sin formular preguntas inquisitivas.

​Ella respiró profundamente para serenarse.

​—Debe parecerte absurdo... extrañar tanto a alguien que nunca existió.

​Adrien sintió un vuelco en el estómago. Así que hablaba de Killian. Con extremo cuidado, respondió:

​—No creo que el dolor sea absurdo, sea cual sea su origen.

​Liora bajó la cabeza mientras una lágrima solitaria volvía a deslizarse por su mejilla.

​—Cuando terminé el libro... pensé que estaba lista para despedirme de él —sonrió con una melancolía profunda—. Pero escribir el final fue como perderlo por segunda vez.

​Adrien guardó silencio. Cada palabra que salía de los labios de la escritora aumentaba su desconcierto interno. Porque, en cierta forma, él también estaba perdiendo a Killian: cada mañana despertaba con la vívida sensación de haber dejado atrás una vida que teóricamente no le pertenecía. Y ahora Liora hablaba de él como si realmente hubieran compartido esa misma existencia.

​Liora respiró hondo. No podía contarle la verdad fantástica; ¿cómo iba a explicarle que había vivido físicamente dentro de su propia novela? Ni ella misma habría creído una historia semejante antes del accidente.

​Se limpió los rastros de lágrimas del rostro.

​—Perdón... No sé por qué te estoy contando todo esto.

​Adrien respondió sin apartar la mirada de sus ojos:

​—Porque necesitabas que alguien te escuchara.

​Ella esbozó una leve sonrisa. Resultaba curioso: durante meses había asumido que Adrien Hale era un hombre frío e incapaz de conectar con los sentimientos ajenos, y ahora era la única persona con la que podía llorar abiertamente sin sentirse juzgada.

​En ese instante, el teléfono móvil de Adrien vibró sobre la madera del escritorio. Los dos giraron la cabeza al mismo tiempo mientras la pantalla se iluminaba con un nombre: Leonie Hale.

​Liora frunció ligeramente el ceño al leer ese nombre. Por un segundo, un extraño sobresalto le recorrió la columna vertebral.

​Adrien tomó el teléfono y le dedicó una sonrisa con cierta incomodidad:

​—Es mi hermana...

​Liora dejó escapar el aire de los pulmones. Por un instante, la coincidencia del nombre la había descolocado.

​Adrien rechazó la llamada entrante y volvió a guardar el dispositivo.

​—Luego le devolveré la llamada.

​Liora observó el gesto con atención.

​—¿No vas a contestar?

​—Ahora mismo estoy ocupado.

​Ella sonrió con gratitud sincera. Sabía perfectamente que él estaba priorizando su estado emocional por encima de cualquier otra cosa.

​El silencio regresó a la estancia, pero esta vez era un silencio cálido y reparador. Liora se sentía extrañamente tranquila, como si al fin hubiera dejado descansar una parte del enorme peso que llevaba sobre los hombros desde el día en que despertó en la clínica.

​Se puso de pie lentamente.

​—Gracias...

​Adrien se levantó de inmediato.

​—No tienes nada que agradecerme.

​—Sí —insistió ella—. Porque no intentaste convencerme de que debía olvidarlo.




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