La tarde transcurrió envuelta en una calma extraña y pausada. Liora regresó a su escritorio, respondió correos pendientes y revisó algunas correcciones. Conversó durante unos minutos con Gabriel sobre el rediseño conceptual de una portada e intentó enfocarse de lleno en la rutina de la oficina.
Sin embargo, una parte de su mente continuaba atrapada en aquel despacho. En aquellos brazos que la habían sostenido, en la empatía de su mirada y en la promesa silenciosa de sus palabras: «No voy a pedirte que olvides a alguien que fue importante para ti».
Jamás imaginó escuchar una frase tan comprensiva de boca de Adrien Hale. Y, sin embargo... había sido precisamente él quien la había pronunciado, despojándose de toda frialdad.
Al otro lado del cristal, Adrien tampoco conseguía concentrarse. Llevaba diez minutos fijos mirando la misma página de un contrato comercial, pero no había logrado procesar una sola cláusula. Su mente solo reproducía el instante en que Liora se derrumbó sobre su pecho y la vibración de su voz pronunciando ese nombre: «Extraño tanto a Killian...».
No cabía duda alguna: ella amaba a ese hombre con una intensidad desbordante que él jamás había presenciado en nadie. Lo que continuaba sin comprender era la verdadera naturaleza del enigma. ¿Por qué cada vez que ella hablaba de Killian, él experimentaba la certeza casi física de conocerlo?
Esa noche, Adrien llegó a su apartamento mucho antes de lo habitual. No preparó café ni encendió el televisor; caminó directamente hacia el salón. El manuscrito de Amor de Tormenta continuaba esperándolo sobre la mesa de centro. Lo tomó entre las manos con un respeto casi reverencial, consciente de que esa carpeta azul ya no era simplemente la obra reescrita de una autora de la casa: era el único mapa donde podía encontrar respuestas.
Abrió la siguiente página y continuó la lectura. Los capítulos avanzaban uno tras otro de manera fluida. El romance entre Killian y Borgia se desarrollaba despacio, lejos de la perfección idealizada: discutían, cometían errores, se perdonaban y aprendían el uno del otro. Y precisamente por eso resultaba tan desgarradoramente real.
Adrien sonrió levemente al adentrarse en una escena donde Killian descubría a Borgia dormida tras quedar rendida escribiendo junto al ventanal. Con naturalidad y ternura, el protagonista la levantaba en brazos para llevarla a la cama. Entonces, una línea en el texto congeló sus pensamientos:
«Nunca imaginó que el mayor privilegio de su vida sería cuidar el sueño de la mujer que amaba.»
Adrien dejó de respirar por un segundo. Aquella frase... él también la había soñado. No la estructura exacta de las palabras, pero sí la esencia pura del sentimiento. Recordaba a la perfección haber llevado a Borgia dormida en sus brazos; recordaba el peso liviano de su cuerpo, el perfume dulce de su cabello y la forma en que ella murmuraba algo ininteligible antes de acomodar el rostro contra su pecho.
Cerró la carpeta de golpe.
—No... —susurró para la soledad del salón—. Otra vez no...
Se puso de pie y comenzó a caminar a pasos rápidos por la sala. Ya no resultaba sostenible seguir convenciéndose de que se trataba de meras coincidencias. Eran demasiadas, demasiado precisas e íntimas como para ser casuales.
Volvió a sentarse en el sofá y abrió el manuscrito una vez más: necesitaba descubrir hasta dónde llegaba esa asombrosa convergencia. Y continuó leyendo.
Mientras tanto, en su propio apartamento, Liora tampoco lograba conciliar el sueño. Había intentado escribir algunas líneas en su cuaderno, pero las palabras se negaban a salir.
Abrió la puerta del balcón y dejó que la brisa nocturna le acariciara el rostro. Pensó en Killian, como hacía cada noche sin falta. Sin embargo, en esta ocasión, otra imagen irrumpió en su mente con nitidez: Adrien.
Sacudió la cabeza, turbada.
—No... —murmuró para sí misma.
Sentía que era una injusticia. No quería traslapar ni confundir ambos recuerdos. Killian había sido el gran amor de su vida, aunque nadie en el mundo real pudiera comprender la naturaleza de esa vivencia. Adrien, por su parte, estaba demostrando ser un hombre profundamente bueno, paciente y atento. Pero no debía ocupar ese espacio. Todavía no. Quizá nunca.
Sin darse cuenta, tomó el teléfono móvil y abrió el chat con Adrien. Repasó los últimos mensajes intercambiados y sonrió con un matiz melancólico. Sus dedos comenzaron a teclear: «Gracias por escucharme hoy». Se detuvo y lo borró de inmediato. Volvió a probar: «Perdón por llorar de esa manera». También lo borró.
Apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá, buscando la forma correcta de expresar lo que sentía sin rebasar ningún límite. Finalmente, redactó una sola frase:
«Gracias por no juzgarme.»
Esta vez sí presionó el botón de enviar. Dejó el dispositivo sobre la mesa sin esperar respuesta alguna, consciente de que era demasiado tarde.
En ese mismo instante, el teléfono de Adrien vibró sobre el sofá. Levantó la vista del manuscrito y leyó el nombre de Liora en la pantalla. Movido por un impulso inmediato, abrió el mensaje y leyó las cinco palabras.
Permaneció inmóvil durante unos segundos. Después, comenzó a teclear despacio, borró, volvió a escribir y borró nuevamente. Jamás en su vida había reflexionado tanto para enviar un mensaje corto.