El teléfono vibró suavemente entre las manos de Liora. Leyó la respuesta una sola vez:
«Nunca tendrías que pedir perdón por sentir. Buenas noches, Liora. Descansa.»
Una sonrisa melancólica se dibujó en sus labios. No respondió; se limitó a apagar la pantalla y apoyar el dispositivo sobre la mesa de noche. Aquellas palabras le aportaron una serenidad imprevista. Adrien no intentaba apresurar la cicatrización de su duelo ni competía con el recuerdo constante de Killian: simplemente permanecía allí, con una presencia constante y respetuosa. Y quizás eso era, precisamente, lo que más profundo le llegaba al corazón.
***
En el apartamento de Adrien, el descanso volvió a resistirse. Regresó al sofá, abrió la carpeta azul de Amor de Tormenta y continuó la lectura. Los capítulos se sucedían hasta que llegó a una pasaje que lo obligó a ralentizar el ritmo.
Killian y Borgia se encontraban en la biblioteca de la mansión. Ella leía plácidamente junto al fuego de la chimenea mientras él fingía revisar unos expedientes sobre la mesa; en realidad, la contemplaba a escondidas.
Adrien esbozó una leve sonrisa: la escena le resultó peligrosamente familiar. Continuó leyendo:
«Descubrió que podía pasar horas enteras contemplándola sin aburrirse jamás.»
Cerró los ojos un instante. Aquella frase describía con una precisión casi dolorosa lo que le venía ocurriendo desde que Liora había regresado a las oficinas de la editorial. Le resultaba imposible apartar la mirada de ella, sin importar si estaba concentrada trabajando, si conversaba con Gabriel o si caminaba distraída por el pasillo. Siempre terminaba buscándola, del mismo modo en que Killian buscaba a Borgia.
Un escalofrío helado le recorrió la espalda.
—No puede ser... —susurró para la penumbra del salón.
Volvió unas páginas atrás y avanzó nuevamente, buscando algún detalle divergente, algo que rompiera la aplastante similitud. No lo encontró. Cuanto más leía, más arraigaba en él la convicción de estar recordando vivencias de su propia existencia.
El cansancio terminó por vencerlo cerca de las dos de la madrugada. Apoyó la cabeza en el respaldo del sofá para descansar la vista unos minutos, con el manuscrito descansando abierto sobre su pecho. Cerró los ojos y la visión regresó de inmediato.
La lluvia golpeaba con fuerza los ventanales de la mansión Mercerheart. Killian permanecía de pie frente al fuego rugiente de la chimenea, aguardando.
La puerta de la estancia se abrió despacio y Borgia entró empapada: tenía la melena roja pegada al rostro y el vestido completamente anegado por el agua. Él avanzó hacia ella sin pronunciar palabra, le retiró con cuidado el abrigo húmedo y tomó una toalla para secarle el cabello con una delicadeza aprendida.
—Vas a enfermarte —murmuró Killian.
Borgia le dedicó una sonrisa tibia.
—Me estabas esperando.
—Siempre.
Ella alzó una mano y acarició suavemente su mejilla.
—¿Sabes qué es lo que más miedo me da? —preguntó.
Killian negó con la cabeza.
—Olvidar el sonido de tu voz.
El corazón de Adrien se detuvo en seco dentro del sueño. Porque esa frase... él jamás la había leído en el manuscrito. Todavía no había llegado a ese capítulo. Y, sin embargo, la estaba escuchando con absoluta claridad. Podía sentir el calor de la palma de Borgia sobre su piel, percibir el olor a tierra mojada por la lluvia y escuchar el crepitar de la leña. Todo poseía una textura demasiado real.
Killian apoyó su frente contra la de ella.
—Aunque el mundo entero desaparezca... siempre volveré a encontrarte.
La escena comenzó a desdibujarse en bordes difusos: la lluvia, la chimenea y los muros de la mansión se disolvieron gradualmente en la penumbra.
Adrien despertó de golpe, erguido sobre el sofá y con la respiración entrecortada.
Miró de inmediato el manuscrito y comenzó a hojearlo con manos temblorosas, buscando desesperadamente la escena de la lluvia. Pasó una página, otra y otra más. No estaba. Continuó buscando con creciente frenesí en las hojas siguientes y revisó el índice de capítulos. Nada.
La escena sencillamente no existía en el papel.
Permaneció inmóvil durante largos minutos con la carpeta abierta sobre las piernas. La única explicación lógica que se había construido acababa de desmoronarse por completo. Aquella visión no provenía de la lectura: había soñado una escena que Liora jamás llegó a escribir. Y, aun así, él estaba mil por ciento seguro de haberla vivido en carne propia.
Se llevó ambas manos al rostro, abrumado.
—¿Qué me está pasando...? —susurró con la voz quebrada.
La pregunta quedó flotando en el silencio del apartamento. Pero, por primera vez desde que comenzaron aquellos episodios nocturnos, una hipótesis imposible empezó a tomar forma en su mente, infundiéndole tanto pavor como esperanza.
¿Y si aquellos recuerdos no pertenecían a un personaje ficticio llamado Killian? ¿Y si, de alguna manera incomprensible para la razón, también eran suyos?