El amanecer encontró a Adrien sentado en el mismo sofá de la sala. El manuscrito continuaba abierto frente a él y no había logrado volver a conciliación el sueño en toda la madrugada.
La escena de la lluvia continuaba reproduciéndose una y otra vez en su memoria. Y había un detalle en particular que no dejaba de inquietarlo de forma profunda. En la visión, Borgia no había dicho: «Tengo miedo de perderte». Había dicho algo mucho más específico e íntimo: «Tengo miedo de olvidar el sonido de tu voz».
Era una frase demasiado precisa. No parecía fruto de la imaginación ni del azar; parecía... un recuerdo genuino.
Adrien cerró la carpeta azul despacio. Por primera vez desde que comenzaron aquellas experiencias nocturnas, sintió la necesidad imperiosa de hacer algo que nunca antes había considerado: hablar directamente con Liora. No para revelarle toda la maraña de sus visiones, no todavía, sino para formularle una sola pregunta.
Las oficinas de Alfieri Publishing despertaban gradualmente a la rutina. Liora llegó unos minutos antes de las ocho de la mañana, vistiendo sencillo, con el cabello recogido y una taza de café humeante en la mano.
Había dormido notablemente mejor. No porque la ausencia de Killian hubiera dejado de dolerle, sino porque, por primera vez desde que despertó en la clínica, alguien había acogido ese dolor sin juzgarla ni intentar arrancárselo por la fuerza.
Mientras caminaba hacia su escritorio, el teléfono móvil vibró en su bolso. Al revisar la pantalla, vio un nuevo mensaje de Adrien Hale:
«Cuando tengas un momento, ¿podemos hablar?»
Nada más. Sin explicaciones corporativas ni urgencias aparentes. Liora sonrió suavemente sin darse cuenta y tecleó de inmediato:
«Claro. En cuanto deje mis cosas.»
Le sorprendió la inmediatez de la réplica:
«Gracias.»
Una sola palabra, pero suficiente para transmitirle la certidumbre de que aquella no sería una conversación de rutina.
Adrien permanecía de pie contemplando la ciudad a través del ventanal cuando ella llamó suavemente al cristal.
—¿Puedo pasar?
Él se giró al instante.
—Sí, adelante.
Liora cruzó el umbral y cerró la puerta a sus espaldas. Notó de inmediato que algo fuera de lo común ocurría: Adrien lucía ojeras marcadas por el cansancio, la corbata estaba ligeramente desordenada y, sobre el escritorio, el manuscrito de Amor de Tormenta descansaba repleto de notas y pequeños papeles adhesivos. Había leído gran parte de la obra durante la noche.
—¿No dormiste? —preguntó ella con genuina preocupación.
Adrien esbozó una leve sonrisa cansada.
—Muy poco.
Liora dirigió la mirada hacia la carpeta azul.
—Eso significa que seguiste leyendo.
Él asintió en silencio. Transcurrieron unos segundos cargados de expectativa hasta que Adrien tomó aire para romper la tensión.
—Necesito preguntarte algo.
Ella esperó en calma.
—Cuando escribes... ¿todo nace exclusivamente de tu imaginación?
La pregunta tomó a Liora por sorpresa. Inclinó ligeramente la cabeza, evaluando sus palabras.
—Depende. Algunas cosas sí... Otras se quedan conmigo durante mucho tiempo antes de encontrar la forma de convertirse en palabras.
Adrien tragó saliva, buscando medir el alcance de sus indagaciones.
—¿Y alguna vez has escrito algo... sin saber de dónde salió exactamente?
Liora permaneció inmóvil por un instante. Aquella pregunta le heló la sangre en las venas, porque la respuesta absoluta era un sí rotundo: la segunda versión entera de Amor de Tormenta provenía de ese origen. Sin embargo, no podía revelarlo; no podía confesarle que cada diálogo y cada escena eran recuerdos vividos en carne propia.
Sonrió con cierta dificultad para disimular su turbación.
—Supongo que a todos los autores nos ocurre en algún momento. Los personajes terminan por sorprendernos.
Adrien bajó la mirada hacia la madera del escritorio. No era la respuesta reveladora que buscaba, pero en el fondo tampoco esperaba otra.
Abrió el manuscrito en una página señalada previamente y giró la carpeta hacia ella.
—Anoche leí esto.
Liora examinó el párrafo indicado y lo reconoció al instante: era la escena en la que Killian contemplaba dormir a Borgia por primera vez. Una emoción silenciosa y transparente le iluminó el rostro.
—Es una de mis favoritas —murmuró.
Adrien alzó la vista despacio hacia ella.
—¿Por qué?
Liora acarició con la yema de los dedos el borde de la hoja impresa y sonrió con una melancolía que no pudo ocultar.
—Porque fue la primera vez que Killian dejó de mirar a Borgia con los ojos... y empezó a verla con el corazón.