Liora permaneció unos segundos contemplando la página abierta. Sus dedos acariciaron apenas el borde del papel, atrapada en un flujo de memorias silenciosas. Era curioso: había escrito aquellas palabras recordando una noche que jamás debería haber existido en la realidad y, sin embargo, cada emoción seguía viva y latente dentro de ella.
Adrien no apartaba la vista de su rostro. No estaba observando a la autora evaluando su obra; estaba observando a una mujer que parecía añorar un mundo entero escondido entre aquellas líneas impresas.
—Cuando hablas de Killian... —murmuró él con voz pausada—, da la impresión de que realmente lo conociste.
Liora sintió que el corazón se le detenía por un instante. Temió haber revelado demasiado a través de sus gestos. Levantó lentamente la mirada y le dedicó una sonrisa impregnada de melancolía.
—Los escritores convivimos mucho tiempo con nuestros personajes —explicó con suavidad—. Algunos terminan sintiéndose parte de nuestra propia vida.
Adrien asintió en silencio. Era una explicación lógica, impecable y profesional. Y, sin embargo... no conseguía creerla del todo. Porque ninguna autora lloraba con semejante desolación por una simple figura de ficción. Ninguna.
El teléfono móvil de Adrien vibró sobre la madera del escritorio, notificando el inicio de una reunión en diez minutos. Dejó escapar un suspiro de resignación.
—Tendremos que continuar esta conversación otro día.
Liora sonrió con calidez.
—El trabajo siempre termina ganando.
—Últimamente no estoy tan seguro de eso.
Aquella respuesta espontánea la hizo reír: una risa breve, clara y natural. Adrien experimentó una satisfacción extraña y reconfortante al escucharla; le gustaba verla así, mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir abiertamente.
Liora tomó la carpeta azul del manuscrito para devolvérsela a su lugar, pero al moverla, varias hojas marcadas con notas adhesivas se deslizaron fuera de la carpeta. Ambos se agacharon al mismo tiempo para recogerlas del suelo.
Sus manos volvieron a rozarse en la penumbra bajo el escritorio. Esta vez, ninguno de los dos se apartó de inmediato.
Adrien levantó una de las notas sueltas. En el margen, con su propia caligrafía sobria, había escrito una anotación durante la madrugada: «Aquí Killian deja de reaccionar por orgullo y comienza a amar de verdad».
Liora leyó aquella frase en voz baja. Después, levantó lentamente la vista hacia él con los ojos brillando por una emoción contenida.
—Lo entendiste... —susurró.
Adrien frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué cosa?
—A Killian —respondió ella conmovida—. Muchos lectores dirán que cambió de un capítulo a otro de forma repentina. Pero tú viste el momento exacto. No fue un cambio brusco... fue un despertar.
Adrien permaneció inmóvil. Aquellas palabras le provocaron un escalofrío recorriéndole la nuca, porque esa misma sensación llevaba días persiguiéndolo en la penumbra de sus noches. No solo Killian había despertado en esa historia; él también estaba despertando a una realidad nueva.
Cuando Liora abandonó la oficina, Adrien se quedó de pie junto al escritorio observando la puerta cerrada. Después, volvió a fijar la mirada en las hojas sueltas del manuscrito.
Jamás en su carrera había hecho tantas anotaciones en la obra de un autor. Cada comentario escrito al margen se sentía ahora como una conversación silenciosa y compartida con Liora. Y eso lo inquietaba profundamente, porque ya no estaba leyendo para decidir el destino comercial de una novela: estaba leyendo para comprender el corazón de la mujer que la había escrito.
Tomó la carpeta azul una vez más y la abrió al azar. Sus ojos se detuvieron en una frase que había subrayado durante la noche:
«Hay amores que llegan para cambiar tu destino... y otros que llegan para enseñarte quién eres.»
Adrien cerró el libro despacio y apoyó la palma de la mano sobre la portada. Una certeza inquebrantable comenzó a echar raíces en su interior. Tal vez nunca pudiera ocupar el lugar de Killian, pero tampoco deseaba hacerlo.
Porque, si algún día Liora volvía a estar lista para enamorarse, él deseaba ser el elegido. No para reemplazar un recuerdo sagrado, sino para construir junto a ella un camino nuevo, lo suficientemente fuerte como para caminar a su lado por el resto de sus vidas.