¿soy Borgia?

CAPÍTULO 47—UN RECUERDO NUEVO

La tarde cayó sobre Alfieri Publishing con una luz dorada que atravesaba los grandes ventanales del departamento editorial.

​Liora intentaba revisar una última prueba de portada, pero las letras bailaban frente a sus ojos. No era cansancio físico; era algo más profundo, esa clase de agotamiento que se instala cuando el corazón lleva demasiados días sosteniendo recuerdos que pesan más que el propio cuerpo.

​Desde la oficina de cristal, Adrien la observó cerrar los ojos un instante. No lo hizo de manera evidente, ni se quedó mirándola como un hombre rendido: Adrien Hale no sabía rendirse con elegancia. Pero sí había comenzado a vigilarla con una atención silenciosa que ni él mismo terminaba de comprender del todo.

​La vio apoyarse apenas en el respaldo de la silla. La vio llevarse una mano a la sien. La vio intentar continuar trabajando como si no ocurriera nada.

​Tomó su teléfono y tecleó:

«Ven a mi oficina cuando termines esa página.»

​Liora leyó el mensaje y levantó la mirada hacia él. Adrien no apartó la vista. Ella arqueó una ceja desde la distancia, como queriendo preguntarle si aquello era una orden o una invitación. Él se limitó a señalar el manuscrito sobre su mesa.

​Liora suspiró, dejó el bolígrafo sobre la madera y se puso de pie. Gabriel, que pasaba por allí con una carpeta de muestras bajo el brazo, se detuvo a su lado.

​—¿Todo bien?

​—Sí —respondió Liora—. Adrien me llamó.

​Gabriel dirigió una mirada hacia la oficina de cristal y sonrió con picardía.

​—Últimamente te llama mucho.

​Liora sintió que el calor le subía de golpe al rostro.

​—Es mi editor.

​—Claro —dijo Gabriel, divertido—. Y yo soy un monje del diseño gráfico.

​Ella le lanzó una mirada de advertencia.

​—Gabriel.

​—Ya voy, ya voy —levantó las manos entre risas y continuó su camino.

​Liora respiró hondo antes de dirigirse hacia el despacho. No entendía por qué cada vez que cruzaba ese umbral sentía que atravesaba una línea invisible. Quizá porque esa oficina ya no era únicamente el lugar donde Adrien había destrozado su manuscrito; también era el refugio donde la había sostenido cuando ella pronunció el nombre de Killian en voz alta por primera vez.

​Tocó la puerta.

​—Pasa —dijo él.

​Liora entró y cerró con suavidad. Adrien estaba de pie junto a su escritorio; la chaqueta descansaba sobre el respaldo de la silla y llevaba las mangas de la camisa ligeramente remangadas. Había un matiz de cansancio en su expresión, pero jamás lucía descuidado. Nunca parecía descuidado, ni siquiera cuando no dormía.

​—¿Terminaste esa página? —preguntó.

​—No.

​—Entonces desobedeciste.

​Liora parpadeó.

​—¿Perdón?

​Adrien levantó una ceja.

​—Te dije que vinieras cuando terminaras esa página.

​Ella se cruzó de brazos.

​—Y yo decidí venir antes para descubrir por qué me das órdenes por mensaje.

​Se hizo un breve silencio. Luego Adrien sonrió apenas, pero lo suficiente para desarmarla por completo.

​—Touché.

​Liora soltó una pequeña risa. Adrien la observó con atención: le gustaba esa risa, le gustaba demasiado. Se obligó a volver al motivo real por el que la había llamado.

​—No has almorzado bien —dijo.

​La sonrisa de Liora se desvaneció.

​—Otra vez con eso.

​—Sí.

​—Adrien...

​—No es una sugerencia.

​Ella lo miró fijamente.

​—Eso sonó muy parecido a una orden.

​—Probablemente porque lo fue.

​Liora abrió la boca para protestar, pero él se adelantó.

​—Antes de que empieces: no voy a obligarte a nada. Solo voy a salir a comer y quiero que me acompañes.

​—¿Quieres?

​Adrien guardó silencio un segundo. La palabra le había salido de forma demasiado natural.

​—Sí —respondió al fin—. Quiero.

​Liora bajó la mirada. Aquel hombre tenía una forma peligrosa de decir cosas sencillas. No parecía estar coqueteando ni intentando impresionarla; solo lo decía con absoluta convicción, y eso lo volvía mucho más difícil de esquivar.

​—Tengo trabajo —murmuró.

​Adrien señaló la mesa.

​—El trabajo seguirá aquí cuando volvamos.

​—También tengo una editorial llena de gente que podría malinterpretar que salgamos juntos.

​—No vamos a fugarnos —respondió él—. Vamos a comer.

​Liora no pudo evitar sonreír.

​—Eres imposible.




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