La conversación se fue apagando poco a poco en la pequeña cafetería. No porque faltaran temas, sino porque ninguno de los dos tenía prisa por llenar el silencio con palabras innecesarias.
Era una sensación completamente nueva. Liora jamás imaginó que pudiera permanecer sentada frente a Adrien Hale durante más de una hora sin sentirse examinada o juzgada. Y Adrien, por su parte, descubría algo todavía más inesperado: le gustaba escucharla hablar, y no solo cuando analizaba literatura; le fascinaba verla relatar anécdotas cotidianas e insignificantes. La manera en que movía las manos al explicarse, cómo sonreía antes de llegar al remate de una historia e incluso la forma en que fruncía ligeramente el ceño cuando buscaba el término exacto: todo en ella parecía digno de su atención.
La mesera se acercó a la mesa con la cuenta y Adrien la tomó con total naturalidad. Liora extendió la mano hacia la libreta de cuero.
—Déjame pagar mi parte.
Él negó con la cabeza.
—Te invité yo.
—Adrien...
—La próxima invitas tú.
Ella sonrió con cierta picardía.
—¿Ya estás dando por hecho que habrá una próxima vez?
Adrien levantó la vista y sostuvo su mirada. La respuesta salió de sus labios antes de que su prudencia habitual pudiera analizarla:
—Me gustaría que la hubiera.
Los dos quedaron en silencio durante un instante suspendido. Liora sintió un pequeño vuelco en el pecho. No había sido una declaración formal ni una insinuación atrevida; era una frase sencilla, directa y honesta, y precisamente por eso resultaba imposible de ignorar.
Bajó la mirada hacia su taza vacía.
—Está bien... La próxima invito yo.
Adrien sonrió apenas.
—Trato hecho.
Al salir a la calle, una brisa fresca recorrió las aceras. El cielo comenzaba a cubrirse de nubes espesas y plomizas. Liora respiró profundamente el aire húmedo.
—Huele a lluvia.
Adrien levantó la vista hacia el cielo.
—Sí.
Caminaron uno al lado del otro con pasos tranquilos. Sin tocarse, sin buscar el contacto, pero tampoco haciendo el menor esfuerzo por mantener una distancia forzada. El edificio de la editorial estaba a pocas cuadras, así que no tenían ninguna necesidad de apresurarse.
Mientras cruzaban la plaza de un pequeño parque arbolado, una niña pequeña pasó corriendo a toda velocidad detrás de una pelota que rodaba por el pavimento. Tropezó con el borde de la banqueta y, antes de que pudiera estrellarse contra el suelo, Adrien reaccionó por puro reflejo: dio un paso ágil y la sostuvo firmemente por un brazo para evitar el impacto.
La pequeña levantó la cabeza, asustada, y parpadeó.
—Gracias...
Adrien le dedicó una sonrisa tranquilizadora y suave.
—Con cuidado.
La niña asintió y volvió a correr hacia donde la esperaban sus padres. Liora había observado toda la secuencia en silencio. No comentó nada, pero aquella estampa quedó grabada de inmediato en su memoria: Adrien ni siquiera había dudado antes de intervenir; simplemente actuó para proteger a alguien vulnerable, tal y como había hecho con ella en el hospital.
Continuaron el camino y fue Liora quien decidió romper el silencio.
—¿Siempre has sido así?
Adrien la miró de reojo.
—¿Así cómo?
—Tan... atento.
Él soltó una risa baja y pausada.
—Creo que es la primera vez en mi vida que alguien me hace esa pregunta.
Ella sonrió, mirándolo de frente.
—Respóndela.
Adrien tardó unos segundos en encontrar las palabras.
—No lo sé. Antes creía que prestar demasiada atención a los sentimientos de las personas hacía mucho más difícil tomar decisiones frías. Como editor general necesitaba ser implacablemente objetivo.
—¿Y ahora?
Él dio un par de pasos más antes de confesar:
—Ahora descubrí que ser objetivo no sirve de mucho si olvidas que las personas sienten.
Liora guardó silencio. Aquellas palabras parecían destinadas a ella y a la forma en que él había recibido su manuscrito original. Sin embargo, en el fondo, Adrien hablaba consigo mismo: seguía intentando comprender la brecha entre el hombre que había sido antes del accidente y el que estaba emergiendo ahora.
Cuando cruzaron las puertas de Alfieri Publishing, Gabriel los esperaba de pie junto al mostrador de recepción. Al verlos entrar juntos, levantó ambas cejas con una sonrisa mal disimulada.
—Vaya... pensé que se habían perdido en el camino.
Liora rodó los ojos con diversión.
—Solo fuimos a almorzar.
—Una hora y cuarenta minutos —corrigió Gabriel, mirando exageradamente la esfera de su reloj—. Qué almuerzo tan... ejecutivo.