La editorial quedó en penumbra cuando el último empleado apagó las luces del departamento. Solo una oficina permanecía iluminada: la de Adrien Hale. Sobre su escritorio descansaba el manuscrito de Amor de Tormenta. Quedaban apenas tres capítulos para el final. Había intentado postergar la lectura para el día siguiente, pero fue imposible: necesitaba terminarlo esa misma noche. No como el director de la editorial, sino como hombre.
Al llegar a su apartamento, el ruido del mundo exterior volvió a desvanecerse. No hubo café de por medio, ni televisión encendida, ni llamadas pendientes; solo existían él y las páginas del libro.
Se acomodó en el sofá, respiró hondo y pasó la hoja. Las últimas escenas comenzaron a desplegarse ante sus ojos con una fuerza arrolladora: Killian y Borgia ya no luchaban el uno contra el otro, ahora luchaban juntos. Los conflictos externos persistían, pero el miedo se había evaporado porque ambos habían comprendido que ninguna adversidad era más poderosa que el vínculo que habían construido.
Adrien leyó sin pausa. Sonrió con ternura, se conmovió con cada revelación, rió con un par de réplicas ingeniosas y, sin darse cuenta, experimentó un orgullo inmenso hacia Liora. No había escrito un simple romance de catálogo: había plasmado una vida entera.
Llegó entonces al pasaje de la renovación de votos y su respiración se tornó pausada. Conocía aquella escena; la había soñado con absoluta nitidez antes incluso de leerla en el papel. Cada palabra impresa confirmaba un recuerdo latente, no una ficción.
Killian aguardaba junto al altar improvisado en el jardín de la mansión. No vestía el traje impecable y protocolario del día de su boda, sino ropas sencillas, como el hombre que ya no necesitaba escudarse tras el poder. Borgia apareció caminando entre los rosales en flor, con su vestido blanco ondeando con la brisa y su melena roja brillando bajo los tonos cobrizos del atardecer. Killian le sonrió exactamente igual que en la visión nocturna.
Adrien detuvo la lectura un instante y cerró los ojos. Podía verlo; más aún, podía sentirlo: el perfume dulce de las rosas, el rumor del viento y la calidez tibia de esa tarde. Todo tenía una textura abrumadoramente real.
Abrió nuevamente la carpeta y continuó:
«Prometí protegerte el día que nos casamos. Hoy quiero prometerte algo distinto: quiero seguir eligiéndote todos los días que me queden de vida.»
Adrien sintió un nudo apretándole la garganta al avanzar por las líneas:
«Te amo, Borgia.»
Aquellas dos palabras parecieron quebrar una compuerta en su interior. Una lágrima resbaló lentamente por su mejilla. No comprendía la causa exacta de su llanto, solo sabía que aquel hombre del papel le resultaba desgarradoramente cercano.
Mientras tanto, en su propio hogar, Liora permanecía sentada frente a la pantalla del ordenador. Intentaba esbozar una nueva historia, pero el documento seguía en blanco. Había tecleado un título para borrarlo de inmediato; ensayó el nombre de una nueva protagonista y también lo eliminó.
Dejó escapar un suspiro y cerró la computadora portátil. Era demasiado pronto: su alma aún habitaba entre las páginas de Amor de Tormenta.
Se acercó a la ventana para contemplar la noche. Pensó en Adrien, en la calidez del almuerzo compartido y en la forma en que él la había escuchado sin exigirle explicaciones ni juzgar su dolor. Una parte de su corazón comenzaba a encontrar sosiego a su lado, y esa paz la llenaba de vértigo, porque significaba que su duelo estaba cambiando de forma. No desaparecía, pero se transformaba en algo nuevo.
En el salón de su apartamento, Adrien alcanzó las páginas finales. Killian tomó ambas manos de Borgia y la miró como si el resto del universo se hubiera disuelto alrededor de ellos.
«Gracias por no rendirte conmigo. Gracias por enseñarme a amar. Gracias por quedarte cuando yo mismo no merecía que lo hicieras.»
Adrien respiraba con dificultad mientras las lágrimas caían libremente sobre las hojas. Entonces leyó la última promesa:
«Aunque exista otra vida... aunque exista otro mundo... si alguna vez vuelvo a encontrarte, volveré a enamorarme de ti.»
Adrien cerró el libro de golpe contra su pecho. Aquellas palabras no las estaba descubriendo: las estaba recordando desde lo más profundo de su ser. Se llevó una mano al corazón, abrumado por un vacío insondable, como si acabara de despedirse del amor más grande que jamás hubiese experimentado.
—¿Quién eres...? —susurró con la voz rota—. ¿Quién eres para mí, Killian?
El silencio de la madrugada no ofreció respuestas. El cansancio terminó por doblegarlo y el manuscrito resbaló suavemente sobre el tapizado del sofá. Adrien cerró los ojos y la última visión dio comienzo.
El jardín se hallaba bañado por la luz dorada del crepúsculo. Los rosales se mecían con suavidad y Killian permanecía de pie, a solas, aguardando con calma.
Esta vez Adrien no observaba la escena como un espectador lejano: estaba allí, cara a cara con él. Los dos hombres se miraron en silencio durante largos segundos. No compartían los mismos rasgos físicos, pero reflejaban la misma serenidad en la mirada, la misma templanza y el mismo amor incondicional.