¿soy Borgia?

CAPÍTULO 50 — EL LIBRO QUE CAMBIÓ DOS VIDAS (PARTE 1)

El despertador sonó a las seis y media de la mañana. Adrien abrió los ojos con lentitud y, por primera vez en varias semanas... no había soñado nada.

​Permaneció inmóvil, mirando el techo en silencio. Esperó escuchar el rumor de la lluvia golpeando los ventanales de la mansión, el aroma de los rosales meciéndose con el viento o la silueta imponente de Killian. Nada ocurrió; únicamente lo envolvía la quietud de su propio apartamento.

​Se incorporó despacio. El manuscrito de Amor de Tormenta continuaba sobre el sofá, abierto en la última página. Lo tomó entre sus manos y lo cerró con cuidado reverencial, como quien concluye una historia que ya forma parte indisoluble de su propia existencia. Apoyó la palma sobre la portada y murmuró:

​—Gracias...

​No sabía con exactitud a quién dirigía aquellas palabras: quizá a Liora, quizá a Killian, o tal vez a ambos.

​Esa mañana, la sede de Alfieri Publishing vibraba con una energía diferente. Los empleados iban y venían por los pasillos cargando cajas recién desembarcadas de la imprenta y el olor penetrante a tinta fresca impregnaba todo el primer piso.

​Gabriel irrumpió en el departamento editorial sosteniendo un volumen encuadernado entre las manos, incapaz de contener la emoción:

​—¡Llegaron!

​Su entusiasmo hizo que varias cabezas se alzaran al unísono. Liora salió de su puesto movida por la curiosidad.

​—¿Ya están aquí?

​Gabriel sonrió de oreja a oreja.

​—Ven, tienes que ver esto.

​Ella caminó hacia él a paso rápido y, al extender la vista, lo contempló por primera vez en su formato definitivo: Amor de Tormenta. Su nombre figuraba con elegancia bajo el título, el acabado mate de la portada atrapaba la luz con sobriedad y las letras doradas parecían cobrar vida propia sobre el papel.

​Liora no pronunció palabra. Extendió lentamente las manos, tomó el ejemplar y sintió el peso tangible entre sus dedos. El corazón le martilleó con fuerza: aquellas páginas ya no eran un archivo frío en una pantalla ni un fajo de hojas corregidas a mano; eran una realidad.

​Acarició la textura de la cubierta con la yema de los dedos y las lágrimas comenzaron a agolparse en sus ojos.

​Gabriel la observó con una sonrisa emocionada.

​—¿Qué te parece?

​Ella apenas logró articular una respuesta con la voz quebrada:

​—Es... es precioso...

​Desde el umbral de su oficina, Adrien contemplaba la escena sin intención de interrumpir. Conocía a la perfección el significado sagrado de ese instante para cualquier autor. Aguardó con paciencia hasta que Gabriel se alejó para exhibir los demás ejemplares al equipo de marketing, y solo entonces se acercó con pasos tranquilos.

​Liora continuaba absorta en la portada, como si todavía le costara asimilar la existencia física de la obra. Adrien se detuvo a su lado.

​—¿Puedo?

​Ella alzó la mirada, sonrió entre lágrimas y le entregó el ejemplar sin decir nada. Adrien lo sostuvo con respeto y pasó la mano despacio por la cubierta antes de abrir la primera página. Leyó en silencio durante unos segundos, hojeó el interior y se detuvo en un capítulo al azar para repasar un fragmento antes de volver a cerrarlo.

​Liora aguardaba con el pulso acelerado, sintiendo los mismos nervios que la habían consumido en aquella sala de juntas meses atrás.

​Adrien levantó la vista. Durante unos instantes no dijo nada, pero luego esbozó una sonrisa amplia y franca, desprovista de cualquier reserva:

​—Felicidades, Liora.

​Ella tragó saliva para contener el nudo en su garganta.

​—He leído cientos de novelas desde que asumí la dirección de esta editorial —continuó él tras una breve pausa—, pero muy pocas consiguen que el lector se olvide por completo de que está leyendo una ficción.

​Adrien dio un paso más hacia ella y le devolvió el libro.

​—No escribiste una simple historia de amor. Escribiste una historia sobre el perdón, sobre las segundas oportunidades y sobre la valentía de aprender a mirar de nuevo a la persona que tenemos delante.

​La emoción desbordó a Liora por completo y las lágrimas comenzaron a deslizarse en silencio por sus mejillas. Adrien la miró con infinita ternura.

​—Y creo firmemente que es el mejor libro que Alfieri Publishing ha publicado en muchos años.

​Liora se llevó una mano a la boca, abrumada. Escuchar ese juicio de boca del mismo hombre que tiempo atrás había destrozado sin piedad el primer borrador le resultaba sobrecogedor.

​Adrien comprendió de inmediato el recuerdo que cruzaba por su mente. Bajó el tono de voz, impregnándolo de una sinceridad desarmante:

​—Aquel día fui demasiado duro contigo.

​Liora negó despacio con la cabeza.

​—No... Tenías razón.

​—No del todo —la corrigió él, sosteniéndole la mirada con firmeza—. El problema nunca fue que no supieras escribir; el problema... era que todavía no habías vivido la historia que querías contar.




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