¿soy Borgia?

CAPÍTULO 50 — EL LIBRO QUE CAMBIÓ DOS VIDAS (PARTE 2)

Liora permaneció inmóvil, sosteniendo el ejemplar de Amor de Tormenta contra el pecho como si temiera que alguien pudiera arrebatárselo en cualquier momento. No recordaba la última vez que había llorado de pura felicidad; tal vez jamás lo había hecho. A su lado, Adrien tampoco dijo nada: a veces el silencio era la forma más elocuente de respetar un momento sagrado.

​—¡Hay que celebrar! —la voz enérgica de Gabriel rompió la atmósfera íntima del departamento. Apareció cargando una caja de pastelitos surtidos y una bolsa repleta de vasos de cartón, seguido de cerca por Clara y dos integrantes del equipo de marketing—. La cafetería de la esquina no tenía champaña —anunció con absoluta seriedad—, así que traje café cargado.

​Clara soltó una carcajada.

​—Es la celebración más fiel a la vida editorial que he visto.

​—Exactamente —Gabriel comenzó a repartir los vasos entre el grupo—. El presupuesto no alcanzó para lujos de diseñador, pero sí para una buena dosis de azúcar.

​Liora rió con soltura, sintiendo cómo esa espontaneidad terminaba de disipar la tensión acumulada. Gabriel alzó su vaso a modo de brindis improvisado:

​—Quiero decir unas palabras. Cuando llegó la primera versión de esta novela, pensé con total honestidad que Liora necesitaba tres meses de vacaciones en una isla remota.

​Las risas se extendieron por la oficina. Liora le lanzó una mirada fingidamente ofendida.

​—Gracias por la desbordante confianza, Gabriel.

​—Todavía no termino —Gabriel sonrió con afecto sincero—. Después vi cómo trabajaste sin descanso durante meses: reescribiste cada capítulo, peleaste con cada escena y hoy tenemos esto en las manos —levantó el ejemplar encuadernado—. Así que felicidades, porque este libro demuestra que las mejores historias no siempre nacen perfectas desde el primer borrador. A veces... se ganan a pulso.

​Los aplausos resonaron en el área editorial y Liora sintió el calor de las lágrimas asomando otra vez. Adrien contempló la escena desde un rincón, invadido por un orgullo profundo y genuino hacia ella.

​Minutos más tarde, el pequeño grupo se dispersó para retomar sus tareas y la oficina recuperó su cadencia cotidiana. Gabriel se marchó al área de diseño, Clara volvió a su mostrador y solo quedaron Adrien y Liora de pie junto al ventanal bañado de luz.

​Él tomó uno de los ejemplares de la mesa y abrió la primera página.

​—Hay algo que todavía no he leído.

​Liora frunció ligeramente el ceño.

​—¿Qué cosa?

​—La dedicatoria.

​Un leve sobresalto le recorrió el pecho; la había terminado de redactar la noche anterior y no imaginó que Adrien la leería en su presencia. Él pasó la hoja de cortesía y sus ojos recorrieron las líneas impresas. El tiempo pareció detenerse en la estancia: leyó una vez, luego una segunda y levantó la vista en completo silencio.

​Liora sintió el pulso acelerado.

​—¿Está... demasiado cursi? —preguntó con una sonrisa tímida.

​Adrien negó con la cabeza lentamente.

​—No.

​Bajó la vista de nuevo hacia la página y leyó en un murmullo pausado:

«A Borgia, por enseñarme que ningún corazón merece vivir condenado.

A Killian, por demostrarme que el amor puede cambiar incluso al hombre más frío.

Y a Adrien Hale, porque, sin saberlo, me enseñó que algunas historias no terminan cuando cerramos un libro, sino cuando encontramos el valor para volver a amar.»

​Un silencio espeso los envolvió. Adrien cerró el libro con una delicadeza reverencial. Había leído miles de dedicatorias a lo largo de su carrera editorial, pero ninguna lo había despojado de palabras de esa manera.

​Miró a Liora, quien aguardaba su veredicto entre el pudor y la expectativa.

​—No merezco estar ahí —dijo finalmente con voz grave.

​Liora dio un paso hacia él.

​—Sí lo mereces.

​Adrien negó con suavidad.

​—Yo fui quien destrozó la primera versión sin contemplaciones.

​—No —insistió ella, sosteniéndole la mirada con una ternura inédita—. Tú fuiste quien me obligó a comprenderla. Si aquel día no hubieras sido tan implacable conmigo, jamás habría entendido cuánto le debía a Borgia, ni cuánto necesitaba cambiar Killian.

​Adrien sintió un nudo apretándole la garganta. Durante toda su vida profesional había creído que las palabras servían para pulir textos ajenos; en ese instante descubrió que también tenían el poder de transformar destinos enteros.

​La jornada concluyó antes de lo habitual. Mientras el resto del personal comenzaba a marcharse, Liora guardó con sumo cuidado su ejemplar dentro del bolso. Adrien se acercó a su escritorio.

​—¿Ya te vas?

​Ella asintió con una sonrisa tranquila.

​—Quiero llegar temprano a casa; creo que voy a volver a leerlo esta misma noche.

​Él sonrió con ironía amable.




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