La lluvia acompañó a Adrien durante todo el trayecto de regreso. Las gotas golpeaban el parabrisas con una cadencia rítmica y constante que, de forma insólita, le resultaba profundamente reconfortante. Apenas unas semanas atrás habría considerado esa tormenta un simple contratiempo urbano; ahora solo evocaba en su mente un jardín repleto de rosales y la presencia de un hombre que desafiaba toda lógica.
Al entrar en su apartamento, dejó las llaves sobre la consola del vestíbulo y la chaqueta sobre el respaldo de una silla. No encendió el televisor ni preparó café; caminó directo hacia el sofá y tomó el primer ejemplar impreso de Amor de Tormenta que Liora le había entregado antes de marcharse.
Lo abrió con lentitud, no para releer el texto, sino para sentir el peso tangible de esas páginas. Sus dedos recorrieron las líneas impresas de la dedicatoria y se detuvieron sobre su propio nombre:
«...Y a Adrien Hale, porque, sin saberlo, me enseñó que algunas historias no terminan cuando cerramos un libro, sino cuando encontramos el valor para volver a amar.»
Cerró los ojos un instante. Jamás imaginó recibir un agradecimiento de semejante calibre, y mucho menos de Liora, la mujer a la que meses atrás había dejado destrozada en una sala de juntas. Sonrió con un dejo de melancolía: la vida tenía métodos peculiares y certeros para redimir a las personas.
Apagó la lámpara del salón y entró en su habitación. Se acostó sin revisar correos pendientes ni consultar el teléfono móvil. El sueño lo envolvió casi de inmediato y, como si hubiera estado aguardando ese preciso instante, el jardín de la mansión se desplegó ante él una última vez.
Era primavera en aquel mundo. Los rosales lucían en plena floración y el aire olía a tierra mojada mezclada con el perfume dulce de los pétalos abiertos. Adrien avanzó por el sendero de piedra con pasos seguros, sin extrañeza alguna: conocía a la perfección cada recodo, cada banco de hierro forjado y cada sombra del lugar.
Al fondo del camino distinguió una silueta familiar. Killian permanecía de espaldas, contemplando el horizonte teñido por el ocaso con las manos en los bolsillos, como si hubiera sabido desde siempre que ese encuentro final tendría lugar.
Adrien se acercó sin que la grava crujiera bajo sus pies. Al quedar a su lado, ninguno de los dos pronunció palabra: compartían ese silencio natural que solo pertenece a quienes custodian una verdad imposible de explicar.
La brisa comenzó a dispersar los pétalos alrededor de ambos. Killian esbozó una leve sonrisa sin apartar la mirada del paisaje.
—Terminaste la historia.
No era una pregunta. Adrien asintió despacio.
—Sí.
—¿Te gustó?
Adrien dejó escapar una risa suave y honesta.
—Más de lo que puedo poner en palabras.
Killian sonrió también, desprovisto por completo de la rigidez y el orgullo del pasado; era el semblante de un hombre que al fin había hallado la paz absoluta.
Contemplaron el jardín en calma durante unos instantes hasta que Adrien rompió la quietud con una confesión contenida:
—La extraño.
Killian giró el rostro hacia él con serenidad total, sin necesidad de pedir nombres.
—Yo también —respondió.
Adrien sintió un nudo áspero en la garganta.
—Pensé que dolería menos.
Killian bajó la vista hacia un rosal blanco, cortó una flor con cuidado entre las espinas y la sostuvo entre sus dedos.
—El verdadero amor nunca deja de doler del todo; simplemente aprendemos a convivir con su ausencia.
Adrien observó la flor en su mano. Una sensación de familiaridad absoluta lo atravesó, como si ambos estuvieran despidiendo a alguien infinitamente más grande que sus propias existencias.
Killian alzó la mirada. No había vestigios de tristeza en sus ojos, únicamente una gratitud desbordante y luminosa. Recorrió el jardín con una última mirada, respiró hondo y sonrió con la ligereza de quien se ha desprendido de cualquier culpa terrenal.
El viento arreció con suavidad y una lluvia de pétalos cobrizos y blancos se elevó en espiral. El entorno comenzó a bañarse de una luz cálida y envolvente que no deslumbraba, sino que transmitía un sosiego absoluto.
Killian cerró los ojos un breve instante y, al abrirlos, habló con la tranquilidad con la que un viejo amigo se despide para siempre:
—Gracias.
Adrien frunció apenas el ceño, buscando una explicación.
—¿Por qué?
Killian no respondió con palabras; se limitó a sonreír y dar un paso hacia atrás mientras la claridad comenzaba a disolver los contornos del jardín.
Adrien comprendió, con una lucidez definitiva, que aquel sería su último sueño. Quiso detener el curso de las cosas, formular preguntas y retener la visión, pero ninguna voz brotó de su garganta. Permaneció inmóvil, contemplando cómo el hombre al que había aprendido a respetar y comprender se desvanecía entre la luz y los rosales, en paz, como quien finalmente encuentra el camino de regreso a casa.