¿soy Borgia?

CAPÍTULO 52— CUANDO ABRAS EL CORAZÓN

Adrien permaneció inmóvil. La luz envolvía lentamente el jardín mientras los pétalos de las rosas danzaban alrededor de Killian, empujados por una brisa suave que parecía despedirse de todo cuanto había ocurrido en aquel lugar.

​No sintió miedo, sino una nostalgia tan profunda que le oprimía el pecho con fuerza física.

​—¿Volveré a verte? —la pregunta escapó de sus labios casi sin darse cuenta.

​Killian detuvo sus pasos. No giró de inmediato; permaneció unos segundos contemplando el horizonte antes de volver lentamente el rostro. Sonrió con la misma serenidad con la que había mirado a Borgia el día en que renovaron sus votos: una expresión llena de paz, sin una sola sombra de culpa.

​—No cuando cierres los ojos —respondió con tranquilidad. Hizo una breve pausa y añadió—: Pero quizá... cuando abras el corazón.

​Adrien sintió un escalofrío recorriéndole la nuca. Aquellas palabras encerraban un significado que todavía no lograba descifrar por completo. Quiso interrogarlo, pero no lo hizo; intuyó que ciertas certezas solo se revelan en el momento exacto.

​Killian dio un paso más hacia la claridad. Los árboles, los senderos de grava y los rosales comenzaron a desdibujarse, transformándose en un recuerdo lejano. Entonces, volvió la cabeza una última vez: no dijo adiós ni levantó la mano, simplemente sostuvo la mirada de Adrien durante unos segundos y asintió despacio. Un gesto mudo que condensaba una promesa: todo estará bien.

​La luz lo envolvió por completo, el jardín se desvaneció y el silencio reclamó su espacio.

​Adrien despertó sobresaltado en la penumbra de su habitación. Miró el reloj de la mesa de noche: las cuatro y doce de la madrugada. Con la respiración agitada, se incorporó lentamente sobre el colchón. Aguardó escuchar aquella voz una vez más o percibir el perfume dulce de las flores húmedas, pero nada ocurrió. El sueño había concluido y, en lo más profundo de su ser, supo con certeza absoluta que no volvería.

​Permaneció sentado durante largos minutos. Curiosamente, ya no experimentaba la desesperación de las primeras semanas, sino una tristeza serena, semejante a la que deja la última página de un libro inolvidable.

​Se levantó y caminó descalzo hasta la sala. El ejemplar de Amor de Tormenta descansaba sobre la mesa. Lo tomó entre sus manos, abrió la primera página y pasó las yemas de los dedos sobre la dedicatoria sin necesidad de releerla. Cerró el volumen contra su pecho y dejó escapar un suspiro largo.

​—Gracias... —murmuró para la soledad del apartamento.

​No supo si aquellas palabras iban dirigidas a Liora, a Killian o a la memoria compartida de ambos. Ya no importaba, porque por primera vez desde el inicio de las visiones sintió que algo dentro de él finalmente descansaba en paz.

​Al amanecer, Liora despertó envuelta en una extraña sensación de calma. Hacía semanas que abría los ojos anticipando el vacío asfixiante que dejaba la ausencia de Killian. Esa mañana seguía extrañándolo, pero el dolor había mutado: ya no era una herida abierta, sino una ausencia dulce, el tributo sereno a un amor que siempre conservaría un altar en su memoria.

​Se levantó, preparó café recién molido y se sentó junto a la ventana con un ejemplar de la novela sobre el regazo. Lo abrió al azar, no para leer, sino para sentir la cercanía de sus páginas.

​En ese instante, el teléfono móvil vibró sobre la mesa con un mensaje de Adrien:

«¿Podemos hablar hoy cuando termine la jornada? Hay algo que necesito contarte.»

​Liora leyó la pantalla dos veces seguidas. No era una invitación casual ni una convocatoria laboral: el tono revelaba una urgencia íntima y trascendental. Con el pulso acelerado, tecleó una respuesta breve:

«Claro.»

​Guardó el teléfono y contempló el libro abierto entre sus manos. Una certeza repentina le atravesó el pecho: esa conversación marcaría un punto de no retorno. Lo que aún no sospechaba era que, al caer la tarde, dos almas descubrirían que el secreto custodiado en silencio jamás había pertenecido a una sola de ellas.




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