¿soy Borgia?

CAPÍTULO 53 — DOS CORAZONES, UN MISMO SECRETO

La jornada se hizo interminable para ambos.

​Liora intentó corregir tres capítulos de una novela que otra autora de la casa había enviado a primera hora. Leyó el primero con fingida atención, pero al llegar a la última línea descubrió que no recordaba una sola palabra. Volvió a empezar desde el principio y el resultado fue idéntico: su mente se negaba a procesar el texto. Cada pocos minutos consultaba el reloj de pulsera y, de forma involuntaria, alzaba la mirada hacia la oficina de cristal.

​Adrien permanecía sentado tras su escritorio, aparentemente concentrado en sus propios expedientes. O al menos eso intentaba aparentar, porque exactamente en el instante en que sus ojos se cruzaban a la distancia, ambos desviaban la vista con la misma torpeza culpable.

​Gabriel terminó por percatarse de la danza silenciosa. Se acercó al puesto de Liora con una carpeta de bocetos bajo el brazo y se apoyó con calma en el borde de la mesa.

​—Tengo una duda profesional.

​Ella levantó la cabeza, agradeciendo la interrupción.

​—Dime.

​Gabriel dejó la carpeta a un lado y arqueó una ceja.

​—¿Ustedes dos están entrenando para alguna disciplina olímpica nueva?

​Liora frunció el ceño, desconcertada.

​—¿De qué estás hablando?

​—De esa técnica de mirarse fijamente cada cinco minutos y disimular mirando al techo a la velocidad de la luz.

​Ella abrió los ojos con alarma y sintió el rubor traicionero subiéndole por el cuello.

​—Gabriel... por favor.

​El diseñador levantó ambas manos con gesto inocente.

​—Yo no he dicho nada comprometedor, solo estoy compartiendo mis rigurosas observaciones científicas.

​Liora terminó por soltar una risa ahogada.

​—Eres completamente insoportable.

​—Esa es la respuesta estándar de las personas que no tienen argumentos para desmentir los hechos.

​Antes de que Liora pudiera rebatirle, Clara asomó la cabeza desde el vestíbulo principal:

​—Gabriel, te necesitan de urgencia en el área de diseño.

​—Ya voy —respondió él. Antes de marcharse, se inclinó hacia Liora con una sonrisa burlona—: Y procura no girar la cabeza hacia el despacho cada dos minutos; le resta seriedad al experimento.

​Liora tomó una carpeta vacía y amagó con arrojársela, arrancándole una última carcajada mientras él se escabullía por el pasillo. Negó con la cabeza, divertida, pero la inercia volvió a ganarle la partida: levantó la vista hacia la oficina principal y descubrió que Adrien había presenciado toda la escena a través del cristal.

​Estaba sonriendo. No era una sonrisa formal ni contenida, sino una de esas expresiones genuinas y templadas que solo emergían cuando olvidaba la necesidad de mantener su habitual máscara de severidad.

​Liora sintió las mejillas arder al instante y clavó la mirada en su escritorio.

​—Qué vergüenza... —murmuró para sí misma, escondiendo el rostro entre las manos.

​Adrien tampoco logró avanzar con sus obligaciones. Había repasado el mismo informe financiero tres veces consecutivas y seguía siendo incapaz de recordar una sola cifra del balance. Su mente estaba anclada de manera exclusiva en la conversación pendiente de esa tarde.

​Había tomado una resolución definitiva: no seguiría ocultando la existencia de aquellas visiones. Aunque Liora llegara a la conclusión de que el estrés lo había hecho perder el juicio, prefería arriesgarse a su desconcierto antes que sostener un minuto más una farsa silenciosa.

​A las cinco y media de la tarde, el departamento editorial comenzó a vaciarse de forma paulatina. Gabriel fue uno de los primeros en recoger sus cosas. Asomó la cabeza por el umbral del despacho de Adrien con un gesto cordial:

​—Hasta mañana, señor Hale.

​—Hasta mañana, Gabriel.

​El joven pasó luego junto a Liora, que ya guardaba sus pertenencias.

​—No te quedes trabajando hasta tarde —le aconsejó con afecto.

​—Lo intentaré —sonrió ella.

​Gabriel dio unos pasos hacia la salida, pero se detuvo un segundo y miró hacia atrás.

​—Adrien.

​El editor alzó la vista desde su mesa.

​—¿Sí?

​—No la retengas demasiado con asuntos de imprenta; todavía necesita descansar bien.

​Adrien respondió con total serenidad:

​—No pienso retenerla más de lo necesario.

​Gabriel asintió satisfecho.

​—Perfecto. Buenas noches a los dos.

​La puerta de cristal del departamento se cerró tras sus pasos. Gradualmente, las luces secundarias se apagaron y el silencio se adueñó de toda la planta. Solo permanecían ellos dos en el edificio, suspendidos en una calma expectante cuya gravedad ambos comprendían a la perfección.

​Minutos después, unos nudillos llamaron suavemente a la puerta de madera.




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