La jornada se hizo interminable para ambos.
Liora intentó corregir tres capítulos de una novela que otra autora de la casa había enviado a primera hora. Leyó el primero con fingida atención, pero al llegar a la última línea descubrió que no recordaba una sola palabra. Volvió a empezar desde el principio y el resultado fue idéntico: su mente se negaba a procesar el texto. Cada pocos minutos consultaba el reloj de pulsera y, de forma involuntaria, alzaba la mirada hacia la oficina de cristal.
Adrien permanecía sentado tras su escritorio, aparentemente concentrado en sus propios expedientes. O al menos eso intentaba aparentar, porque exactamente en el instante en que sus ojos se cruzaban a la distancia, ambos desviaban la vista con la misma torpeza culpable.
Gabriel terminó por percatarse de la danza silenciosa. Se acercó al puesto de Liora con una carpeta de bocetos bajo el brazo y se apoyó con calma en el borde de la mesa.
—Tengo una duda profesional.
Ella levantó la cabeza, agradeciendo la interrupción.
—Dime.
Gabriel dejó la carpeta a un lado y arqueó una ceja.
—¿Ustedes dos están entrenando para alguna disciplina olímpica nueva?
Liora frunció el ceño, desconcertada.
—¿De qué estás hablando?
—De esa técnica de mirarse fijamente cada cinco minutos y disimular mirando al techo a la velocidad de la luz.
Ella abrió los ojos con alarma y sintió el rubor traicionero subiéndole por el cuello.
—Gabriel... por favor.
El diseñador levantó ambas manos con gesto inocente.
—Yo no he dicho nada comprometedor, solo estoy compartiendo mis rigurosas observaciones científicas.
Liora terminó por soltar una risa ahogada.
—Eres completamente insoportable.
—Esa es la respuesta estándar de las personas que no tienen argumentos para desmentir los hechos.
Antes de que Liora pudiera rebatirle, Clara asomó la cabeza desde el vestíbulo principal:
—Gabriel, te necesitan de urgencia en el área de diseño.
—Ya voy —respondió él. Antes de marcharse, se inclinó hacia Liora con una sonrisa burlona—: Y procura no girar la cabeza hacia el despacho cada dos minutos; le resta seriedad al experimento.
Liora tomó una carpeta vacía y amagó con arrojársela, arrancándole una última carcajada mientras él se escabullía por el pasillo. Negó con la cabeza, divertida, pero la inercia volvió a ganarle la partida: levantó la vista hacia la oficina principal y descubrió que Adrien había presenciado toda la escena a través del cristal.
Estaba sonriendo. No era una sonrisa formal ni contenida, sino una de esas expresiones genuinas y templadas que solo emergían cuando olvidaba la necesidad de mantener su habitual máscara de severidad.
Liora sintió las mejillas arder al instante y clavó la mirada en su escritorio.
—Qué vergüenza... —murmuró para sí misma, escondiendo el rostro entre las manos.
Adrien tampoco logró avanzar con sus obligaciones. Había repasado el mismo informe financiero tres veces consecutivas y seguía siendo incapaz de recordar una sola cifra del balance. Su mente estaba anclada de manera exclusiva en la conversación pendiente de esa tarde.
Había tomado una resolución definitiva: no seguiría ocultando la existencia de aquellas visiones. Aunque Liora llegara a la conclusión de que el estrés lo había hecho perder el juicio, prefería arriesgarse a su desconcierto antes que sostener un minuto más una farsa silenciosa.
A las cinco y media de la tarde, el departamento editorial comenzó a vaciarse de forma paulatina. Gabriel fue uno de los primeros en recoger sus cosas. Asomó la cabeza por el umbral del despacho de Adrien con un gesto cordial:
—Hasta mañana, señor Hale.
—Hasta mañana, Gabriel.
El joven pasó luego junto a Liora, que ya guardaba sus pertenencias.
—No te quedes trabajando hasta tarde —le aconsejó con afecto.
—Lo intentaré —sonrió ella.
Gabriel dio unos pasos hacia la salida, pero se detuvo un segundo y miró hacia atrás.
—Adrien.
El editor alzó la vista desde su mesa.
—¿Sí?
—No la retengas demasiado con asuntos de imprenta; todavía necesita descansar bien.
Adrien respondió con total serenidad:
—No pienso retenerla más de lo necesario.
Gabriel asintió satisfecho.
—Perfecto. Buenas noches a los dos.
La puerta de cristal del departamento se cerró tras sus pasos. Gradualmente, las luces secundarias se apagaron y el silencio se adueñó de toda la planta. Solo permanecían ellos dos en el edificio, suspendidos en una calma expectante cuya gravedad ambos comprendían a la perfección.
Minutos después, unos nudillos llamaron suavemente a la puerta de madera.