¿soy Borgia?

CAPÍTULO 54 — EL DESTINO ESCRIBIÓ EL RESTO

Liora permaneció abrazada a Adrien. No sabía con certeza cuánto tiempo había transcurrido: minutos o tal vez una hora entera suspendida fuera del mundo. Por primera vez desde la fatídica noche del accidente, el peso asfixiante del secreto se había disuelto por completo. Ya no era la única persona en la faz de la tierra que recordaba la existencia de Killian Mercerheart; ya no tendría que fingir ante los demás que todo había sido una simple alucinación de su mente convaleciente. Porque había alguien más que conservaba intactos aquellos recuerdos: Adrien.

​Fue él quien decidió romper el silencio. Su voz sonó baja y serena, despojada de cualquier rigidez:

​—Ahora entiendo por qué nunca pude sentir celos reales de él.

​Liora alzó despacio la cabeza y lo miró sin comprender del todo. Adrien le dedicó una sonrisa cargada de melancolía.

​—Lo intenté —confesó, dejando escapar una pequeña risa honesta—. Creí que terminaría odiando a Killian, creí que competiría obsesivamente contra su sombra... pero era una tarea imposible.

​Ella frunció ligeramente el ceño, intrigada.

​—¿Por qué?

​Adrien bajó la mirada unos instantes, como si buscara ordenar las palabras con la precisión debida.

​—Porque cada vez que me sumergía en esos sueños, comprendía un poco más al hombre que fue —volvió a fijar sus ojos grises en los de ella—. ¿Cómo iba a odiarlo, Liora... si yo también lloré cuando tuvo que despedirse de ti?

​Los ojos de Liora volvieron a anegarse en lágrimas. No eran lágrimas nacidas del dolor o de la pérdida, sino del descanso absoluto: por fin alguien en el mundo entendía con exactitud milimétrica lo que ella había experimentado. No una parte superficial, sino la totalidad.

​Con una naturalidad instintiva, levantó la mano y acarició con suavidad la mejilla de Adrien. Él cerró los ojos apenas un segundo, estremecido; aquel contacto le resultó tan íntimamente familiar que el corazón le dio un vuelco salvaje en el pecho. No importaba ya discernir si la caricia provenía de Liora o de los ecos de Borgia: solo sabía que ese tacto se sentía exactamente como volver a casa.

​Permanecieron unos instantes en una calma absoluta. Después, Liora esbozó una sonrisa pequeña y tranquila.

​—¿Sabes qué es lo más extraño de todo esto?

​Adrien negó despacio.

​—Durante semanas enteras viví aterrorizada con la idea de olvidarlo —explicó ella, respirando hondo—. Pensé que, si me permitía seguir adelante con mi vida, algún día dejaría de recordar el sonido exacto de su voz. Y ahora descubro que el destino encontró la manera de preservar una parte de él... en otra persona.

​Adrien sostuvo su mirada y negó con suavidad.

​—No.

​Liora lo miró con desconcierto. Él tomó ambas manos de la escritora entre las suyas con firmeza y ternura:

​—El destino no preservó una parte de Killian; preservó lo que esa historia hizo con nosotros dos.

​Ella permaneció inmóvil mientras aquellas palabras encontraban un eco profundo y sanador en su interior. Tenía toda la razón: Killian al fin descansaba en paz en aquel jardín de luz, y quienes debían continuar caminando el presente eran ellos.

​Adrien inhaló con fuerza. Había algo más, una última verdad que necesitaba pronunciar en voz alta, aunque el vértigo amenazara con paralizarlo.

​—Liora...

​Ella levantó la vista con atención. Adrien sonrió con una timidez inédita, mostrándose completamente vulnerable por primera vez en su vida.

​—Hay otra cosa fundamental que comprendí durante estos días. No me enamoré de ti al despertar de aquellas visiones, tampoco cuando empezamos a compartir los almuerzos ni cuando volviste a sonreír en la oficina.

​Liora sintió el pulso acelerándosele en las sienes. Adrien dio un paso corto al frente, acortando la distancia hasta que apenas quedó espacio entre sus cuerpos.

​—Creo firmemente que empecé a enamorarme de ti mucho antes de entender quién eras en realidad —susurró él—. Primero te amé sin saber que eras Liora, cuando llevabas el nombre de Borgia. Y después conocí a la verdadera mujer que había escrito esa historia desde el dolor... y terminé enamorándome de ella también.

​El silencio volvió a inundar la estancia. Liora ya no lloraba: lo miraba con el corazón enteramente abierto. Durante semanas había temido ese momento exacto, convenciéndose de que abrirse a un nuevo amor constituiría una traición imperdonable hacia Killian. Ahora comprendía la verdad: Adrien no le exigía olvidar su pasado, le estaba ofreciendo caminar a su lado sosteniendo sus recuerdos, sus cicatrices y toda su historia compartida.

​Respiró hondo y sonrió entre las lágrimas que aún humedecían sus pestañas. Dio el paso definitivo que restaba y apoyó ambas manos sobre el rostro de Adrien, contemplándolo durante largos segundos para grabar cada rasgo en su memoria.

​—¿Sabes qué descubrí yo? —preguntó con una dulzura que hizo vibrar el aire entre ambos.

​Adrien negó lentamente con la cabeza.

​—Que el hombre del que me enamoré nunca dejó de existir: solo cambió de nombre —Liora sonrió con serenidad y añadió—: Pero no eres Killian, y jamás quiero que intentes serlo. Ahora sé que siempre hubo algo de ti en él, y también algo de él en ti. Pero el hombre que tengo delante es Adrien Hale. Y es a él a quien elijo y a quien quiero conocer hasta el último día de mi vida.




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