¿soy Borgia?

CAPÍTULO 55— EL COMIENZO DE NUESTRA HISTORIA

Tres semanas después...

​El auditorio principal de Alfieri Publishing estaba completamente abarrotado: periodistas de suplementos culturales, blogueros literarios, distribuidores, colegas autores y decenas de lectores que habían seguido la trayectoria de Liora desde su primera publicación. Un cartel imponente presidía el centro del escenario:

AMOR DE TORMENTA

Presentación oficial

​Liora aguardaba detrás del telón de terciopelo. Lucía un elegante vestido azul noche que caía en pliegues suaves hasta sus tobillos y llevaba el cabello suelto sobre los hombros. A pesar de su compostura externa, sus manos no dejaban de temblar ligeramente.

​Inhaló hondo, cerrando los ojos.

​—No puedo... —murmuró para sí.

​—Claro que puedes.

​La voz grave y serena de Adrien sonó a su espalda. Liora giró sobre sus talones despacio. Él vestía un traje negro impecable, pero esa noche no proyectaba la frialdad protocolaria del director general de una de las editoriales más influyentes del país: era simplemente Adrien. El hombre que caminaba a su mismo paso, el que la esperaba con paciencia al concluir cada jornada laboral y al que amaba con toda su alma.

​Adrien se acercó con pasos tranquilos.

​—¿Nerviosa?

​Ella dejó escapar una pequeña risa templada.

​—Muchísimo.

​—Es perfectamente normal.

​Liora negó con la cabeza, sonriendo con un toque de melancolía.

​—La última vez que hablé frente a tanta gente fue durante el lanzamiento de mi primer libro... Creía que ya lo sabía todo sobre la escritura. Qué equivocada estaba.

​Adrien levantó la mano y, con infinita delicadeza, acomodó un mechón rebelde detrás de la oreja de Liora.

​—En aquel entonces escribías con indudable talento técnico —le dijo mirándola a los ojos—. Ahora escribes con el corazón abierto.

​Liora sintió una calidez reconfortante expandiéndose por su pecho.

​—Siempre encuentras las palabras exactas que necesito escuchar.

​Adrien sonrió apenas.

​—No busco palabras especiales; simplemente digo la verdad.

​Un asistente de producción se asomó entre bastidores.

​—Cinco minutos para salir, por favor.

​Adrien asintió y el hombre volvió a desaparecer. Liora soltó un largo suspiro mientras el murmullo expectante de la sala, el chasquido de los obturadores y el destello de los flashes comenzaban a filtrarse por las aberturas del escenario. El vértigo amenazó con paralizarla una vez más.

​Adrien percibió la tensión en sus hombros. Sin pronunciar palabra, extendió la mano y entrelazó sus dedos con los de ella, con la misma firmeza protectora de aquella tarde en el ascensor.

​Liora apretó su agarre, anclándose a su presencia.

​—Gracias...

​—¿Por qué?

​—Por no soltarme.

​Adrien le dedicó una mirada llena de dulzura sincera.

​—Jamás tuve la menor intención de hacerlo.

​—Es la hora.

​Las cortinas de terciopelo comenzaron a descorrerse y una ovación cerrada llenó el auditorio. Liora avanzó con pasos seguros mientras Adrien caminaba a su lado: no un paso por delante, ni un paso por detrás, sino hombro a hombro, tal como se lo había prometido sin necesidad de juramentos solemnes.

​Tomaron asiento en la mesa principal. La directora de eventos pronunció unas breves palabras de apertura y, tras una nueva salva de aplausos, cedió el atril a la autora.

​Liora se colocó frente al micrófono. Contempló el mar de rostros expectantes y, por una fracción de segundo, volvió a sentirse como aquella joven insegura que meses atrás había abandonado una sala de juntas ahogada en llanto con su borrador destrozado entre los brazos. Luego, buscó a Adrien en la primera fila. Él la miraba con una calma absoluta y le sonrió con orgullo.

​Solo eso. Y bastó para despejar cualquier sombra de duda.

​Liora respiró hondo y comenzó a hablar con voz clara y pausada:

​—Hace unos meses... creía que escribir consistía únicamente en imaginar mundos posibles. Hoy comprendo que escribir consiste, antes que nada, en aprender a comprender —hizo una breve pausa y recorrió la sala con la mirada—. Amor de Tormenta nació dos veces: la primera, cuando redacté una historia desde la distancia; la segunda, cuando aprendí a escuchar el corazón de los personajes que yo misma había creado.

​El silencio en el auditorio era absoluto; nadie apartaba la atención de sus palabras.

​—Muchas personas sostienen que los autores somos quienes damos vida a nuestros personajes —concluyó con una sonrisa luminosa—. Yo descubrí en carne propia que, a veces, son ellos quienes terminan concediéndonos una vida completamente nueva a nosotros.

​En la primera fila, a Adrien se le formó un nudo en la garganta, conmovido por la certeza de que solo ellos dos conocían la dimensión real de esa verdad.




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