Un año después...
La casa descansaba en un silencio sereno, arrullada únicamente por el leve golpeteo de la lluvia contra los ventanales. Liora permanecía sentada frente a su escritorio mientras la pantalla del ordenador iluminaba con suavidad la penumbra de la habitación. En el centro del documento en blanco destacaba el título de un nuevo proyecto literario; aún no contenía nombres de protagonistas ni el esquema de los capítulos, solo una página limpia repleta de posibilidades abiertas.
Sonrió para sí. Qué distinta se sentía esa blancura: antes le infundía vértigo y temor, pero ahora solo despertaba una ilusión luminosa en su pecho. Inhaló hondo, tecleó una primera línea tentativa, la releyó despacio y volvió a borrarla.
—Todavía no... —murmuró entre risas suaves.
Se recostó contra el respaldo acolchado de la silla y cerró los ojos apenas un momento para descansar la vista. Sin darse cuenta, el cansancio plácido terminó por vencerla.
La brisa era tibia y envolvía el ambiente con el perfume dulce de las rosas en flor. Liora abrió los ojos con lentitud y reconoció de inmediato el entorno: el sendero empedrado, las hileras interminables de rosales y la silueta majestuosa de la mansión Mercerheart recortándose contra el cielo del atardecer.
Ya no experimentó asombro ni desasosiego; simplemente sonrió. Comenzó a caminar despacio por el camino de grava, sintiendo cómo cada paso evocaba un recuerdo latente: las disputas del inicio, las lágrimas amargas, las risas compartidas, las reconciliaciones apasionadas, los abrazos en la penumbra y los juramentos de amor eterno. Toda una vida entera parecía respirar al abrigo de aquellas flores.
En ese instante, una risa infantil y cristalina rompió la quietud del sendero, seguida por otra réplica juguetona. Liora alzó la vista y descubrió a dos pequeños corriendo por la hierba verde persiguiendo mariposas: un niño de cabello oscuro y una pequeña de largos rizos cobrizos que correteaban sin sombra de temor ni tristeza.
El corazón de Liora latió con fuerza en su pecho. Los niños continuaron su carrera hasta alcanzar a una pareja que paseaba tranquilamente de la mano. El hombre se inclinó para alzar al pequeño sobre sus hombros con una sonrisa amplia, mientras la mujer acomodaba con infinita dulzura los rizos de la niña. Luego, ambos levantaron la mirada: Killian y Borgia.
El tiempo parecía haberse detenido para ellos. Killian conservaba aquella presencia imponente que en el pasado ocultó un corazón endurecido, pero ahora sus facciones irradiaban una paz inquebrantable. A su lado, Borgia descansaba apoyada en su brazo; su melena roja resplandecía bajo los tonos dorados del ocaso, plena de una felicidad honda y conquistada a pulso.
Liora sintió las lágrimas agolpándose en sus ojos. Se quedó inmóvil, temerosa de que un solo paso en falso pudiera quebrar la perfección de ese instante.
Borgia fue la primera en advertir su presencia. Le dedicó una sonrisa cargada de la misma ternura que había florecido tras superar tantas tormentas y avanzó unos pasos hacia ella mientras los niños continuaban jugando alrededor de su padre.
—Hola... —murmuró con suavidad.
Liora fue incapaz de articular palabra; el llanto rodaba libremente por sus mejillas. Borgia la contempló con infinita comprensión.
—No llores.
Liora dejó escapar una risa entrecortada entre sollozos.
—Los extrañé tanto...
Borgia tomó suavemente sus manos: estaban cálidas, firmes y tangibles.
—Nosotros también te recordamos cada día.
Liora cerró los ojos un instante, sintiendo cómo la última barrera de culpa que habitaba en su alma se desmoronaba para siempre.
—Perdóname... —susurró conmovida—. Por todo el dolor innecesario que te hice atravesar en un principio.
Borgia negó despacio con la cabeza. Levantó una mano y, con delicadeza maternal, le secó una lágrima de la mejilla.
—Si no hubiéramos atravesado la tormenta, jamás habríamos aprendido cuánto valía la calma.
Liora sonrió entre el llanto: Borgia siempre encontraba la forma más generosa de perdonar, tal como había hecho con Killian.
Killian se aproximó con pasos tranquilos. El pequeño descansaba apoyado en su hombro mientras la niña se resguardaba tras sus piernas, observando a Liora con ojos curiosos y brillantes. El conde le dedicó una sonrisa serena, colmada de una gratitud limpia y profunda.
—Gracias —dijo con voz templada.
Liora negó con la cabeza de inmediato.
—No... gracias a ustedes.
Killian miró a Borgia con devoción y luego volvió a posar sus ojos en Liora:
—Nos regalaste una vida entera.
—Ustedes me regalaron mucho más que eso —respondió ella, con el alma en paz.
El viento arreció con suavidad, haciendo ondear los pétalos de los rosales en un remolino dorado. Liora comprendió que el sueño tocaba a su fin y experimentó una punzada de nostalgia por tener que despedirse nuevamente. Borgia, adivinando su sentir, la estrechó en un abrazo cálido y protector: el abrazo de una hermana, de una compañera de viaje, de un fragmento de sí misma.