Soy Damián

Capítulo 30

¿Cómo es que había terminado en esta posición?

Observé atentamente la cara enojada del capitán del equipo mientras sus tres amigos me rodeaban. Todo el mundo ya se había dispersado luego de que el entrenador nos diera permiso de ir a celebrar por ahí después de la victoria. Este debería ser el mejor día de mi vida, pero aquí estaba: en el estacionamiento detrás del deportivo, enfrentando la ira de mis propios compañeros. Era increíble que un simple gesto me tuviese a punto de iniciar una pelea. Las chicas pueden llegar a ser increíblemente molestas.

—Te sientes muy feliz, ¿no? El nuevo chico estrella de nuestro equipo. Con ínfulas de importante desde el primer partido —espetó él, dando un paso hacia mí— La chica a la que rechazaste es mía, imbécil. ¿Quién demonios te crees?

—Justamente por eso la rechacé. Deberías darme las gracias.

—Claro. Gracias por ridiculizarla delante de todo el mundo —comentó, riendo amargamente.

Fruncí el ceño, no entendiendo muy bien hacia dónde quería dirigir la conversación. Había hecho lo que cualquier hombre haría al darse cuenta de que la chica que le coqueteaba era la novia de su compañero. No tenía idea de por qué estaba en el banquillo de los acusados cuando evité que su chica hiciera un espectáculo conmigo delante de él.

—Hombre, de verdad me gustaría quedarme a discutir contigo los pormenores de tu relación, pero no tengo tiempo. Y tampoco me interesa —respondí con calma— Tu chica se lanzó hacia mí. Hice lo que debía y, si ella se sintió ofendida, no es mi problema. Realmente no entiendo por qué me estás reclamando. Mostré respeto hacia ella y hacia ti.

—Tu sola presencia insulta la mía, Damián —gruñó, señalándome— Desde que llegaste al equipo no haces más que fingir ser el niño bonito sabelotodo. Por supuesto que mi chica iba a mostrar interés en ti. Pero no te hagas ilusiones; todo es por el bien del equipo. Ella nos mantiene en la mira con los grandes. Su padre es el dueño de una empresa muy importante aquí. Si la insultas con tus desplantes, perderemos todo por lo que hemos trabajado. Y no voy a permitir que eso pase. Quiero un fichaje antes del verano y ni tú ni nadie va a impedirlo, ¿entiendes lo que digo?

Levanté ambas cejas, sorprendido. Así que no se trataba de defender la honra de «su chica», sino de mantenerla contenta para que ella hiciese lo que se le diera la gana y así él poder obtener los beneficios de su influencia.

Inspiré profundo, intentando no reírme. No podía imaginar exponer a Samanta en una situación así, solo para sacar provecho de su dinero.

—Fuerte y claro, compañero —respondí, fingiendo ser comprensivo— Solo dile a tu chica que no necesito ser tu reemplazo y todos quedamos bien.

Mi respuesta pareció herir su orgullo. De la nada, lo tuve encima empujándome con fuerza mientras los tres idiotas que lo acompañaban me cerraban el paso.

— Te crees muy gracioso, ¿no? — siseó— No eres más que un lisiado con suerte. Te voy a enseñar a respetar quién manda aquí.

Terminando de hablar, su puño conectó directamente en mi pómulo izquierdo antes de que pudiese reaccionar. El dolor irradió en mi rostro, y me tambaleé hacia atrás, sintiendo de inmediato el sabor metálico de la sangre en mi boca. La rabia nubló cualquier rastro de dolor; recuperé el equilibrio y me impulsé hacia delante, tacleándolo por la cintura para derribarlo contra el asfalto.

— ¡Quítenmelo de encima, maldición! — gritó él hacia sus amigos que de inmediato se lanzaron sobre mí intentando sujetarme— ¡Te voy a hacer pedazos, imbécil!

Como pude, me zafé del agarre de uno de ellos y arremetí de nuevo, propinándole un derechazo directo en su mandíbula que lo lanzó varios pasos lejos. Aproveché la distracción del resto e intercambié un par de golpes también con sus amigos. Estábamos en medio de un intercambio de golpes cuando escuché la voz enojada de Ben resonando entre el caos.

— ¡Malditos hijos de puta, suéltenlo! — rugió, seguido por el sonido de su cuerpo impactando contra uno de los tipos que intentaban sujetarme— ¡Ven, golpéame si puedes! ¡Imbéciles cobardes!

La intervención de Ben equilibró la balanza en un segundo, pero el estacionamiento seguía siendo un campo de batalla. Fue entonces cuando, entre el sonido de los impactos y las respiraciones agitadas, una voz rota por el pánico cortó el aire.

— ¡Damián! ¡Detente! ¡Ya basta ustedes! ¡Voy a llamar a la policía!

La voz de Samanta, me hizo desviar la atención por una fracción de segundo. El capitán, aprovechando mi descuido, logró zafarse y se puso en pie, completamente fuera de sí. Intercambié la mirada entre él y Samanta, mi mente buscando la manera de enfocarse en ella y en su cara llena de preocupación. La pelea no se había detenido, pero con ella aquí, sentí la necesidad de no continuar.

— Damián…

La miré fijamente, respirando desigual. Sus ojos estaban anegados en lágrimas y parecía a punto de desmayarse.

— ¡Vete de aquí, Sam! — grité con desespero— ¡No tienes nada que hacer aquí! Después te busco, lo prometo.

—Damián, pero…

— ¡Que te vayas te digo!

Mi voz, aunque se escuchó enojada y segura, tenía un toque de vulnerabilidad en ella. No quería que me viera como si fuese un salvaje violento que resolvía sus problemas a punta de golpes. Esa sería una imagen muy parecida a la que su padre le había dado a su familia durante toda su vida.




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