El fin del mundo no llegó con el impacto de un asteroide.
Tampoco con el hongo abrasador de una guerra nuclear.
Llegó en un día cualquiera de verano, exactamente a las 14:14 horas, cuando el cielo entero se tiñó de un verde esmeralda tan hermoso como terrorífico.
La llamarada solar clase X, bautizada más tarde por los supervivientes como El Destello, barrió la magnetosfera de la Tierra en un parpadeo.

Los satélites se apagaron.
Las redes eléctricas colapsaron.
El internet murió de forma instantánea.
La humanidad fue sumida en una oscuridad tecnológica de la que jamás se recuperararía. Sin embargo, el verdadero impacto no fue en las máquinas.
Fue en la carne.
La radiación cósmica que inundó la atmósfera no incineró los edificios; en su lugar, actuó como un cincel invisible que reescribió de golpe el código genético de cada ser vivo en el planeta.
En ese único segundo, la selección natural fue hackeada.
La primera fase del apocalipsis fue demográfica. La radiación solar dividió a la especie humana con una precisión quirúrgica basada en una sola frontera: la madurez celular.
Para los mayores de treinta años, el Destello fue un veneno de acción lenta.
Sus sistemas inmunológicos, ya completamente formados y rígidos, rechazaron la mutación forzada de sus genes, desatando lo que los pocos médicos llamaron el Síndrome del Rechazo Solar.
En cuestión de semanas, los gobiernos colapsaron. Los ejércitos se disolvieron. Los científicos veteranos y las mentes más brillantes de la civilización empezaron a marchitarse debido a un fallo multiorgánico generalizado.
Las líneas de suministro se rompieron cuando los operarios cayeron enfermos en masa.
En el lapso exacto de un año, todos y cada uno de los adultos mayores de treinta años murieron. El planeta se convirtió en un cementerio global de asfalto y rascacielos.
La civilización quedó en manos de los menores de treinta años: el Homo Nova.
Sus cuerpos, más jóvenes y moldeables, absorbieron la radiación y avanzaron al siguiente eslabón evolutivo. Pero la evolución no trajo la paz.
Trajo el caos absoluto.
Las habilidades que despertaron en los jóvenes estaban unidas directamente a su psique y a su naturaleza genética.
Quienes albergaban resentimiento, ira o tendencias violentas manifestaron los poderes más destructivos: piroquinesis, fuerza hercúlea o garras orgánicas capaces de rebanar el acero. Los pacíficos desarrollaron habilidades utilitarias o defensivas que, en el nuevo orden mundial, los convirtieron instantáneamente en presas.
Sin la guía de las generaciones mayores, y armados con superpoderes, el mundo se volvió salvaje.
Los adolescentes impulsivos fundaron bandas y facciones basadas en la tiranía del más fuerte. La moralidad vieja fue enterrada junto con los muertos.
Ahora, solo importaba el rango de tu mutación.
Mientras las ciudades ardían por las guerras de bandas, las fronteras de la naturaleza se volvieron letales. La radiación no discriminó especies; la fauna y la flora mutaron bajo una sola premisa: matar o ser devorado.
Los bosques se expandieron a una velocidad antinatural, tragándose las carreteras con raíces capaces de agrietar el hormigón.
Pero el golpe de gracia para la golpeada humanidad fue la metamorfosis del ganado.
Los animales domésticos, criados durante milenios para ser dóciles, se transformaron en bestias abominables e hiperdepredadoras.
Las vacas y los ciervos desarrollaron hileras de colmillos afilados y pezuñas de roca densa.
Los cerdos se convirtieron en monstruos acorazados de tres metros que cazaban en manadas.
La cadena alimenticia se había invertido por completo. Los humanos ya no estaban en la cima.
La agricultura tradicional desapareció; intentar sembrar en campos abiertos significaba ser masacrado por aves mutantes con envergaduras de aviones.
Por lo tanto, el hambre se transformó en el verdadero soberano del mundo.
Los supermercados fueron saqueados hasta los cimientos en los primeros meses. Ahora, un año después del Destello, la comida es el recurso más valioso y sangriento del planeta. Pelear por una simple lata de conservas vieja significa arriesgar la vida.
Además, el sistema del Homo Nova impuso una regla cruel: cada caloría gastada usando una habilidad debe ser recuperada con creces, o el propio cuerpo del usuario comenzará a consumirse a sí mismo hasta la muerte.
El mundo de cemento y leyes ha muerto.
En su lugar, ha nacido un ecosistema hostil, salvaje y despiadado. Una fantasía oscura donde la Tierra vuelve a pertenecer a los monstruos, y donde los pocos humanos que quedan deben aprender a ser peores que las bestias si quieren ver el amanecer del día siguiente.
Y es en este nuevo mundo... donde el último eslabón de la vieja era está a punto de despertar.
Elena, su hermana adoptiva, tenía exactamente treinta años el día del Destello. Estaba justo en la línea de fuego de la edad maldita, pero su cuerpo no se marchitó de inmediato. Al igual que los más jóvenes, ella logró despertar una habilidad antes de que el Síndrome del Rechazo Solar comenzara a pasarle factura.
Su habilidad fue catalogada por ella misma como [Metabolismo Hiperactivo: Reserva Infinita].
El poder de Elena era simple pero vital: su cuerpo producía y almacenaba niveles colosales de energía celular. Mientras tuviera alimento en el estómago, Elena no conocía el cansancio, el sueño ni la fatiga muscular.
Gracias a esa estamina sobrehumana, cuando las bandas de Homo Nova comenzaron a saquear los hospitales, Elena cargó a Alan en su espalda.