Soy el Señor de la Plaga

Capítulo 2: Metamorfosis

El crujido de la puerta principal al ceder fue como un disparo en el pecho para Alan.

Arriba, en su cama, la impotencia lo golpeó con más fuerza que la fiebre que disolvía sus entrañas. Abajo, se escuchó el estrépito de sartenes tiradas y pasos pesados, descuidados. Pasos de quienes se saben dueños de un mundo sin leyes.

—¡Miren esto! ¡Carne seca de ciervo mutante! —gritó uno de los intrusos, su voz ronca denotaba que no pasaba de los veinte años—. Esa perra nos estaba escondiendo el botín. ¡Búsquenla! ¡No debe estar lejos!

—Deja la carne, imbécil. El jefe quiere a la tipa —respondió una segunda voz, más aguda y gélida—. Su habilidad de estamina pasiva sirve para los cultivos de la base. Trabajará hasta que se muera de hambre.

Alan, con la mandíbula apretada, intentó forzar a su cuerpo a reaccionar.

Clack.

Nada. Sus brazos eran dos hilos inertes sobre las sábanas mugrientas. Ni un solo músculo respondió. Las lágrimas de rabia, calientes y amargas, comenzaron a rodar por sus sienes, perdiéndose en su cabello plateado y opaco.

—¡Déjenlo! ¡No hay nada aquí, lárguense! —el grito de Elena resonó desde el pasillo del segundo piso.

Había intentado bloquear la escalera, pero se escuchó el impacto seco de un golpe, seguido de un quejido ahogado de su hermana y el sonido de su cuerpo rodando por el suelo.

La puerta de la habitación de Alan fue derribada de una patada, saliéndose de sus bisagras.

Dos jóvenes entraron arrastrando a Elena del cabello. Ella forcejeaba, pero su rostro estaba ensangrentado; su habilidad de reserva infinita le daba energía, pero no la hacía inmune al daño físico.

El que la arrastraba era un tipo alto, con una sonrisa sádica y tatuajes mal hechos en el cuello. Sus manos desprendían un leve vapor abrasador: un Homo Nova de tipo ígneo. El otro era más bajo, con ojos desorbitados y un cuchillo militar en la mano.

—Vaya, vaya... ¿pero qué tenemos aquí? —el tipo alto soltó a Elena y miró la cama, soltando una carcajada asqueada—. ¿Un viejo? ¿Cómo es que esta momia sigue respirando? Se supone que todos los de su especie ya son abono.

—¡No lo toques! —Elena intentó levantarse, pero el del cuchillo le plantó una bota en la espalda, hundiéndola contra el suelo de madera.

—¡Déjala... maldito... bastardo...! —de la garganta de Alan solo salió un gemido patético, una súplica ahogada que provocó más risas en los asaltantes.

Con un esfuerzo que le desgarró los pocos tendones útiles que le quedaban, Alan reunió cada gramo de su voluntad. Se balanceó hacia el borde de la cama y, dejándose caer por el propio peso de su gravedad, colapsó contra el suelo rígido.

El impacto contra la madera le fracturó la clavícula izquierda de inmediato. Un dolor cegador lo recorrió, pero Alan no gritó. Usando la barbilla y el hombro derecho que aún medio sentía, se arrastró centímetros hacia ellos. Hacia su hermana.

—Miren el viejo, quiere pelear —dijo el líder entre risas.

Caminó hacia Alan con parsimonia y, sin el menor rastro de piedad, levantó su bota militar y la descargó directamente sobre la mano derecha inmóvil de Alan.

¡CRACK!

Los dedos de Alan se aplastaron, los huesos se partieron como ramas secas bajo el peso del calzado.

—¿Vas a defenderla así, abuelo? —el joven aplicó más presión, girando el talón. El vapor de sus botas comenzó a chamuscar la piel de Alan, despidiendo un olor nauseabundo a carne quemada—. Eres escoria de la era pasada. Deberías haber muerto hace un año.

Alan enterró la cara en el suelo, soportando la agonía. Escuchaba los gritos desesperados de Elena, quien intentaba activarse para liberarse, pero estaba siendo sometida.

En ese momento de absoluta humillación, mientras sus propios huesos rotos se enterraban en su carne viva, la mente de Alan Brant se quebró. Pero no hacia la locura, sino hacia una fría, pura e infinita intención asesina.

"No... no la van a tocar", repitió en su mente, un eco oscuro que apagó el dolor. "Ella me cuidó... me dio un año más... ¡No permitiré que se la lleven!"

En el fondo de su código genético, el virus latente de la llamarada solar, que llevaba un año intentando consumir su cuerpo enfermo, chocó de frente con esa monstruosa fuerza de voluntad. Las enfermedades de Alan —la ELA, la distrofia— no eran simples debilidades; eran mutaciones celulares preexistentes. El virus solar no las destruyó. Las asimiló. Las sintetizó.

Y en la mente de Alan, una chispa virtual parpadeó en un verde neón fosforescente.

Una notificación translúcida, idéntica a los menús de los juegos de rol que Alan jugaba para escapar de su realidad, se desplegó flotando directamente ante sus ojos ensangrentados.

[¡ALERTA DE SISTEMA: Sincronización Neuronal Avanzada Completada!]

  • Filtro cognitivo de usuario aplicado con éxito.

  • Procesando mutación singular del Paciente Cero.

[¡Habilidad Única Despierta: LA PLAGA (Nivel 1)!] “El portador gobierna sobre la vida microbiana y la alteración patógena.”

[Sub-habilidades iniciales desbloqueadas:]

  1. Inmunidad (Pasiva): Los efectos negativos, dolores y desgastes de las enfermedades en tu sistema quedan inhibidos de forma inmediata. Eres el portador, no la víctima.

  2. Paciente 0 (Pasiva): Tu cuerpo se convierte en un medio de cultivo perfecto. Puedes almacenar y mantener cepas de patógenos indefinidamente.

  3. Mutación (Activa): Permite reescribir y alterar el comportamiento biológico de las enfermedades dentro de tu sistema.

Alan leyó las letras flotantes en un milisegundo. En ese mismo instante, el dolor de sus dedos aplastados y su clavícula rota desapareció por completo. La Inmunidad se había activado. Seguía herido, pero ya no sentía el sufrimiento físico. Su mente estaba tan fría como el hielo de un laboratorio.




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