Soy el Señor de la Plaga

Capitulo 3: Carne y Fuego

Alan no se movió; detonó. En un parpadeo, su cuerpo —una amalgama de músculos densos y venas palpitantes— cruzó el espacio entre él y los intrusos.

El primero en reaccionar fue el tanque, [Piel de Acero]. Sus antebrazos se tornaron grisáceos, adquiriendo el brillo opaco del metal forjado. Alan, sin frenar su inercia, lanzó un golpe directo a la mandíbula del gigante. El sonido fue una sinfonía de horror: el metal de la piel del asaltante se agrietó, pero los nudillos de Alan estallaron en astillas de hueso que perforaron su propia piel.

No hubo grito. Antes de que el tanque pudiera celebrar, la mano de Alan se convulsionó. Huesos nuevos crecieron bajo la dermis con un chasquido húmedo y asqueroso; la carne se cosió a sí misma en milisegundos, dejando la mano más fuerte que antes.

—¿Qué demonios...? —balbuceó el gigante, retrocediendo con los ojos desorbitados.

No tuvo tiempo de terminar. Alan se deslizó bajo su guardia y le propinó un rodillazo ascendente al plexo solar. El impacto hizo que el aire saliera de los pulmones del enemigo con un sonido de fuelle roto, seguido de una lluvia de saliva y bilis.

De repente, el usuario de [Vibración Sísmica] atacó. Emitió una onda de choque que hizo que los huesos de Alan vibraran hasta casi fragmentarse. La piel de sus brazos se rasgó, exponiendo fibras musculares que se retorcían bajo la presión. Alan cayó de rodillas, con los tímpanos sangrando por el zumbido sónico.

Fue el momento que el líder (Fuego) aprovechó. Con una sonrisa sádica, clavó sus manos envueltas en plasma ígneo en la espalda de Alan, atravesando los omóplatos.

La temperatura en la sala superó los ochocientos grados en un instante. El líder, con una sonrisa maníaca, enterró sus manos ardientes profundamente en los omóplatos de Alan, como si buscara arrancar el corazón desde la espalda.

Para ellos, el espectáculo era una pesadilla absoluta. El aire se volvió irrespirable, cargado con el hedor dulzón y repugnante de queratina quemada y grasa humana hirviendo. Escuchaban el siseo constante de la carne de Alan, un sonido idéntico al de un bistec arrojado sobre una plancha de hierro fundido. Vieron cómo la piel de su espalda se oscurecía, se volvía grisácea y luego se agrietaba, exponiendo la musculatura roja que se contraía espasmódicamente ante el shock térmico. El usuario de [Piel de Acero] dio un paso atrás, con el rostro pálido, incapaz de apartar la vista del horror: la columna vertebral de Alan era visible a través de los jirones de carne carbonizada.
Pero, en el interior del cuerpo de Alan, el caos no era una derrota, era una orden de construcción masiva.

El corazón de Alan dejó de latir con ritmo humano; se convirtió en una turbina, enviando ráfagas de sangre saturada de energía a cada rincón de su anatomía. A nivel microscópico, fue una carnicería regenerativa. Las células dañadas por el fuego no morían; eran reabsorbidas por la Sobrecarga.

Los intrusos quedaron paralizados cuando observaron lo imposible: en medio de las llamas que aún lamían su carne, la espalda de Alan comenzó a bullir. No era una curación natural; era una reconstrucción violenta.
Pequeñas hebras de tejido conectivo, casi transparentes y brillantes como hilos de seda, brotaron del centro de la herida a una velocidad aterradora, entrelazándose entre sí para formar una red que cerraba la brecha.
Se escuchaba un crack-crack-crack seco y constante, el sonido de huesos fracturados reorganizándose bajo la piel. Era el sonido de la biología forzando sus propios límites.
La dermis se regeneraba desde los bordes hacia el centro, cubriendo el músculo expuesto con una rapidez que desafiaba la percepción. Podían ver, en tiempo real, cómo la piel quemada se desprende en escamas negras, dejando debajo una superficie rosada y nueva, que se oscurecía hasta recuperar su tono normal en menos de tres segundos.

Alan ni siquiera se estremeció. Sus ojos, envueltos en un aura verde neón, no mostraban agonía, sino una fría indiferencia predatoria. Las llamas, alimentadas por la energía termal de la habitación, comenzaron a verse absorbidas, como si los poros de su piel estuvieran succionando el fuego para usarlo como combustible.

El líder intentó retirar sus manos, pero los músculos de la espalda de Alan se cerraron sobre sus muñecas con la fuerza de un tornillo de banco. La regeneración estaba ocurriendo tan rápido que, en algunos puntos, la carne nueva crecía sobre los dedos del enemigo, atrapándolo físicamente dentro del cuerpo de su propia víctima.

El intruso abrió la boca para gritar, pero el hedor de la carne quemándose y el sonido de su propia piel siendo estirada por la regeneración ajena le robó el aliento. Alan Brant ya no era un hombre; era un ecosistema de horror que se estaba autorreparando en el mismísimo infierno.

Una mano, cuya piel se regeneraba mientras se quemaba, atrapó la garganta del líder. Alan apretó con tal fuerza que la tráquea del hombre crujió, aplastada. El intruso intentó lanzar fuego, pero solo escupió cenizas y sangre mientras sus ojos se ponían en blanco.

Alan usó el cuerpo inerte del líder como un ariete, lanzándolo contra el usuario de vibraciones. El impacto fue grotesco; el cráneo del usuario de vibraciones colisionó con el borde de una mesa de madera, reventando como una sandía podrida.

Solo quedaba el tanque. Aterrado, el gigante intentó correr, pero Alan se abalanzó sobre él como una pantera negra. Lo derribó, inmovilizando su brazo contra el suelo. Con una calma inhumana, Alan colocó su pie sobre la cabeza del intruso.

—No eres tan duro ahora, ¿verdad? —susurró.

Un pisotón salvaje. El suelo de madera cedió ante la presión, pero no fue suficiente para detener la brutalidad. El cráneo del gigante se colapsó hacia adentro, enviando astillas de hueso y tejido cerebral a través de las cuencas de los ojos.




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