Soy el Señor de la Plaga

Capitulo 4: S.I.V.A

El vacío del coma no era oscuridad absoluta; era un bucle de recuerdos que Alan no había visitado en años. Se vio a sí mismo en la habitación del hospital, sentado en la camilla. Sus padres y Elena estaban allí, sonrientes, celebrando una pequeña mejoría en su salud degenerativa. Había globos, pastel y una sensación de esperanza que se sentía extrañamente ajena.

—Alan, todo va a estar bien —había dicho su madre antes de salir por la puerta. Susurró algo más, una frase cargada de una extraña urgencia que, sin importar cuánto se esforzara Alan en alcanzarla, siempre se disolvía antes de que pudiera entenderla.

Luego, el estruendo. El chirrido de neumáticos, el metal retorciéndose y el hospital nuevamente, pero esta vez con luces de urgencia que cegaban. La imagen de sus padres entrando a cirugía y el silencio posterior, un silencio que nunca terminó.

Alan despertó con un salto violento, su cuerpo reaccionando como si todavía estuviera en medio del choque. Pero el alivio del despertar fue sustituido instantáneamente por una agonía insoportable; cada fibra muscular de su ser ardía, como si sus tendones se hubieran reconfigurado mientras dormía.

—¿Fue... un sueño? —jadeó, aferrándose a las sábanas empapadas en sudor.

Sus dudas se evaporaron cuando una luz azulada, brillante y antinatural, surgió frente a sus ojos. Una ventana flotante se desplegó en el aire:

[ESTADO: Período de coma de 72 horas finalizado con éxito.] [Todas las funciones del sistema: RESTABLECIDAS.]

Alan se quedó paralizado. No era una alucinación por la fiebre. La interfaz, estática y nítida, permanecía ahí, esperando.

—¿Qué eres? —susurró, con la voz rota—. ¿Por qué puedo verte?

La interfaz no dudó. Un nuevo texto se proyectó, desplazando al anterior con una fluidez mecánica:

[Bienvenido, Alan Brant. Has despertado como el usuario de la Plaga.] [Análisis: Tu cuerpo era una amalgama de enfermedades y patógenos preexistentes. El virus de la Llamarada Solar asimiló todas tus condiciones crónicas para transformarlas en tu fuente de poder: el control absoluto sobre enfermedades, patógenos y vida bacteriana.]

Alan tragó saliva, sintiendo una náusea que no era física, sino existencial.

—Entonces... ¿qué eres tú exactamente? —preguntó, temblando.

[Soy S.I.V.A. (Sistema de Interfaz Viral Adaptativa). He sido generada por el virus de la Llamarada Solar, utilizando tus recuerdos sobre videojuegos como plantilla visual para facilitar nuestra comunicación. Estoy aquí para servirte.]

—¿Qué me pasó? —insistió Alan, tratando de entender la magnitud de su nueva realidad.

[Se activó el protocolo de hibernación tras el consumo excesivo de recursos energéticos durante el combate. Has estado en recuperación durante 72 horas exactas.] [Ahora tienes acceso a las funciones completas del sistema:]

  • [Estado]

  • [Almacenamiento de Cepas]

  • [Habilidades]

  • [Información General]

Alan observó las opciones flotando en el aire. La palabra «Estado» brillaba con una intensidad tenue, casi invitándolo a tocarla. Con voz temblorosa, apenas un susurro en la habitación en penumbra, pronunció:

—... ¿Estado?

Al instante, la interfaz se expandió, desplegando una cascada de información que dejó a Alan sin aliento. Datos técnicos, un historial médico que ya no reflejaba su cuerpo demacrado, sino una estructura biológica optimizada para la supervivencia. Sus ojos recorrieron frenéticamente la lista: las enfermedades que lo habían torturado toda su vida aparecían ahora como "recursos asimilados", y una serie de habilidades pasivas y activas comenzaban a cobrar sentido.

Antes de que pudiera procesar la magnitud de lo que estaba leyendo, la puerta de la habitación se abrió de golpe.

—¡Alan!

Elena no esperó. Se lanzó hacia él con la desesperación de quien ha visto a su mundo desmoronarse. Lo rodeó en un abrazo tan apretado que Alan sintió cómo sus costillas, aún sanando, crujían suavemente bajo la presión. Ella sollozaba, escondiendo el rostro en su hombro, liberando días de terror acumulado.

Alan, sintiéndose extrañamente fuerte, la estrechó contra sí, sintiendo el calor de su hermana.

—Tranquila, Elena... —le dijo con una voz que sonaba más profunda y firme que antes—. Estoy aquí. No te voy a dejar sola. Pase lo que pase.

Tras unos minutos de silencio y lágrimas compartidas, Elena se separó un poco, secándose los ojos con las manos. Le explicó que, tras el derrumbe, ella también había colapsado, perdiendo el sentido por días. Sin embargo, alguien los había encontrado y trasladado a un lugar seguro.

—Es una farmacia abandonada, Alan —explicó ella—. Es el hogar del doctor. Él... él ha estado viniendo todos los días a traerte medicina.

En ese momento, el chirrido de la puerta anunció la entrada de un hombre joven. Era Albert Morrison, un médico de veinticinco años, de tez oscura y mirada cansada pero inteligente. Era un talento precoz, el graduado más joven de todo el continente de Sudamérica —la gran unión territorial que había surgido de las cenizas tras la caída de las naciones durante El Destello—.

Albert observó a Alan con curiosidad profesional. Alan no sabía que, tras el caos global, aquel médico poseía una habilidad tan peculiar como vital: al ingerir los componentes químicos básicos, era capaz de sintetizar cualquier medicina a través de sus propias glándulas salivales, un proceso que, aunque estéticamente repulsivo, era la única razón por la que Alan seguía respirando.

—Veo que finalmente despertaste —dijo Albert, dejando una bandeja con un frasco que contenía un líquido viscoso—. Tu recuperación ha sido... anómalamente rápida.




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